Amelia De Matos Almeida, pobladora del desierto

Un sendero otoñal nos condujo una tarde de abril hacia la chacra de nuestra homenajeada. Y allí nos encontramos con una persona que nos recibió con una sonrisa, con una mujer que muestra con orgullo su chacra, esa chacra que era “el desierto” cuando la vino a habitar con su esposo Manuel Gómes Da Silva en el siglo XX. Solo había un ranchito de adobe, eran todos médanos, tapados de yuyos; emparejaron el terreno, rellenaron a caballo y la chata; cortaban la piedra con delantal de arpillera, durmieron en casa de vecinos.
Amelia nació el 19 de noviembre de 1930 en Tourigo Tondela Cimbra, en el norte de Portugal. Es hija de Algina y José, quienes tuvieron tres hijas. Se crió en campos de su pequeño pueblo portugués, recolectaba el pasto para los animales. De joven conoció a su futuro esposo, Manuel, quien había nacido en 1910.
Se casaron y en la década del ’50 vinieron al valle; llegaron al país en barco y en tren a la zona. La pareja tuvo tres hijos Fátima, Juan José y Alfredo; ocho nietos y nueve bisnietos completan la historia familiar.
Su esposo había sido sorteado para el servicio militar y se salvó. Manuel viajó primero a la Argentina, conoció a un joven que trabajaba en Gral. Roca y de ese modo conoció la Patagonia. Amelia y las mujeres chacareras conformaron el Movimiento de Mujeres en Lucha para defender la productividad de sus tierras y evitar los remates, reclamaban precio justo para la fruta, el desarrollo del mercado interno, condonación de deudas a los productores.
Cuando ocurría un conflicto, estas aguerridas mujeres chacareras se apostaban en la ruta en la defensa de sus derechos. Levantó la hoy confortable casa, con su esposo; iban al río a buscar la piedra bocha para la mezcla, y también plantó su quinta. Se alumbraban con kerosene y calefaccionaban con leña.
La chacra está ubicada en la zona que comparten Neuquén y Río Negro, que desde el aire se ve como un tablero de ajedrez marcado por álamos carolino, los que en otoño sus hojas se tornan muy amarillas.
Amelia cada mañana enganchaba la rastra de discos en el tractor e iba a desmalezar los árboles frutales; cuando era más joven subía a las escaleras, trabajo que luego realizaron los peones.
Estaba muy atenta con un termómetro a las posibles heladas, para saber en qué momento empezar con las hogueras. En un material que nos suministrara su nuera Ma. Esther –quien hoy vive con ella- dice Amelia: “Éramos muchos los inmigrantes y nos conocíamos todos; las mujeres conversábamos mucho acerca de los cuidados para no tener muchos hijos”.
Los ingleses fueron los primeros en producir fruta en el valle; Manuel trabajaba con ellos de lunes a viernes. Una de las tareas que realizaba Amelia luego de su tarea en la tierra, era el tejido, nos mostraron maravillosas piezas –colchas, cortinas, carpetas- realizadas por ella como muestra de su incesante labor.
Recordaba que en Portugal preparaban el hilo para tejer, sacaban la fibra del lino, quedaba listo para ser trabajado. Tejía en su tierra a telar, a mano, crochet.
Nos mostró el huso y la rueca como testigos de su trabajo.
Recordó que, como a su esposo le gustaba leer, ella tomaba el colectivo para ir hasta el quiosco Catedral en Neuquén a comprar el diario Río Negro –recordemos que estaba ubicado en la vereda de la Catedral casi llegando a Juan B. Justo-. Y allí trabó amistad con el matrimonio de Alicia y Rodolfo Gándara, que fue quien nos contactó con esta riquísima historia.
Aprendió a coser (como dijimos, en la casa observamos su antigua máquina) con la Sra. Mary de Basso.
Amelia recibió un reconocimiento de la Dirección Nacional de Migraciones en 2008 por su valioso aporte al crecimiento del país.
Asimismo, la Estación Experimental Alto Valle, Centro Regional Patagonia Norte, le dio un diploma por su compromiso con la producción y apoyo permanente a la labor de la institución en el territorio.
Una historia de vida de inmigrantes que llegaron a estas tierras norpatagónicas a transformarla con su fecundo trabajo. Hoy mira las tierras con sus noventa y cinco años y una lúcida mente como agradeciendo a la tarea realizada.
Esta historia, como muchas otras, conforman el crisol de historias y migrantes que habitaron y habitan nuestro valle. Nuestro sencillo homenaje.

Un sendero otoñal nos condujo una tarde de abril hacia la chacra de nuestra homenajeada. Y allí nos encontramos con una persona que nos recibió con una sonrisa, con una mujer que muestra con orgullo su chacra, esa chacra que era “el desierto” cuando la vino a habitar con su esposo Manuel Gómes Da Silva en el siglo XX. Solo había un ranchito de adobe, eran todos médanos, tapados de yuyos; emparejaron el terreno, rellenaron a caballo y la chata; cortaban la piedra con delantal de arpillera, durmieron en casa de vecinos.
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