Cansancio moral
COLUMNISTAS
Es probable que la marcha del silencio de mañana, 18 F, convocada desde las redes sociales y a la que han adherido seis fiscales federales en Buenos Aires, reúna a una inmensa cantidad de ciudadanos. Los motivos de la convocatoria, resumidos en las palabras “verdad y justicia”, giran alrededor del deseo de esclarecimiento de la trágica muerte del fiscal Alberto Nisman. Pero detrás de los enunciados se evidencia la vehemente intención de expresar una suerte de cansancio moral frente a un cúmulo de errores y desaciertos de un gobierno que hace tiempo que ha perdido el rumbo.
Es cierto que este cansancio moral sólo abarca a un sector de la sociedad, sensible ante la pérdida ostensible de calidad institucional de los últimos años. Hay otro que es decididamente oficialista, indiferente al problema institucional y convencido de que participa de una epopeya histórica por lo que, pese a la acumulación de errores no forzados, permanece inalterable en su devoción por el idolatrado matrimonio Kirchner. Finalmente, otra porción importante de ciudadanos fluctúa en el medio, preocupados sólo por los problemas cotidianos, y donde fenómenos como la inflación o la creciente inseguridad los inclinan a apoyar a aquellos candidatos opositores que ofrecen enfrentar estos problemas conservando las magras ventajas sociales de la “década ganada”.
Por consiguiente, cuando hablamos de cansancio moral estamos haciendo referencia a una parte relevante de ciudadanos indignados, en un número que ahora resulta difícil cuantificar y cuyo peso electoral recién podrá ser medido en la próxima y cada vez más cercana elección presidencial. No le atribuimos a ese sector la representatividad del “pueblo argentino” ni lo consideramos portador de un aura especial. Son simples ciudadanos que están cansados de un estilo de gobierno que la propia Cristina Fernández aseguró enmendar cuando asumió en su primer período y prometió cuidar la calidad institucional.
Interpretando las motivaciones de este sector, podemos señalar que el primer motivo de cansancio moral es un cierto hartazgo frente a la extenuante falacia de la palabra presidencial, que no trepida en presentar un país dividido, donde los abnegados patriotas del Frente para la Victoria enfrentan a una heterogénea alianza de traidores a la patria, funcionales a las corporaciones económicas, a las oligarquías tradicionales y a los imperialismos de turno. Ese discurso rancio, anacrónico, que deslegitima al adversario político convirtiéndolo en un enemigo irreconciliable, acaba de ser renovado, una vez más, en un reciente discurso de la presidenta: “Nosotros nos quedamos con el canto, con la alegría, con ese grito de ‘viva la patria’ y a ellos, a ellos les dejamos el silencio”.
Otro motivo de cansancio moral es el uso faccioso de los bienes del Estado, “okupados” como si de bienes mostrencos se tratara, repitiendo los errores del primer peronismo, del que parecía que todos habíamos aprendido algo. Exaspera la utilización de la Casa Rosada como recinto partidario, donde jóvenes militantes abarrotan el Patio de las Palmeras, convocados por la presidenta a hacer de figurantes en el espectáculo que se quiere transmitir por TV en una escenografía tramposa que procura rememorar las multitudinarias concentraciones que Perón convocaba en la Plaza de Mayo.
Existe también un comprensible cansancio moral frente a la consagración de la mentira oficial como política de Estado. Asistimos desde hace tiempo al impúdico falseamiento de las estadísticas oficiales por el procedimiento de convertir al Indec en el organismo público encargado de ofrecer unas estadísticas que maquillan la verdadera realidad económica y social. Una muestra más de “viveza criolla” que recuerda el certero diagnóstico de Carlos Nino cuando señalaba que nuestra perseverante anomia era “boba”, porque al final todos salíamos perjudicados.
Estupor y cansancio moral frente a la reiteración permanente de un doble discurso, que permite al kirchnerismo atribuirse el mérito de haber “recuperado la política”, al mismo tiempo que cuestiona una silenciosa marcha no partidista por tener inconfesables “fines políticos”. Dentro de ese doble discurso hay que computar las pintorescas y barrocas “cartas abiertas” dirigidas a un pueblo llano en un lenguaje esotérico, como fórmula que disimula, cubriendo con las hojas de la retórica el notorio vacío de contenido conceptual. La sagacidad política de esta agrupación ha quedado resumida en una frase antológica, proveniente de uno de sus máximos exponentes -premiado por sus excentricidades con cargo y chofer- para quien una marcha política queda rebajada a “una convocatoria de chefs porque en el país se cocina mal”.
Forma parte también de ese cansancio ciudadano la enorme preocupación por los desaciertos de la política macroeconómica. Las numerosas personas que en la actualidad acceden a la abundante información que hoy ofrece internet observan desesperanzados cómo avanzan los países de nuestro entorno -Chile es el más claro ejemplo-, mientras nuestra economía productiva se degrada cada día más en manos de improvisados ministros elegidos en un casting de belleza y simpatía, por voluntad unipersonal de la reina local.
Sería imposible resumir en la brevedad de una nota periodística la cantidad de circunstancias que explican que un importante sector de ciudadanos, al que el gobierno jamás entendió ni se preocupó en entender, desea manifestar su cansancio moral. Quienes acuden a la marcha del 18 F no están buscando “terminar lo antes posible con este gobierno”, como sibilinamente afirman los voceros oficiales. Sólo faltan diez meses para que se produzca la renovación presidencial, de modo que nadie desea acortar los tiempos institucionales. Lo que sí resulta plausible suponer es que todos estos ciudadanos en silencio participan del inocultable deseo de que el 10 de diciembre dé lugar a un sustancial cambio de rumbo que nos instale, por fin, en una senda de racionalidad, sentido común y progreso.
ALEARDO F. LARÍA
aleardolaria@rionegro.com.ar
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