Brasil golpeado

Redacción

Por Redacción

Todos los gobiernos del mundo temen a las calificadoras de riesgo, estas consultoras privadas que se atribuyen el derecho a opinar acerca del desempeño de los encargados de manejar las distintas economías nacionales, pero a pesar de las muchas críticas que han recibido y los pronósticos erróneos que en ocasiones han formulado, los inversores siguen confiando más en ellas que en cualquier vocero oficial. Lo confirmaron el jueves pasado cuando, para desazón de la presidenta brasileña Dilma Rousseff e indignación de su mentor, Luiz Inácio Lula da Silva, una de las más influyentes, la estadounidense Standard & Poors, rebajó la nota de su país a “nivel especulativo”, o sea, según la jerga financiera, a “chatarra”. Una consecuencia inmediata fue una nueva caída del valor del real en el agitado mercado cambiario que obligó al Banco Central a intervenir para frenarla, mientras que Dilma, luego de negar que se tratara de “una catástrofe”, se comprometió a intensificar el ajuste que ya está en marcha, lo que a juicio de Lula, que se encontraba de visita en nuestro país, “significaría volver a la miseria para recuperar la economía”. Sin embargo, el ministro de Hacienda, Joaquim “Manos de Tijera” Levy, pareció sentirse fortalecido por la noticia; dio a entender que serviría de “estímulo”, ya que al adoptar la calificadora en el 2011 una postura similar frente a la economía norteamericana, “catalizó una dinámica positiva” al obligar al gobierno del presidente Barack Obama a tomar medidas para reducir el déficit fiscal. Pocos compartirán el optimismo de Levy. Puede que, desde su punto de vista, sea perfectamente lógico someter la economía de su país a un ajuste muy severo para corregir las muchas distorsiones financieras que se han producido en el transcurso de los últimos años, pero no lo es desde el de los millones de brasileños que se sienten defraudados por una presidenta que, por motivos idénticos a los expresados por Lula, durante la campaña electoral del año pasado se opuso con firmeza a la clase de política económica que terminó aplicando. Para que un ajuste resultara políticamente aceptable, buena parte de la población tendría que estar convencida de que no hay otra alternativa, pero sucede que en Brasil quienes piensan así votaron por el rival de Dilma, Aécio Neves, y por lo tanto tienen motivos de sobra para protestar. Sorprendería, pues, que andando el tiempo la muy fuerte bofetada que acaba de asestarle Standard & Poors ayudara al gobierno como quisiera creer Levy. Antes bien, lo debilitará aún más, lo que a buen seguro tendrá repercusiones económicas negativas al privar a Dilma de la poca autoridad que aún le queda. Tiene razón Lula cuando dice que los ajustes siempre acarrean más desempleo y más pobreza, pero también la tienen los que señalan que en circunstancias determinadas son imprescindibles. Al fin y al cabo, si se agota el dinero no es posible seguir gastando como antes. Para entenderlo no es necesario tener, como Levy, un doctorado en Economía de la muy ortodoxa Universidad de Chicago; dice lo mismo el refrán popular “pan para hoy, hambre para mañana”. Así y todo, en la mayoría de los países es sumamente difícil combinar lo políticamente factible con lo económicamente infaltable. No han logrado hacerlo ni el gobierno actual brasileño ni el nuestro aunque, a diferencia del encabezado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el de Dilma cree que no tiene otra opción que intentarlo. Sea como fuere, tanto en Brasil como en la Argentina los dirigentes políticos no se verían ante los angustiantes dilemas que han surgido en su camino al llegar a su fin el boom de los commodities si hubieran obrado con mayor cautela cuando los precios de sus productos alcanzaban niveles récords adoptando medidas “anticíclicas” por entender que los buenos tiempos no se perpetuarían. Si bien Lula y su sucesora, Dilma, actuaron de manera más responsable que sus homólogos en nuestro país, no cabe duda de que se dejaron llevar por la euforia de los muchos, entre ellos prestigiosos comentaristas de América del Norte y Europa, que vaticinaban que Brasil pronto se erigiría en una potencia económica no sólo regional sino también mundial. A base de tales previsiones, subestimaron las dificultades que les sería forzoso superar camino del “destino de grandeza” que supuestamente les aguardaba en el futuro próximo.


