Buda explicado al nuevo siglo
Marcelo Cohen escribió "Buda", un libro sencillo y de pocas páginas (Editorial Norma) donde recupera la figura de aquel hombre iluminado pero sin divinidad que habló del dolor y de cómo suprimirlo.
La primera verdad del budismo reconoce el sufrimiento como experiencia ineludible de la condición humana.
Para tan catastrófica noticia -no lo debería ser tanto pero la civilización occidental se niega a aceptar ciertas obviedades- esta ¿filosofía?, ¿doctrina? ¿religión?, tiene respuestas. Pueden inquietarnos y hasta resultarnos incómodas pero ahí están desde hace unos dos mil quinientos años dando vueltas por el mundo.
Es cierto también que el mensaje de Buda se ha propagado por el mundo a través de distintas formas y en la actualidad ha hecho pie sobre todo en las sociedades económicamente más desarrolladas. Estados Unidos, por ejemplo, tiene en California el famoso Centro de Budismo Zen en el que meditan miles de personas, Leonard Cohen, incluido.
Parte de esta tendencia se vio reflejada en el cine con filmes como «Kundum» de Martín Scorsese o «Pequeño Buda» del francés Anno. También en la propagación de centros y grupos de estudios budistas, publicaciones de artículos, revistas y libros sobre el tema. En los últimos años se recuperó la figura de Buda, su mensaje y de algunos de sus seguidores más importantes como el propio Dalai Lama, y Suzuki, uno de los grandes pensadores del budismo zen, discípulo directo de Dogen.
Pero entre tanta información ya era hora de repasar un poco acerca de qué estamos hablando cuando hablamos de budismo. Hace diez años Marcelo Cohen escribió este pequeño libro de nombre simple, «Buda», y expectativas mesuradas pero no por eso menos importantes.
«Buda» es un introducción al budismo, una pequeña biografía y a la vez una reflexión pura acerca de esta forma de pensamiento que lejos de achicarse con la modernidad crece y adquiere mayor sentido.
«El hombre, las cosas, todo cuanto existe es transitorio, está sujeto a corrupción y lastrado por la amenaza de muerte. Ni siquiera el placer o la felicidad escapan a ello, y hasta es posible que la dicha sea el prólogo de una desesperación más intensa. Esta certeza, desde luego, ha sido experimentada por muchos hombres en distintas épocas. Dos mil cuatrocientos años después del Buda, en Inglaterra, un poeta casi adolescente llamado John Keats exclamaría en una Oda a la Melancolía:
Ah, en el propio templo del Placer
La velada melancolía tiene su altar soberano», recuerda Cohen hacia la mitad del libro de apenas 113 páginas.
No es un libro de autoayuda y mucho menos una guía acerca de cómo llegar al Nirvana en tres lecciones y cuarto. Tampoco reparte culpas ni plantea más soluciones que las que el budismo ha puesto en evidencia desde siempre. En apariencia el problema es simple. Por lo menos plantearlo. El sufrimiento existe, tiene un motivo, el deseo, y es posible suprimirlo. Es un principio. Cuando hablamos de deseo el término abarca cuestiones más profundas que el simple deseo de tener un auto último modelo. Podría incluirlo aunque no es el fondo del problema. Se trata del deseo de perpetuidad en el hombre y de su negación de lo transitorio.
El libro de Cohen hace hincapié en estas cuestiones y deja un enorme espacio para la reflexión. Algo hay que hacer después de leer este libro. En principio leer otros que el autor utilizó para componer su obra. Hay temas que quedan allí para la polémica. Uno es la difícil composición del yo en el pensamiento budista. Su negación de un ente permanente. El yo, para el budismo, aparece ante la imposibilidad de los hombres de aceptar su condición transitoria, el fluir de las cosas. El yo es una ilusión. Un tema que Cohen deja picando.
Hacia el final hace un recondo de algunas ramas del budismo que tienen en este momento más o menos popularidad. El caso del budismo zen, que se ha adaptado mejor que otros a occidente si bien en algunos países como Estados Unidos la figura sobresaliente del budismo sea el Dalai y su reivindicación política como líder de un Estado independiente en Tíbet.
El zen es además una oportunidad de acercarse a extrañas formas de poesía. Cohen recuerda una de alguien que no fue budista pero transitó esos caminos, T.S. Eliot: «…Le dije a mi alma: permanece tranquila y aguarda sin esperanza, pues la esperanza sería esperar en el extravío…».
Claudio Andrade
La primera verdad del budismo reconoce el sufrimiento como experiencia ineludible de la condición humana.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora
Comentarios