Baltasar Garzón a solas
Por Juan Gasparini (*)
Cada vez que el magistrado español Baltasar Garzón tiene que hacer las valijas para un viaje, se le vienen encima las responsabilidades asumidas.
Pareciera que el hecho de irse temporalmente de Madrid le quitara la protección de la rutina cotidiana y tomara sorpresivamente conciencia del papel que sigue jugando en materia de derechos humanos a escala planetaria. Coordinar la seguridad con policías extranjeros, alejarse de su mujer (Yayo) y de los dos hijos varones, sustraerse del gimnasio cotidiano con el socio de sudores matinales -su amigo el vendecoches Luis Domingo, amante de la caza mayor- y dejar de vigilar los sumarios en plena instrucción, le abren un vacío de angustia, como si de repente el futuro lo pusiera delante de un espejo.
«El camino que nos falta recorrer es más largo que el ya recorrido», es una frase que le gusta repetir, pero cuando atisba lo que eso significa, siente que el mundo va cada vez peor y vaya a saber si valen la pena tantos desvelos. Se reconforta evocando que su hija mayor, María, quien estudia en los Estados Unidos, lo espera en Harvard, etapa final del viaje, donde el juez ha sido invitado a dar un par de clases magistrales en la universidad norteamericana que congrega tanto prestigio.
»¿Qué les voy a decir a los peruanos ahora?», se pregunta mientras elige un terno, selecciona camisas y se olvida de empacar todos los objetos de tocador. Está por salir rumbo a Lima, primera etapa del viaje. Allí le han puesto un anfiteatro universitario con agenda libre para que hable de lo que es pionero: la jurisdicción universal para juzgar los genocidios encarnada en las competencias nacionales, hasta tanto entre en vigor una Corte Penal Internacional. «Pues les diré que no hagan como los argentinos o los chilenos, que décadas después de promulgar leyes de amnistía contrarias al derecho internacional se ven en figurillas para anularlas», subraya mentalmente. Entre sus papeles Garzón llevará copia de la reciente resolución de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que declara sin validez jurídica las leyes de autoamnistía decretadas por Fujimori.
Ha leído una entrevista al ministro de Justicia del Perú, Diego García Sayan, que calcula en 5.000 los desaparecidos bajo el reino autocrático de la pareja Fujimori-Montesinos.
En sustancia, entonces, los va a exhortar: «No desaprovechen la oportunidad que les brinda la Corte Interamericana, no abdiquen, barran con las leyes de la dictadura e impartan justicia; si no, fíjense el berenjenal en que se ha metido la Argentina, cuya Corte Suprema debe dictaminar si acaba de una buena vez con las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Y miren que los chilenos la tienen peor porque con la «Caravana de la muerte» recién le están entrando al núcleo duro de la represión, la del «73 al «78, cuando los mayores crímenes, cubiertos precisamente por la ley de aministía dejada por Pinochet».
Al subirse al avión, Baltasar Garzón dejará atrás sus últimas dos grandes batallas. Una tuvo lugar en la Sala Penal de la Audiencia Nacional, la jurisdicción especial española donde ejerce de juez. Concretamente el alto tribunal viene una vez más de darle razón contra el fiscal Fungairiño, el confidente del abogado militar de Pinochet, el general Fernando Torres Silva, que alentó al dictador a desplazarse a Londres, creyéndolo fuera del radio de acción de los procesos de Madrid. El 30 de marzo pasado, en efecto, esa sala resolvió rechazar los recursos interpuestos por Fungairiño contra la extradición de México a España de Ricardo Miguel Cavallo, uno de los verdugos argentinos en la ESMA, el campo de concentración de Buenos Aires que cobró 5.000 víctimas. No bien este ex capitán de corbeta ingrese en una cárcel de España, Garzón tiene planeado desglosar las investigaciones que atañen a la ESMA, para enviar esa parte del expediente a juicio, al tiempo que proseguirá con el resto de la causa por genocidio, tortura y terrorismo en la Argentina y Chile. La voz que emerge de su diario íntimo, exhumado en la biografía que le consagró Pilar Urbano, «El hombre que veía amanecer» (Plaza & Janés), gotea en su memoria. «Baltasar, sin prisas, tengo claro que el éxito será juzgar en España, si es posible; pero sobre todo abrir el camino y que esto se juzgue en Argentina. Mi papel es ser punta de lanza: provocar la reacción social y judicial allá». La voluntad judicial para traer a Cavallo de México a Madrid no depende sólo de él. Por lo pronto todos los escollos españoles han sido salvados. Falta que la Corte Suprema de México se expida, casi con seguridad confirmando lo ya decidido por la autoridad de primera instancia, a su vez refrendado por el gobierno de Vicente Fox, cuyo canciller, Jorge Castañeda, lo ha confirmado de manera inmisericorde incluso en una nota periodística que está dando la vuelta al mundo.
