Bersuit Vergarabat, la urgencia y la soledad
La Bersuit llega a la región tras pasar por Mina Clavero, Santa Rosa de Calamuchita, Villa Gesell, Mar del Plata, Necochea y Monte Hermoso. Hoy es el turno del Polideportivo Municipal de Las Grutas, el 29 bajan a Madryn y el 31 se presentan en Bomberos de Bariloche.
A media mañana, en el departamento de Juan Subira -acordeón, teclados y composición de Bersuit Vergarabat- todo es silencio, menos en el baño. Su mujer está bañando a Telmo, su hijo de un año y meses. Afuera, todos tratan de caminar por la vereda de la sombra. La ciudad invita a alejarse de ella, a huir al campo o cualquier playa. «Pero Buenos Aires atrae, culturalmente, su noche, las librerías, las canchitas de fútbol, los cines. Yo vivo en San Telmo y me encanta esta zona. Cuando te vas por un rato, acabo de pasar quince días en Córdoba, en Villa General Belgrano, y es una bajada a tierra que en el momento no reconocí; pero reflexionando un poco descubrí todo lo que me había desenchufado. Para nada pensé en cosas que hago habitualmente, en la música», señala en tecladista.
– Por otro lado, significó conexión con tu hijo, tu esposa, con vos mismo…
– El lugar, la naturaleza. Pude verlo en cómo disfrutó el nene.
– ¿Te preocupa verlo crecer en una ciudad en la que ya los pibes no juegan en la calle?
– En la gran mayoría de las parejas y en los últimos años, por ese lado hay miedo, mucho más que en otras épocas. Conozco muchas que no tienen hijos; uno, a lo sumo, dos. Ahora, pensar en eso, para cualquier emprendimiento, paraliza. Y hay que ir adelante con los proyectos, con lo que queremos hacer. Hay contras de todo tipo y dificultades varias. Se convive con eso… Yo le meto para adelante, pero tengo muchas ganas de una vivienda con un poco de verde, con más espacio.
Juan, con cuatro hermanos más, vivió de chico en Lanús y Barracas, en casa grande, con muchos amigos en el barrio para jugar y andar en bici. A esta altura de la charla, «Río Negro» y Juan están desparramados en las sillas en el comedor diario y el agua para el mate, hirvió. La primera entrevista con integrantes de Bersuit, recordamos, fue cuando vivían en un conventillo de La Boca, en la calle Aristóbulo del Valle casi Necochea…
«¡El pelado estaba reloco! (Juan ríe a carcajadas) ¡Ahora me acuerdo! Pasaron tantas cosas! Son dos buenas referencias, medidas, de nuestra existencia. Fueron años terribles para nosotros, que por un lado vivimos con alegría, mucho entusiasmo. El dolor y la derrota que vivíamos, en algún punto los disfrutamos. (La risa se va perdiendo, palabra tras palabra). Era difícil salir de eso, porque tenía su goce, y hacíamos todo lo posible -cuando emprendíamos un disco, un concierto- para que las cosas salieran bien. Pero había motivos importantes por los cuales, se nos hacía todo difícil. Fue una gran lucha, de muchos años, donde la música siempre estuvo en un lugar alto, ideal, digamos. Eso salvó el proyecto. Siempre pensamos en cuidarlo, que debía estar alejado de nuestras propias problemáticas… Llegamos a tomar medidas tales como -recuerdo cuando vos viniste, habrá sido por el '93, '94- obligarnos a hacer algo personal para solucionar los problemas. Sabíamos que no le podíamos pedir nada a Bersuit. La música quedó así en un espacio puro a salvo de nuestros conflictos. Separadas ambas partes, y muchos años después, volvimos a volcar nuestras necesidades personales, de vivir y comer. Eso fue recién por el '98, más o menos».
