Un amigo indeseable

Redacción

Por Redacción

El ministro del Interior, Florencio Randazzo, se ha sentido constreñido a intentar minimizar los perjuicios ocasionados al kirchnerismo por la solidaridad de uno de sus representantes más notorios con personajes iraníes acusados de participar en el atentado contra la AMIA, asegurándonos que el piquetero Luis D’Elía “no integra este gobierno ni fija las posiciones”. La aclaración sería más convincente si la presidenta Cristina Fernández de Kirchner rompiera de forma inequívoca con D’Elía, que acaba de visitar Teherán donde charló amablemente con el ex agregado cultural de la embajada iraní en Buenos Aires, Mohsen Rabbani, que está imputado por la Justicia por su presunto papel en el peor crimen terrorista de la historia de nuestro país. Si bien en la actualidad D’Elía no ocupa ningún puesto oficial, nadie ignora que, lo mismo que el camionero Hugo Moyano, es una de las principales figuras del kirchnerismo, razón por la que es lógico que hayan levantado ampollas el entusiasmo que desde hace años manifiesta por la revolución islámica y su hostilidad hacia “sectores sionistas de la DAIA” que según él respaldan “los intereses de Israel, Estados Unidos y Gran Bretaña”, los blancos principales de las diatribas feroces pronunciadas por el presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad. Un motivo por el que el kirchnerismo se ha desprestigiado hasta tal punto que sus dos líderes gozan de la simpatía de menos del 20% de la población, consiste en que es un “rejunte”, como diría Cristina, en que se destacan personajes como D’Elía que están resueltos a provocar grietas étnicas, clasistas y religiosas en la sociedad, hablando de conflictos entre “blancos” y “negros”, despotricando contra quienes viven en Barrio Norte e insinuando que “sionistas” –es decir, judíos– no forman parte de la comunidad nacional. De ser el kirchnerismo un movimiento “normal”, sus dos protagonistas se esforzarían por mantener a raya a individuos cuya mera proximidad es suficiente como para plantear preguntas en cuanto a la sinceridad de su compromiso con los valores democráticos pero, claro está, siempre se han negado a hacerlo. Antes bien, han gastado en subsidios cantidades notables de dinero público, además de repartir entre sus líderes puestos en el gobierno, con el propósito de asegurarse el apoyo de los “luchadores sociales” así favorecidos en sus esfuerzos por dominar “la calle”. Y, en efecto, D’Elía y los suyos les resultaron útiles cuando, al acercarse a su culminación la primera fase del enfrentamiento entre el gobierno de Cristina y el campo los ayudaron a impedir que la Plaza de Mayo fuera escenario de un cacerolazo masivo. He aquí el motivo por el que Randazzo tuvo que insistir en que, las apariencias no obstante, D’Elía no es responsable de la política nacional hacia Irán. Si bien, para sorpresa de algunos, el gobierno de los Kirchner ha seguido reclamando que miembros influyentes del régimen teocrático de Teherán rindan cuentas por el rol que, según la Justicia de nuestro país, cumplieron en el asesinato de 86 argentinos, tal actitud no le ha impedido pasar por alto el hecho de que individuos como D’Elía y el caudillo venezolano Hugo Chávez sean aliados fervientes de Ahmadinejad. Incluso el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, se ha negado a permitir que su presunta amistad con el gobierno kirchnerista afecte sus vínculos cada vez más estrechos con un régimen que, además de verse acusado de planificar el atentado contra la AMIA, está detrás de organizaciones terroristas tan sanguinarias como Hizbollah y Hamas, que amenazan no sólo a Israel sino también a todos los gobiernos que suelen calificarse de moderados del Medio Oriente. Puesto que ya no cabe duda de que los iraníes están por dotarse de un arsenal nuclear a pesar de la oposición de los países occidentales, encabezados por Estados Unidos, la postura asumida por Venezuela, Brasil, Bolivia, Ecuador y facciones –las que es de esperar son, como da a entender Randazzo, de escasa importancia– del kirchnerismo gobernante podría tener consecuencias desafortunadas en América Latina, lo que sería el caso si, como se prevé, los islamistas reaccionaran contra una eventual ofensiva israelí o norteamericana ordenando atentados terroristas en todos los países occidentales.