Garzón paladea su regocijo espiritual. El ministro de Exteriores mexicano es uno de los biógrafos del «Che» Guevara, politólogo especialista en la historia de la izquierda política en América Latina, quien ha inaugurado una nueva era sobre los derechos humanos en México y ha ido a la Comisión de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra a ratificarlo.
«Es muy difícil que se vuelvan atrás y no me entreguen a Cavallo», masculla Garzón, al igual que cuando está en el gimnasio y se le da por hablar, soltando la lengua en medio de los trajines musculares. Toma la copia del discurso de Castañeda en Ginebra del 20 de marzo de 2001 y vuelve a leer párrafos salteados para convencerse del compromiso: «Los derechos humanos no son internos ni externos, son humanos» (…) el ejercicio «de la soberanía no puede, de ninguna manera, perseguir fines inhumanos»; su apelación para violarlos no procede porque «su carácter fundamental y su trascendencia la anteceden» (…) «son una preocupación legítima de la comunidad internacional» que no puede «estar supeditada a la exclusiva voluntad de un gobierno» (…) «son el resultado de la historia y son universales», no son exclusivo patrimonio de Occidente (…) son económicos, sociales, políticos y civiles; así que «bienvenida la mirada externa». «Esto es una revolución para la ONU», festeja Garzón y mete el documento en el portafolio con un «les va a venir bien a los peruanos». La segunda gran batalla que acaba de librar ha sido la de neutralizar el coletazo negativo de la aparición de su biografía autorizada, firmada por la periodista Pilar Urbano. La fórmula concertada con la autora es un poco alambicada y ha despertado escozor en algunos sectores. La urticaria se ha extendido al ritmo de los miles y miles de ejemplares vendidos, sellando el suceso editorial. Garzón afirma haber controlado las partes del libro sobre su vida privada, las opiniones políticas, anécdotas familiares y profesionales, circunstancias históricas y la transcripción de pasajes de su diario íntimo, pero ha advertido que no tuvo nada que ver con la parte de la obra dedicada a los asuntos en trámite en su juzgado. Ha dicho que por galeradas conoció parte del contenido del libro que no atañe a las actuaciones judiciales seguidas bajo su responsabilidad. Este es un aspecto que muchos no creen y que por tanto ha facilitado que las quejas hayan provocado la apertura de un sumario en el órgano de gobierno de los jueces, exactamente en la Comisión Disciplinaria del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) que puede ocasionarle una multa, la pérdida del juzgado mediante un traslado forzoso, suspensión de sus funciones hasta por tres años, o la lisa y llana separación de la carrera judicial. Lo acusan de presuntamente revelar secretos de los expedientes a su cargo y de referirse ofensivamente cuando menciona personajes de la vida pública, justamente entre otros al fiscal Fungairiño, a quien localiza socorriendo a los servicios de inteligencia en la sorda guerra subterránea para salvar a Pinochet y ahorrarles disgustos a los genocidas argentinos.
A puertas cerradas, Garzón ha comparecido ante los magistrados disciplinarios y siente que ha convencido. Tiene la convicción personal que el trámite será archivado. No ha trascendido lo que allí se habló, pero con la caída de Pinochet en Londres, lo relatado por Pilar Urbano no encaja con la verdad y resultaría un despropósito que Garzón los haya dejado pasar por alto si realmente leyó todas las pruebas de imprenta de su biografía. Porque la autora no logra desentrañar con exactitud las razones por las cuales Garzón consiguió la captura de Pinochet y, tras cartón, lo que ello acarreó, es decir la unificación de las sendas causas judiciales sobre la Argentina y Chile en una sola.
La periodista no atribuye a «la celeridad al hacerse presente en Londres, sino la antigüedad al frente del caso lo que decide que la competencia sea de Garzón», al haber iniciado éste diligencias en marzo de 1996 sobre Argentina, mientras que su homólogo García Castellón lo hizo en julio de ese mismo año por Chile. Sobredimensionando la base legal que representa llevar el sumario más antiguo, se malinterpreta lo ocurrido.
