Carta abierta al secretario de Medio Ambiente

Por Jorge Eduardo Rulli



Es un lugar común ya referirse a la enorme ignorancia que tiene nuestra dirigencia partidaria respecto de la comprensión de los temas ambientales. Pero aún mucho peor que la ignorancia suele ser el desprecio y la indiferencia que manifiestan desde el Estado en relación con la ecología. Una enorme precariedad en el desarrollo ético e ideológico de nuestra clase política la conduce a ignorar sus responsabilidades en la preservación de los recursos y en la salvaguarda de la calidad de vida de las poblaciones. El paradigma mecanicista sigue fijando los modos y los límites de una mirada, que fragmenta el campo del conocimiento y el mundo de la realidad y que posibilita la explotación del hombre y la destrucción del entorno ambiental.

Consecuencia de estas reducidas visiones es que los organismos del Estado dedicados a la problemática ambiental son aceptados sólo como un mal necesario a la imagen internacional del país, apenas como un requisito para poder implementar las negociaciones con los organismos financieros. De esta íntima convicción de la falta de utilidad práctica, cuando no de sentido, de las variadas secretarías y direcciones de medio ambiente deriva la escasa importancia que se les concede y en particular el peso de la dirigencia política que a ellas se destina: en el mejor de los casos dirigentes perdidosos de internas partidarias o aliados a los que resulta necesario conformar con un cargo menor, en otras oportunidades las amantes a las que resulta difícil ubicar en cargos de responsabilidad política destacable. Para esta clase dirigente, tanto como para las señoras gordas de Barrio Norte, la ecología es una actividad íntimamente emparentada con la jardinería y el resto es solamente concesiones y maquillajes para la opinión pública internacional.

En el caso de Oscar Massei, que traía consigo antecedentes bastante honorables, suponemos que llegó a la Secretaría de Medio Ambiente y Desarrollo Humano simplemente por descarte. Porque no hubo seguramente, en su momento, otro cargo mejor que ofrecerle. No ponemos en duda su honestidad personal, nos acongoja sí nuestro común porvenir, si acaso lo tenemos... porque lamentablemente depende en buena medida de quien como Massei no sólo no se caracteriza por conocer los temas de que se ha hecho responsable, sino que tampoco pareciera haber sabido rodearse de la gente idónea que le supliera esas carencias. Así, mientras él sobrenada los problemas urdiendo estrategias personales para mejores destinos, se avalan las políticas y los funcionarios heredados del menemismo, el país se desmorona a golpes de mercado y cortes de ruta, en medio de una crisis infernal que en definitiva no es sino una enorme crisis ecológica y social. Esta crisis jamás podría resolverse sin incorporar a la vida política una visión de la complejidad, de la diversidad y de la sustentabilidad que, casualmente, deberían ser los grandes temas del secretario de Medio Ambiente.

Un millón y medio de hectáreas del territorio bonaerense permanecen desde hace meses bajo el agua como consecuencia de políticas insensatas de obras públicas y de una agricultura irracional que ha transformado a la provincia en una gran maceta.

Más del 80% del bosque nativo ha desaparecido y lo que queda sufre la amenaza de que sean definitivamente transformados nuestros ecosistemas por plantaciones masivas de especies foráneas, bajo la justificación de convertirnos en sumideros de aquellos países que provocan el cambio climático.

Los cultivos de soja transgénica alcanzan este año cerca de 10 millones de hectáreas. La opinión pública ignora cuántos otros eventos de ingeniería genética han sido liberados. La posibilidad de una contaminación masiva por estos organismos sobre los ecosistemas es aterradoramente impredecible. Somos el único país del planeta que sufre semejante difusión de cultivos genéticamente modificados y además somos el único que vive en semejante descontrol e indiferencia por parte de sus autoridades responsables. De los muchos temas gravísimos en que se carece de políticas, uno más es el de los agroquímicos. Hace muchísimos años que fueron prohibidos en el país, por su carácter deletéreo, ciertos agrotóxicos como el DDT y el Parathión y sin embargo siguen siendo de uso común en los alimentos que llegan al mercado. Parece que el ejercicio de la soberanía no alcanza para controlar estos venenos en las fronteras nacionales.

En la zona de Tigre, el capricho de un intendente alentado por los intereses de grandes empresas inmobiliarias decidió el desvío de las aguas negras del río Reconquista, recolector de miles de efluentes industriales, sobre las paradisíacas islas del Delta. Miles de pobladores carecen desde entonces de agua potable y no tienen ni siquiera con qué bañarse o lavar su ropa. Sus manifestaciones de protesta no han sido escuchadas y, como en tantas otras circunstancias, se evidencia la falta de una autoridad nacional que fije normas sobre los derechos de la gente a un medio ambiente sano.

El conurbano bonaerense se hunde lentamente en el colapso ambiental, agobiando con el ascenso de las napas a millones de vecinos angustiados que no saben ni pueden resolver los desequilibrios hidrológicos de toda la cuenca. Mientras tanto Aguas Argentinas inaugura un río subterráneo de más de 15 kilómetros que aportará más agua al anegamiento generalizado y algunas empresas ofrecen resolver el problema de los pozos sépticos inyectando sus contenidos nauseabundos a los estratos profundos del Puelche. Construimos así con irresponsabilidad e indiferencia el holocausto de un mañana en que las nuevas generaciones no tendrán ni siquiera agua potable. Hoy para nuestros dirigentes las inundaciones y el agua que lame constantemente los cimientos de las casas son sólo una excusa más para negociar obras que requieren nuevos préstamos y el aumento de la deuda externa.

Si se decide en alguna ignota oficina burocrática de la Secretaría de Medio Ambiente subir la cota de Yacyretá, peligrarán los humedales correntinos, muchos pobladores deberán emigrar y se modificará el curso de las aguas, amenazando innumerables especies de flora y fauna. Alguna vez nuestro país firmó y ratificó el Convenio de Diversidad Biológica, que hoy tiene rango constitucional. Parece que también fue sólo un gesto para la tribuna internacional. La realidad que vivimos a diario se hace cada vez más cruel y cada desafío que se ignora, cada problema mal resuelto, hipoteca multiplicadamente nuestro porvenir. Millones de argentinos sufren por estas causas vidas precarias, malformaciones, muertes prematuras y o senilidades tempranas. Millones son víctimas de la contaminación, de beber aguas con nitratos y comer alimentos con enormes residuos de agrotóxicos. Cientos de poblaciones viven en cercanías de incineradores o de curtiembres y no tienen a quién recurrir para salvaguardar su calidad de vida. Muchísimos han debido emigrar del campo a la ciudad como consecuencia de modelos de explotación de la tierra que los excluyen y los empujan al desarraigo, y ahora malviven en los cinturones de pobreza urbana, asentados sobre antiguos basureros industriales o tierras muertas por la sobreexplotación con agrotóxicos. Desarraigados, desnutridos y contaminados son la base potencial de los piquetes que incendian el país al que nadie ama. El secretario de Medio Ambiente puede ser sordo o ciego, pero cuando alguna vez los que hoy son jóvenes vivan las consecuencias trágicas de las políticas actuales y nos interroguen acerca de las responsabilidades que le cabe a la clase dirigente, no sólo deberemos recordarles a los personajes emblemáticos como María Julia, también deberemos recordarles a los que sin menores culpabilidades cultivaron el bajo perfil, como el Dr. Massei.

Grupo de Reflexión Rural


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