Autocrítica y soberbia
FÉLIX E. SOSA (*)
La sanción al delantero uruguayo Luis Suárez fue repudiada casi unánimemente por la afición, el periodismo y las autoridades de su país, considerándola injusta, excesiva y prácticamente arbitraria. La primera pregunta que surge naturalmente es qué esperaban que se dispusiera ante la agresión antideportiva del futbolista, consumada ante cientos de millones que veían el partido, sea presencialmente o por tevé. Y la segunda –y más importante–, después de reconocer que la FIFA no podía ignorar el suceso y que la sanción más leve no podía haber bajado de tres o cuatro partidos de suspensión, es: ¿porqué esa afición futbolística, periodistas y autoridades del vecino país no dirigieron más bien su indignación contra el infractor, por privar a su equipo de su valiosa colaboración, por una infracción innecesaria? Parten así los aficionados de la base de que “nosotros no podemos equivocarnos nunca” y de la nula autocrítica, que parecen incapaces de ejercer o se niegan a intentar siquiera, por puro fanatismo y soberbia, combinados con chauvinismo. Así fue como, en el 94, la correcta sanción por “doping” a Maradona encontró a la mayoría de nuestro país encolumnándose detrás y a favor suyo, en vez de repudiar el hecho de actuar antideportivamente y privar a la Argentina de su valiosa contribución. Entonces y ahora se echa mano a la paranoia para denunciar “persecución”, marginando el error propio. Así se denuncia como erróneo el penal concedido a Brasil en el primer partido de esta Copa ante Croacia, asegurando que el delantero brasileño “se tiró” cuando el defensor croata lo aferró del hombro… Lo real es que, si se tiró, lo hizo aprovechando la circunstancia de que, antirreglamentariamente, le pusieron la mano encima. Una vez más, con cero autocrítica, se minimiza la importancia de un error, precisamente el error que causa el incidente, para juzgar el caso como si el mismo no hubiera existido. Fue el primer penal cobrado en la Copa y no puede negarse que en el resto del Mundial 2014 han existido muchos menos manoseos de delanteros en las áreas que en pasadas ediciones. En muy otro orden de cosas, pero con pareja soberbia y falta de autocrítica, el gobierno argentino optó, desde el comienzo, por ignorar la existencia de los bonistas que no adhirieron al canje de la deuda en “default”, pretendiendo decidir su suerte por una ley local no aplicable por cierto a la deuda original financiada, toda ella contratada bajo la vigencia de una legislación extranjera, bajo cuyo imperio se obtuvieron los respectivos préstamos y a la cual se sometió expresamente Argentina. Lo correcto, y lo que cualquier abogado sensato le hubiese aconsejado al gobierno, habría sido la negociación con los acreedores remisos al canje de la deuda en mora (que se refinanció en su mayor parte con ese canje), para tratar de lograr un acuerdo más o menos honorable con sus titulares, en lugar de adjetivarlos como “buitres” (aunque muchos lo sean, la ley los protege). Así fue como se dejaron pasar más de diez años, muchos de ellos bajo la amenaza de la espada de Damocles que significaba la pendencia de un juicio cuyo resultado, si llegaba a sentencia, era más que fácil de prever. En vez de aprovechar el tiempo para negociar en condiciones más favorables, el gobierno prefirió continuar con las injurias, ahora incluyendo al juez en sus denuestos, como si la Argentina estuviera en condiciones de darse ese lujo. Se procuró luego recurrir a lo que se llama vulgarmente “alegatos de oreja”, a través de la influencia de personajes políticos sobre el juez y demás jerarquías judiciales norteamericanas, incluida la Corte; todo fue en vano y el caso concluyó como era previsible, reafirmándose el imperio de la ley . Todo el tiempo perdido por el actuar soberbio, la torpeza y la falta de diplomacia se paga ahora, en que la negociación habrá de ser mucho más difícil, penosa y fundamentalmente más gravosa, es decir de resultados más caros para nosotros, bajo la amenaza de la inmediata ejecución de una sentencia que pudo y debió evitarse. De modo similar, luego de apropiarse de Repsol y afirmar ridículamente en forma enfática que nada iba a corresponder pagar, se fue después a negociar un acuerdo de pago, seguramente más gravoso que si se lo hubiera hecho cuando correspondía. Éstas son solamente muestras de los más graves daños a la república y al patrimonio de la nación perpetrados por la demagogia. Al menos, Suárez pidió disculpas. (*) Abogado