Botes, hidroaviones, barcos y jangadas
Bariloche camino al centenario
Al promediar la década del «30 el historial del lago que se desagua a través del río Limay era tan frondoso como los bosques que tapizan esas cordilleras. Desde el primer barco a vapor hasta el aterrizaje de una escuadrilla de hidroaviones, se habían sumado lanchas de paseo y de policía que también servían al correo. Ya no se talaban los bosques ni los troncos se echaban al agua para jangadas que bajaban por el río, ni nadie todavía había desafiado el cruce a nado del lago.
La segunda edición de la guía del Nahuel Huapi que publicó Parques Nacionales para el verano de 1936-37 eternizó en su página 28 la visita de los hidroaviones de la Armada. Los retrató mansamente acuatizados en Puerto Pañuelo con el magnífico telón de fondo del cerro López. De ese historial lacustre, el primer hito moderno podría ser la botadura del vapor Cóndor (Puerto Blest el 12 de febrero de 1900). El desarrollo histórico incluye la construcción de botes aborígenes que aún fabricaba a principios de siglo -ahuecando troncos de coihue-, Bernardino Güenul. La artesanía se burilaba en la isla Huemul, deformada ortografía del nombre de sus residentes. Bernardino heredó el oficio de su centenario padre (Pedro Nolasco Güenul) el posible constructor de la antigua piragua hallada a doce metros de profundidad en Playa Bonita (donaba al Museo Patagónico).
Las piraguas de Güenul
Según publicó Federico R. Cibils en 1902 refiriéndose a un viaje anterior por el lago, que el regreso hasta la estancia Jones se hizo «en la canoa del indígena Millaqueo».
La vida en el lago a fines del verano de 1905 quedó reflejado en la crónica «El Nahuel Huapi» suscrita el 12 de marzo de 1905 pero aparecida en La Nación recién el 18 de abril siguiente. El subtítulo era «La región y los habitantes, el abandono oficial». Cuando el cronista se refiere a la isla Huemul dice que está ocupada «y explotada por el indio de igual nombre, el cual cultiva con buen éxito trigo, papas y cebada en las pocas secciones en que el fuego libró al suelo de la selva virgen». Se refería a la labor agraria de Bernardino Güenul, ya que su padre había fallecido pocos meses antes (el 20 de diciembre de 1904 a los 105 años).
La nota también señalaba que «el mismo indio construye botes que compran los que descienden el río Limay hasta la confluencia donde los revenden» -y no sólo eso- ya que los regalaban si faltan las ofertas porque por el río se trepa sólo a la sirga. Para entonces los vaporcitos del Ferrocarril Sud remontaban en épocas de creciente «hasta 30 y 20 leguas antes de San Carlos».
La crónica hablaba de la barraca en Puerto Blest de la casa Hube «hoy Chile Argentina», y de la población flotante que «forman los peones encargados del transporte de lanas y mercaderías en general» además de lo obrajeros encargados de la explotación del bosque. El viaje más transitado sobre las olas merecía los dos muelles más traqueteados de la región y dos vapores: el Cóndor y el Helvecia II (este último arrendado por la Chile-Argentina a la Explotadora de maderas del Neuquén). La interesante nota también aludía a las características naturales de la región y al inicio de actividades del aserradero instalado por «el señor Anchorena» (Aarón, el concesionario de la Isla Victoria).
Jangadas río abajo
Nueve meses antes, el mismo diario porteño daba cuenta –el miércoles 22 de junio de 1904- de la forma de comercializar los tronchos de los devastados bosques andinos, que desde el lago iniciaban en la embocadura del Limay, el fragoroso viaje hacia el Alto Valle. La información había sido despachada el 21 de junio desde Piedra del Aguila, donde se hallaba en tránsito don Ricardo Roth, representante de la casa comercial de Hube y Achelís de Nahuel Huapi. Se señalaba que Roth (encumbrado personaje de aquellos tiempos) estaba al frente de «una cuadrilla de 40 hombres, todos chilotes», quienes trabajaban en el Limay «remolcando y acarreando 17.000 vigas que dicha casa ha contratado con la Compañía de Maderas del Neuquén. Este trabajo –continuaba la reseña- ofrece mucho peligro al obrero, que en un descuido puede ser arrastrado por las correntosas aguas del Limay, habiéndose ya ahogado varios peones. Llevan 7 botes y una gran chata. Desde que salieron del lago Nahuel Huapi hasta aquí han empleado 4 meses y calculan pondrán otro tanto de tiempo en llegar a Chelforó, punto terminal donde la compañía tiene el aserradero». La información concluía reseñando los peligros adicionales de semejante viaje y la falta de decaimiento de los trabajadores, que vivían mojados pero bien remunerados.