Todos los gobiernos del mundo temen a las calificadoras de riesgo, estas consultoras privadas que se atribuyen el derecho a opinar acerca del desempeño de los encargados de manejar las distintas economías nacionales, pero a pesar de las muchas críticas que han recibido y los pronósticos erróneos que en ocasiones han formulado, los inversores siguen confiando más en ellas que en cualquier vocero oficial. Lo confirmaron el jueves pasado cuando, para desazón de la presidenta brasileña Dilma Rousseff e indignación de su mentor, Luiz Inácio Lula da Silva, una de las más influyentes, la estadounidense Standard & Poors, rebajó la nota de su país a “nivel especulativo”, o sea, según la jerga financiera, a “chatarra”. Una consecuencia inmediata fue una nueva caída del valor del real en el agitado mercado cambiario que obligó al Banco Central a intervenir para frenarla, mientras que Dilma, luego de negar que se tratara de “una catástrofe”, se comprometió a intensificar el ajuste que ya está en marcha, lo que a juicio de Lula, que se encontraba de visita en nuestro país, “significaría volver a la miseria para recuperar la economía”. Sin embargo, el ministro de Hacienda, Joaquim “Manos de Tijera” Levy, pareció sentirse fortalecido por la noticia; dio a entender que serviría de “estímulo”, ya que al adoptar la calificadora en el 2011 una postura similar frente a la economía norteamericana, “catalizó una dinámica positiva” al obligar al gobierno del presidente Barack Obama a tomar medidas para reducir el déficit fiscal. Pocos compartirán el optimismo de Levy. Puede que, desde su punto de vista, sea perfectamente lógico someter la economía de su país a un ajuste muy severo para corregir las muchas distorsiones financieras que se han producido en el transcurso de los últimos años, pero no lo es desde el de los millones de brasileños que se sienten defraudados por una presidenta que, por motivos idénticos a los expresados por Lula, durante la campaña electoral del año pasado se opuso con firmeza a la clase de política económica que terminó aplicando. Para que un ajuste resultara políticamente aceptable, buena parte de la población tendría que estar convencida de que no hay otra alternativa, pero sucede que en Brasil quienes piensan así votaron por el rival de Dilma, Aécio Neves, y por lo tanto tienen motivos de sobra para protestar. Sorprendería, pues, que andando el tiempo la muy fuerte bofetada que acaba de asestarle Standard & Poors ayudara al gobierno como quisiera creer Levy. Antes bien, lo debilitará aún más, lo que a buen seguro tendrá repercusiones económicas negativas al privar a Dilma de la poca autoridad que aún le queda. Tiene razón Lula cuando dice que los ajustes siempre acarrean más desempleo y más pobreza, pero también la tienen los que señalan que en circunstancias determinadas son imprescindibles. Al fin y al cabo, si se agota el dinero no es posible seguir gastando como antes. Para entenderlo no es necesario tener, como Levy, un doctorado en Economía de la muy ortodoxa Universidad de Chicago; dice lo mismo el refrán popular “pan para hoy, hambre para mañana”. Así y todo, en la mayoría de los países es sumamente difícil combinar lo políticamente factible con lo económicamente infaltable. No han logrado hacerlo ni el gobierno actual brasileño ni el nuestro aunque, a diferencia del encabezado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el de Dilma cree que no tiene otra opción que intentarlo. Sea como fuere, tanto en Brasil como en la Argentina los dirigentes políticos no se verían ante los angustiantes dilemas que han surgido en su camino al llegar a su fin el boom de los commodities si hubieran obrado con mayor cautela cuando los precios de sus productos alcanzaban niveles récords adoptando medidas “anticíclicas” por entender que los buenos tiempos no se perpetuarían. Si bien Lula y su sucesora, Dilma, actuaron de manera más responsable que sus homólogos en nuestro país, no cabe duda de que se dejaron llevar por la euforia de los muchos, entre ellos prestigiosos comentaristas de América del Norte y Europa, que vaticinaban que Brasil pronto se erigiría en una potencia económica no sólo regional sino también mundial. A base de tales previsiones, subestimaron las dificultades que les sería forzoso superar camino del “destino de grandeza” que supuestamente les aguardaba en el futuro próximo.

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