No se debió a ello que Garzón, quien tenía la causa argentina, pasó también a disponer de la de Chile. Fue justamente la celeridad para hacerse presente en Londres la que permitió a Garzón detener a Pinochet a raíz de desapariciones de chilenos perpetradas en la Argentina y, por efecto cascada, pedir la inhibición de García Castellón para continuar entendiendo la represión en Chile, haciéndosela propia y fundiéndola con la de Argentina.
Lo hizo, como ha sido suficientemente demostrado, sacando una carta de la manga al ver que García Castellón no tenía indicios de responsabilidad penal suficientemente probada del ex dictador chileno en los crímenes en ese país que obraban en autos. Pilar Urbano no accedió a la información trascendental de lo acontecido.
En la más estricta soledad de su despacho, en la tarde del viernes 16 de octubre de 1998, constatando que García Castellón no actuaría contra Pinochet, Garzón admitió a trámite en su sumario 19/97 relativo a la Argentina, una denuncia presentada el 26 de abril de 1998 por la Agrupación de Detenidos-Desaparecidos Chilenos, que se hallaba pendiente de resolución en la pieza separada 3 del expediente, reservada al Operativo Cóndor.
Esas 94 desapariciones de chilenos en la Argentina fundamentaron sin transición el pedido de captura elaborado esa misma tarde del viernes 16 de octubre de 1998 contra Pinochet. Ante la eficaz ejecución de la orden pocas horas después, a García Castellón no le quedó más remedio que ceder a Garzón la instrucción de un genocidio cometido en Chile, cuyo cabecilla acabada de ser privado de la libertad por hechos conexos ocurridos en la Argentina.
La eficacia de la persecución penal contra el ex dictador chileno por la extensión de sus actividades genocidas a la Argentina constituyen el meollo de la cuestión y no la pertenencia de unos datos a un sumario incoado meses antes. Garzón debió corregir a Pilar Urbano y si no lo hizo debió ser porque no lo leyó. ¿De qué habría servido tener el sumario más antiguo si no se podía proceder contra Pinochet?
Suponiendo que García Castellón hubiera podido lanzar la orden de búsqueda y captura, habría detenido a Pinochet, y por ende el sumario no se habría mudado de su juzgado a pesar de ser más moderno que el de su vecino Garzón.
En línea con Pilar Urbano, los periodistas chilenos Mónica Pérez y Felipe Gerdtzen tampoco aciertan con la ecuación para salir del laberinto en su reciente libro «Augusto Pinochet: 503 días atrapado en Londres» (Los Andes). La ausencia de Yayo, que le elige la ropa, instala siempre la desazón en el juez en momentos de despedirse en solitario de la casa desierta. Los niños están en la escuela y ella en sus labores de bióloga.
Por el aparato de radio convoca al automóvil que lo debe llevar al aeropuerto. El trayecto entre el barrio de Pozuelo de Alarcón y Barajas es largo.
Sin saber qué hacer, Garzón ojea la biografía de Pilar Urbano que lleva consigo para enfrentar a la prensa si le preguntan por ella y cae por casualidad en la página 481, donde escucha otra vez a su amigo y compañero de gimnasio, el vendecoches Luis Domingo que lo alerta. «Tú eres una medalla de oro. En lo judicial, un ciervo de veinte puntas. Una pieza de caza mayor muy codiciada. Baltasar, a ti te han puesto ya la cruz del visor en el costado. Uno por aquí y otro por allá, todos te tienen ganas, todos quieren abatirte. Y, como tienes ya veinte puntas. No vas en manada, no comes en la mano de nadie, te mueves solo por el bosque… Pero ¡cuidado!: si te quedases un instante parado, sin reflejos, en un claro de árboles, ¡bang!, te derribarían. No te confíes: eres medalla de oro, y te han puesto la cruceta para darte de lleno». El blanco móvil bajó del coche al pie de la escalerilla del avión. Subió parsimoniosamente los peldaños sin mirar el cielo, cargado de nubarrones. Entró en la cabina y fue conducido mansamente por la azafata hasta el sitio reservado por el aparato de inteligencia del aeropuerto. Puso el portafolio debajo del asiento y abandonó su cuerpo a la posición en la que atravesaría el Atlántico.
Cerró los ojos y se dejó llevar por la velocidad de los inconmensurables pensamientos encontrados.
(*) Periodista argentino. Coautor de «El testigo secreto», libro sobre Garzón aparecido en 1999 y de «La delgada línea blanca». El viaje de Garzón relatado por Gasparini se termina de desarrollar en estas horas.
Cada vez que el magistrado español Baltasar Garzón tiene que hacer las valijas para un viaje, se le vienen encima las responsabilidades asumidas.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora
Comentarios