«Los pobladores comenzaron a advertir el paso de las balsas de troncos, las pescaban para levantar sus propios ranchos y hacer empalizadas y corrales», evocó don Diego Niel en una charla con quien esto escribe (del 3 octubre de 1975). Según el testimonio de este antiguo poblador nacido en la embocadura del Limay, todo empezó con el costo que en el sur de la provincia de Buenos Aires tenían los postes para alambrar. Algunos estancieros largaron una idea sometida a ciertos financistas y surgió una empresa para la tala en los Andes y el envío por las aguas de los troncos, como se estilaba en Canadá. «Así fue que un inglesito, Alberto Weeks, y un escocés, mi padre, Enrique Neil, marcharon a caballo hacia el gran lago», contó don Diego. Sucedió en 1892 (J. M. Biedma sostiene que fue en 1891). «Las balsitas pasaban el río, pero a veces se atascaban en las islas. De manera que el sistema duró unos años pero la empresa fracasó» sentenció don Diego.
No había cesado la actividad balsera a fines de abril de 1903 cuando los hermanos Newbery convencían en Buenos Aires al agente Pinkerton Frank Dimaio, lo inútil de seguir la espera para viajar a la Patagonia a apresar a los bandidos yanquis. El argumento se basaba en que era temporada de incesantes lluvias «sobre la intrincada selva». Dificultades había, pero no tanto, ya que el 26 de abril de ese año llegó a Nahuel Huapi «una tropa compuesta por treinta carros que conducen las piezas que componen el vapor Helvecia perteneciente a la Compañía de maderas del Neuquén y que se destina a hacer el servicio en el lago Nahuel Huapi» (como lo informó La Prensa del 27 de abril de 1903). La nota detallaba las dificultades –los malos caminos y el peso de las cargas- pero elogiaba a Jarred Jones que encabezaba la tropa con el ingeniero Mexon, quienes con 60 hombres marcharon penosamente y hasta abrieron camino.
El progreso que viene
El cronista aprovechó la novedad para dar una panorámica sobre la actividad en el lago con sólo dos vapores pero numerosas lanchas en actividad. Llegaban muchos colonos y se construían afiebradamente numerosas viviendas con las maderas de la región. Funcionaban algunos negocios y así el lugar «promete tener gran adelanto».
En esos días desde la colonia 16 de Octubre, en Chubut, regresó Conrado Goitía, jefe de la construcción telegráfica que había concluido su labor en esta Patagonia andina. Y mientras esperaba en San Carlos órdenes para bajar a Buenos Aires, acopiaba madera para, de regreso, erigir una oficina telegráfica en el desolado Paso Limay. Se agasajó al funcionario y «con este motivo se ha recordado al director de Correos Pedro López iniciador del telégrafo en estas regiones, así como al inspector José Ravicini, quien personalmente colocó los hitos en el poste terminal de este punto», concluyó la nota.
Los campos cercanos estaban en buen estado y la hacienda gorda. Pero no había buenas noticias para el ganadero Martín Salaberry. Es que el tiempo se descomponía para ceder a nevazones anticipadas en momentos que la gran una tropa de hacienda suya se acercaba a la frontera para llegar a Chile. Invierno nevador el de 1903, recordó un baquiano.
Sociales de esta semana
• El corresponsal de La Prensa remitió un telegrama el 30 de octubre de 1919, publicado al día siguiente, en el que dio cuenta de la trifulca en la casa de Vicente Paillalef entre el gendarme de la policía volante (Gendarmería Nacional se crearía 20 años después) Justo Velázquez y el nativo Manuel Atriqueo a quien mató. El dueño de casa a su vez vengó a la víctima (mató al gendarme).
• El apellido Marquez, prestigiado en la zona por los hermanos y capitanes de navegaciones en el lago, creció en esta semana de 1940 cuando llegó el Dr. Rodolfo R. Marquez para integrase al hospital local (ex Tornú y Rawson) y ajeno a la familia. También llegó el gerente del Plaza Hotel Manuel Estevez para alistar al reconstruido Llao-Llao para fin de año. Otro arribo: Alberto Kalchofner como encargado de Piscicultura (dejó de serlo en Río Cuarto, Córdoba).
• El 28 de octubre de 1942, a los 41 años, murió de penosa enfermedad Arturo Hechenleitner, amante de los deportes, vecino ejemplar. Su librería se había sumado al boom de la radiofonía (vendía aparatos Supertone y Philco). Es que La Voz Andina confirmaba la instalación inminente de una radiodifusora.
• El 28 de octubre de 1944 debutó en el cine Central el show de la Embajada de los Misterios (que traía exitosa temporada en el porteño teatro Casino). Lo integraban el vidente y supuesto hindú Príncipe Karma, el mentalista Bernardo (que se hacía pasar como integrante de un instituto hipo-magnético de El Cairo y se decía rival del célebre Hinaudi) y la estelar actuación del mago forzosamente chino Sin Ling.
Por Francisco N. Juárez, fnjuarez@interlink.com.ar
Al promediar la década del "30 el historial del lago que se desagua a través del río Limay era tan frondoso como los bosques que tapizan esas cordilleras. Desde el primer barco a vapor hasta el aterrizaje de una escuadrilla de hidroaviones, se habían sumado lanchas de paseo y de policía que también servían al correo. Ya no se talaban los bosques ni los troncos se echaban al agua para jangadas que bajaban por el río, ni nadie todavía había desafiado el cruce a nado del lago.
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