«Tuvimos mucho tiempo para solucionar nuestras historias y trabajamos para que se regeneren y esto vuelva a ser un proyecto viable. Hace cuatro o cinco años, nos empezaron a escuchar otras personas, con más interés, como Gustavo Santaolalla. Había venido a vernos en 1994 (en el Viejo Correo, Floresta) y se fue asustado. Estábamos en un momento de locura total y dijo que no podía producirnos. Recién para fines del '97, cuando hacemos el demo de Libertinaje, intercedió Daniel Kohn, le acercó el material y le habló. Gustavo lo escuchó y nos propuso que quería hacerlo, aunque estaba muy ocupado. Ahí empezó otra historia…».
– Decantó allí un trabajo de años.
– Y sí… Santaolalla nos ayudó mucho a limar asperezas personales y musicales. Tiene una visión muy fina de un producto musical. Es un gran maestro como productor. Lo admiramos y aprendimos muchos trabajando con él, viéndolo y compartiendo.
– Ustedes suenan en vivo, tanto como en estudio, una virtud que seguramente detectó.
– Sí y creo que tiene mucho que ver con su tarea. También se relaciona con una labor nuestra de depuración, de años; de hacer las cosas, producirlas, para que en vivo suenen como corresponde. Nos costó muchas horas de trabajar y corregir, de buscarnos. La banda tiene quince años y eso no es casualidad.
– Ya no hay que explicar qué es Bersuit.
– Afortunadamente. Y es extraño porque somos un grupo sin una definición estética concreta. El producto fina se concibe después de escuchar un disco completo. La heterogeneidad es una característica en toda nuestra historia. Podemos roquear un chamamé o meternos con la murga uruguaya, el candombe, el cuarteto… En el próximo trabajo («La argentinidad al palo») se va a notar una diferencia: el primer CD es más –diría- luminoso, y el segundo, más oscuro, parecido al sonido del viejo Bersuit, de los primeros discos.
Recorriendo por La Cumbrecita, escuchó todos los temas de «De la cabeza…» que provenían de los fondos de una casa en medio de un cerro verde puro. En la radio de un barcito al paso, oyó «La soledad», último corte que están difundiendo. Eso ocurre por donde vayan.
«La cosa se masificó de un modo sorprendente. Pero la ideología de la banda, la estética, estuvo en una parte más ideal. Por suerte o por instinto, la protegimos mucho. A veces, recibimos presiones de la compañía (discográfica), de productores, pero las bancamos y pusimos siempre por delante, nuestras ideas y lo que queríamos mostrar y decir. En las malas o en las buenas épocas. La masificación nos sorprendió y no deja de conmovernos en ocasiones. Se logró de una manera muy metódica y lenta, con mucho trabajo. Eso le da un valor especial y nos permite elaborarlo. Si nos hubiera ocurrido cuando nos conociste, nos hubiera destruido en poco tiempo.
– Masificación que obliga a la reiteración. En un concierto, hay temas que tocar sí o sí.
– Es una de las cosas más difíciles… Yo lo comparo con el actor que debe subir al escenario y ponerse la piel de un personaje, esté como esté. Un día Esteban Mellino, terminó de actuar en el Margarita Xirgu, y dijo: para mí hoy fue una función muy dura porque murió mi madre; sentí, a pesar de lo que me costó, que debía estar acá y actuar. Son esas cosas que dejan una marca, un mensaje… Más contradicción que esa… A nosotros nos cuesta, a veces, por diferentes razones: cansancio, demasiado viaje, en un año hacemos cien presentaciones que obligan a la reiteración. En una época teníamos la teoría de vivir la fiesta que era cada concierto de Bersuit, con más intensidad que la gente. Eso llevaba a un gran descontrol, antes, durante y después de tocar.
