Buenos Aires, de la aldea a la gran ciudad
Andrés Carretero rescata la vida cotidiana a través de las voces de los viajeros
Buenos Aires (Télam).- El tema de la “Vida cotidiana en Buenos Aires”, tratado de manera fragmentaria por viajeros que dejaron sus impresiones escritas sobre el Río de la Plata, es tomado de manera sistemática por el investigador Andrés Carretero, quien en este segundo volumen, aborda el período que va desde la organización nacional hasta el gobierno de Hipólito Yrigoyen.
“Aunque por un prolongado período, Buenos Aires se destacó por su fealdad, y así era todavía en 1864, para comienzos de 1918 ya había cambiado por completo. Aparecía como una gran ciudad, a la que las corrientes inmigratorias le habían impuesto su nota distintiva”, resaltó Carretero.
Ese proceso de cenicienta recorrido por Buenos Aires, es seguido puntualmente por el investigador, quien en el texto apunta los ítems de una paulatina transformación que modificaría totalmente el ejido urbano.
“En 1887 la población total era de 404.173 habitantes, con una densidad de 89 habitantes por hectárea”, computó Carretero, pero ya el cambio comenzaba a operarse con la afluencia de la inmigración, “que modificó los amplios patios de las casas porteñas, que se dividieron para facilitar dos o tres pisos a las casas de bajo y aprovechar así mejor los terrenos”, indicó.
O que se tradujo en la típica casa chorizo y más tarde en los conventillos, donde fueron a parar los inmigrantes, “y bajo sus faroles nació el tango y se acrecentaron las cifras de la prostitución”, apuntó Carretero.
En el estilo arquitectónico, “la línea italiana se observa en el frente de la Casa de Gobierno y en el Congreso. La Cancillería, ex palacio Anchorena, es de estilo borbónico abarrocado; el palacio Errázuriz, sede del Museo de Arte Decorativo, del borbónico ortodoxo; el palacio Alvear, de un estilo híbrido -mezcla de francés e italiano- y la célebre Villa Ombúes, en la avenida Luis María Campos, expresión del medievalismo romántico”, enumeró.
El arte nouveau y el art decó, mencionó el investigador, “tuvieron su período de apogeo con posterioridad a 1880, que se extendió hasta la década de 1920”. Hacia fines del siglo XlX, “el bañado de Flores era una zona peligrosa por las inundaciones reiteradas, las aguas que quedaban estancadas y los residuos de los mataderos ubicados en la zona aledaña. Los olores pestilentes, los insectos y los roedores caracterizaban la barriada”, puntualizó.
El Gran Hotel Argentino, inaugurado en 1868, ubicado en la esquina de Veinticinco de Mayo y Rivadavia, fue considerado por varios años como el más lujoso de la ciudad. “En él sobresalía el Salón de las Columnas iluminado a gas, donde se dieron numerosos banquetes y los mozos atendían vestidos de rigurosa etiqueta”.
“Allí -contó el autor de “Vida cotidiana en Buenos Aires”, recientemente publicado por Planeta- estuvo refugiado José Hernández y se dice que en su habitación escribió el Martín Fierro, en 1872”.
Confiterías, cafés y pulperías
La transformación edilicia de la ciudad estuvo acompañada con cambios en las costumbres de sus habitantes. “La aparición de las confiterías significó la incorporación de las familias o grupos de mujeres que iban a tomar el té a la tarde y luego se reunían para degustar un vermouth”.
“Por el contrario en los cafés se concentró la clientela masculina, obrera y de bajo nivel cultural”, agregó.
Entre las pulperías famosas que tuvo la ciudad, donde se acudía para proveerse de bebidas y alimentos, figuran la Estrella del Sur, en el barrio de Boedo y la Rondanita y La Paloma, en la actual calle Santa Fe, dijo Carretero, que es autor, entre otras obras de “Anarquía y caudillismo”, “Los Anchorena” y “Tango, testigo social”.
Desde 1890 hasta 1914 convivieron en la ciudad tres sistemas de iluminación (la electricidad, el gas y el querosene), “aunque uno de los factores que más dinamizó la electrificación pública y privada en los barrios fue el funcionamiento de los tranvías”, acotó.
Dos grandes epidemias se abatieron en Buenos Aires: “la de la fiebre amarilla, en 1871, acabó con la vida de 13.725 personas y dos años mas tarde estalló la cólera, que desde la calle Moreno se extendió con velocidad y sin piedad por los barrios aledaños”.
El libro detalla apuntes que hacen a las actividades deportivas como las primeras carreras de caballos, origen de las cuadreras, en la Calle Larga de Barracas, actual Montes de Oca. En 1860 se creó la primera Asociación Argentina de Carreras y el 5 de mayo de 1876 se realizó la reunión inaugural de la Sociedad Hipódromo Argentino.
La fecha inicial del fútbol en la Argentina ha sido fijada el 10 de junio de 1886, “cuando se creó el Buenos Aires Fútbol Club, por iniciativa de Tomás Hogg y unos cincuenta entusiastas”.
También, el texto se detiene en la vida de la sociedad porteña, sobrevolando las diferentes clases sociales, bajo títulos que abarcan, entre otros: ‘la clase alta’, ‘salones que marcaban límites’, ‘los viajes del status’, ‘la clase media y la libreta del almacén’, ‘el proletariado’, ‘clubes que cambiaron costumbres’, ‘dandismo y banalidad’, ‘velorios’, ‘los veraneos’ y ‘los niños de la calle’.
Todo el texto está cruzado con fotografías, viñetas de la época, que ilustran las costumbres de la sociedad argentina y aportan datos que completan el relato hilvanado por Carretero.
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