Teatro y realidad
El mundo está tan acostumbrado a los delirios histriónicos del presidente venezolano Hugo Chávez, un digno rival en este ámbito del dictador norcoreano Kim Jong-il, que a muchos les ha costado tomar en serio la ruptura de “todas” las relaciones con el gobierno de Colombia y la puesta en “alerta máxima” de las fuerzas armadas de su país. Fue su forma de reaccionar ante la reiteración por parte de su homólogo saliente colombiano, Álvaro Uribe, de denuncias sobre la presencia en territorio venezolano de campamentos de la FARC, a los que integrantes de la organización narcoterrorista pueden replegarse toda vez que el ejército colombiano emprende una nueva ofensiva. Según voceros oficiales del gobierno de Uribe, Bogotá cuenta con “coordenadas absolutamente reconfirmadas por desmovilizados y por el sistema GPS” de por lo menos cinco campamentos, aunque creen que hay muchos más. Asimismo, en diversas ocasiones el propio Chávez ha hecho gala de la simpatía que siente por una agrupación que, antes de degenerar en una banda de extorsionistas, secuestradores y narcotraficantes, fue una de las muchas que procuraban llevar a cabo una revolución afín a la cubana en las zonas menos pobladas de nuestra región. Si bien pocos realmente creen que América del Sur esté por convertirse en escenario de una guerra convencional que, de estallar, tendría consecuencias devastadoras, el riesgo de que ello ocurra existe. Puede que para personajes como Chávez todo debería quedarse en el plano verbal, pero quienes se dedican a batir los tambores de guerra no tienen derecho a sentirse sorprendidos si algunos que los oyen toman al pie de la letra el mensaje que transmiten. En situaciones como ésta, pueden producirse incidentes que actúan como chispas que dan pie a una conflagración en gran escala, razón por la que la belicosidad de Chávez ha causado tanta alarma. Se teme que lo que a primera vista parece ser un intento más de distraer la atención de los venezolanos de las penurias económicas ocasionadas por la forma caótica en que su caudillo ha manejado la bonanza petrolera haya puesto en marcha un proceso que en cualquier momento podría escaparse de sus manos. En vista de que dentro de dos meses se celebrarán en Venezuela elecciones legislativas, puede comprenderse la voluntad del inventor de lo que llama “el socialismo del siglo XXI” de intentar arroparse en la bandera nacional de manera más convincente que la ensayada cuando, hace muy poco, ordenó la exhumación de los restos de Simón Bolívar so pretexto de que, en 1842, los colombianos los habrían reemplazado por los de otra persona. Como suele suceder cuando un gobernante habituado a formular amenazas fogosas opta por ensañarse con un vecino, Chávez se afirma víctima de un ataque alevoso y que no tiene más alternativa que la de defenderse; salvándose las distancias, que por fortuna son enormes, es lo que hizo Adolf Hitler cuando decidió invadir Polonia. Según Chávez, todo se debe a que Uribe –mandatario que según él es “un enfermo, lleno de odio”– planea invadir Venezuela, razón por la que insistió en llevar el asunto del apoyo tanto material como propagandístico que brinda el “bolivariano” a las FARC a la OEA, pidiéndole enviar una misión internacional para confirmar la presencia de los campamentos denunciados. Para el sucesor elegido de Uribe, Juan Manuel Santos, que en varias ocasiones se ha afirmado resuelto a mejorar las relaciones de su país con su vecino imprevisible, la ofensiva venezolana constituye un dolor de cabeza más. Entenderá muy bien que equivale a una invitación a alejarse de Uribe, optando por una postura que podría calificarse de “neutral”, de este modo ayudando a Chávez a hacer pensar que se ha tratado de una maniobra irresponsable del hombre que derrotó a las FARC, aunque todavía no ha logrado terminar la tarea de eliminar por completo lo que aún queda de un flagelo que desde hace muchas décadas está asolando Colombia. Si bien sería natural que Santos quisiera independizarse de Uribe, no le convendría hacerlo brindando la impresión de solidarizarse con un personaje que iría a virtualmente cualquier extremo para consolidarse como el heredero del castrismo y que ya ha provocado una multitud de problemas no sólo en su propio país sino también en el resto de América Latina.