El ministro del Interior, Florencio Randazzo, se ha sentido constreñido a intentar minimizar los perjuicios ocasionados al kirchnerismo por la solidaridad de uno de sus representantes más notorios con personajes iraníes acusados de participar en el atentado contra la AMIA, asegurándonos que el piquetero Luis D’Elía “no integra este gobierno ni fija las posiciones”. La aclaración sería más convincente si la presidenta Cristina Fernández de Kirchner rompiera de forma inequívoca con D’Elía, que acaba de visitar Teherán donde charló amablemente con el ex agregado cultural de la embajada iraní en Buenos Aires, Mohsen Rabbani, que está imputado por la Justicia por su presunto papel en el peor crimen terrorista de la historia de nuestro país. Si bien en la actualidad D’Elía no ocupa ningún puesto oficial, nadie ignora que, lo mismo que el camionero Hugo Moyano, es una de las principales figuras del kirchnerismo, razón por la que es lógico que hayan levantado ampollas el entusiasmo que desde hace años manifiesta por la revolución islámica y su hostilidad hacia “sectores sionistas de la DAIA” que según él respaldan “los intereses de Israel, Estados Unidos y Gran Bretaña”, los blancos principales de las diatribas feroces pronunciadas por el presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad. Un motivo por el que el kirchnerismo se ha desprestigiado hasta tal punto que sus dos líderes gozan de la simpatía de menos del 20% de la población, consiste en que es un “rejunte”, como diría Cristina, en que se destacan personajes como D’Elía que están resueltos a provocar grietas étnicas, clasistas y religiosas en la sociedad, hablando de conflictos entre “blancos” y “negros”, despotricando contra quienes viven en Barrio Norte e insinuando que “sionistas” –es decir, judíos– no forman parte de la comunidad nacional. De ser el kirchnerismo un movimiento “normal”, sus dos protagonistas se esforzarían por mantener a raya a individuos cuya mera proximidad es suficiente como para plantear preguntas en cuanto a la sinceridad de su compromiso con los valores democráticos pero, claro está, siempre se han negado a hacerlo. Antes bien, han gastado en subsidios cantidades notables de dinero público, además de repartir entre sus líderes puestos en el gobierno, con el propósito de asegurarse el apoyo de los “luchadores sociales” así favorecidos en sus esfuerzos por dominar “la calle”. Y, en efecto, D’Elía y los suyos les resultaron útiles cuando, al acercarse a su culminación la primera fase del enfrentamiento entre el gobierno de Cristina y el campo los ayudaron a impedir que la Plaza de Mayo fuera escenario de un cacerolazo masivo. He aquí el motivo por el que Randazzo tuvo que insistir en que, las apariencias no obstante, D’Elía no es responsable de la política nacional hacia Irán. Si bien, para sorpresa de algunos, el gobierno de los Kirchner ha seguido reclamando que miembros influyentes del régimen teocrático de Teherán rindan cuentas por el rol que, según la Justicia de nuestro país, cumplieron en el asesinato de 86 argentinos, tal actitud no le ha impedido pasar por alto el hecho de que individuos como D’Elía y el caudillo venezolano Hugo Chávez sean aliados fervientes de Ahmadinejad. Incluso el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, se ha negado a permitir que su presunta amistad con el gobierno kirchnerista afecte sus vínculos cada vez más estrechos con un régimen que, además de verse acusado de planificar el atentado contra la AMIA, está detrás de organizaciones terroristas tan sanguinarias como Hizbollah y Hamas, que amenazan no sólo a Israel sino también a todos los gobiernos que suelen calificarse de moderados del Medio Oriente. Puesto que ya no cabe duda de que los iraníes están por dotarse de un arsenal nuclear a pesar de la oposición de los países occidentales, encabezados por Estados Unidos, la postura asumida por Venezuela, Brasil, Bolivia, Ecuador y facciones –las que es de esperar son, como da a entender Randazzo, de escasa importancia– del kirchnerismo gobernante podría tener consecuencias desafortunadas en América Latina, lo que sería el caso si, como se prevé, los islamistas reaccionaran contra una eventual ofensiva israelí o norteamericana ordenando atentados terroristas en todos los países occidentales.

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