Por otro lado, reflexiona Juan Subirá, ocurría algo muy autodestructiva y si bien queríamos lo que hacíamos, teníamos una subestimación enorme que afloraba en el escenario. Nos costaba mucho darle el valor que merecía. Después comprendimos que quien paga una entrada quiere escuchar las canciones del disco en difusión. Nosotros improvisábamos hacíamos temas nuevos. Una vez, en Arpegios, presentamos completo «Don Leopardo» y el disco salió un año más tarde. La gente no entendía nada. No era esa la Bersuit que deseaba oír. Nuestros tiempos y los del público, no conjugaban. Yo hoy compongo un tema, en un mes lo muestro a la banda, al año hacemos el demo, dentro de dos, se graba. La gente lo escucha al tiempo y quiere que lo toquemos en vivo. Por ahí, ya estoy podrido y tengo otra música en la cabeza (ríe). Eso es así y tenemos que entenderlo.
– A la vez, están el momento de la creación, absolutamente pasional, y el de la elaboración para el disco, frío, técnico, distante…
– Son procesos así de diferentes. Para los últimos dos CDs, hicimos un demo de setenta temas. Ocupan cinco discos. Hay muchos buenos y fue muy difícil la elección. Por eso, quedaron finalmente veintitrés, en dos compactos. El trabajo comenzó a macerarse en febrero del año pasado. Entre julio y agosto cocinamos el demo; fue un laburo tremendo, fue como tratar de darle vida, sentimiento, a cada canción. No todas van a sobrevivir, alguna tiende a morir, pero ya tiene un lugar entre nosotros y en el futuro podemos reverlas, arreglarlas.
La historia se viene dando así desde hace tiempo. En «Hijo del culo» había mostrado algunas canciones, pero no me animé a terminar y encarar todo lo que me surgía. Ahora, lo hice con mayor decisión… Trabajé con el teclado, armé secuencias. Mi intención no fue aburrir o cansar, no sabía bien cuáles temas eran buenos y cuáles no. Me arriesgué y valió la pena. Entre todos hicimos una primera selección, buscamos la coincidencia; después Santaolalla charló con nosotros y de ese encuentro salió el listado final. Muchas canciones no pudieron ser, es ciertamente doloroso, es algo de uno que muere.
– Desde que empezamos a charla ronda la idea de gestación, pérdida, vida, destrucción…
– El arte tiene un poco de eso. Muchos artistas dicen que las obras no se terminan, se abandonan. Una pintura, una novela, un disco, nunca quedan del todo bien. Siempre pueden corregirse. Ahora cuando se concluye un trabajo así, se siente un vacío muy grande. El 20 de enero terminamos de mezclar los dos compactos. Fue una sensación hermosa, pero a la vez metimos tanto tiempo, tanta energía, dedicación, que de golpe se desvanecieron. Con los días todo eso comienza a alejarse y pasa a ser de la gente.
– Toma otra vida.
– Como debe ser, y empezás a escucharlo como si fuera ajeno. Es más de quien lo escucha, le gusta y lo pone en su casa, que de nosotros. Yo formo parte de esto, pero no soy fanático de Bersuit. Escucho otra música y es algo muy raro integrar algo así. Estoy generándolo, dándole vida, pero no soy fan de Bersuit. Es muy loco; otra gran contradicción. Ser parte es más que me guste o no.
Eduardo Rouillet
A media mañana, en el departamento de Juan Subira -acordeón, teclados y composición de Bersuit Vergarabat- todo es silencio, menos en el baño. Su mujer está bañando a Telmo, su hijo de un año y meses. Afuera, todos tratan de caminar por la vereda de la sombra. La ciudad invita a alejarse de ella, a huir al campo o cualquier playa. "Pero Buenos Aires atrae, culturalmente, su noche, las librerías, las canchitas de fútbol, los cines. Yo vivo en San Telmo y me encanta esta zona. Cuando te vas por un rato, acabo de pasar quince días en Córdoba, en Villa General Belgrano, y es una bajada a tierra que en el momento no reconocí; pero reflexionando un poco descubrí todo lo que me había desenchufado. Para nada pensé en cosas que hago habitualmente, en la música", señala en tecladista.
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