Casos que se bifurcan
Han sido contraproducentes todos los esfuerzos del gobierno nacional por amortiguar el impacto político de la muerte violenta del fiscal Alberto Nisman y la denuncia de encubrimiento contra la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el canciller Héctor Timerman y otros que, días antes, había formulado. Lejos de convencer a la ciudadanía de que el alegato del fiscal es un “mamarracho” politizado, razón por la que el juez Daniel Rafecas lo desestimó, el gobierno ha logrado brindar la impresión de que una investigación seria lo dejaría muy pero muy malparado, razón por la que trató, sin éxito, de apartar al fiscal Germán Moldes de la causa. Aún peores, si cabe, han sido los intentos de desprestigiar a Nisman a cargo del inefable jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, el que, para indignación de muchos líderes opositores, y de la exesposa del fiscal y madre de sus dos hijas, la jueza federal Sandra Arroyo Salgado, lo calificó de un “sinvergüenza que usaba dinero de la AMIA para salir con minas y pagar ñoquis”. También ha motivado estupor la torpeza realmente extraordinaria de los policías, peritos forenses y otros, muchos otros, que irrumpieron en el departamento de Nisman en las horas que siguieron a su muerte, con el presunto propósito de averiguar lo que había ocurrido. Según la fiscal Viviana Fein, “todo fue debidamente resguardado”, pero no es necesario ser un experto en procedimientos policiales para entender que, con tanta gente atiborrando un lugar cerrado, abundaban las oportunidades para frustrar la investigación. Así, pues, en los más de dos meses que han transcurrido desde que el fiscal presentó su denuncia, se han producido muchos nuevos “casos Nisman”, de los que el supuesto por la eventual voluntad de Cristina, Timerman y sujetos como el piquetero Luis D’Elía y el agitador profesional Fernando Esteche, de la banda Quebracho, de ayudar a los iraníes acusados por la Justicia argentina de ser los autores intelectuales de la voladura de la sede de la AMIA, matando a 85 personas, es solamente uno, si bien el más importante. También está el caso vinculado con la conducta, para muchos canallesca, de quienes están resueltos a ensuciar a Nisman tratándolo como un juerguista despreciable, el relacionado con la investigación nada feliz de su muerte, además de los que tienen que ver con el intento de un gobierno considerado muy corrupto que está en la etapa final de su gestión de aprovechar la oportunidad que le ha sido dada para “reformar” los servicios de inteligencia, reemplazando a los espías veteranos por militantes de La Cámpora y otras organizaciones “sociales”. Acaso sin habérselo propuesto, Nisman desató un terremoto cuyas réplicas siguen afectando a sectores cada vez más amplios de la vida nacional. Huelga decir que no se ha visto beneficiada la reputación internacional de la Argentina por lo que ha sucedido. Por el contrario, a juzgar por los comentarios que se han publicado en la prensa extranjera, en muchas partes del mundo se ha consolidado la impresión de que el gobierno irá a virtualmente cualquier extremo para impedir que un día salga la verdad, como en efecto dijo el ministro de Agricultura israelí, Yair Shamir, al afirmar que Nisman “pagó con su vida” por intentar llegar a ella. ¿Están en lo cierto quienes piensan así? Puede que no, que la confusión se deba más a la inoperancia típica de muchas reparticiones estatales y a la calidad personal de algunos funcionarios que a la eventual existencia de un Estado paralelo “mafioso”, pero así y todo el país se encuentra frente a una crisis muy grave. No sólo la ciudadanía sino también los gobiernos de los países democráticos desconfían de las instituciones nacionales, lo que, en vista del desdén manifestado por representantes del oficialismo actual por la seguridad jurídica, no puede considerarse sorprendente. Sea como fuere, está en juego mucho más que la imagen internacional del país que, como es natural, ha sido afectada de manera muy negativa por el drama luctuoso protagonizado por Nisman. La desidia, agravada por la corrupción, que según parece es la característica más notable de la mayoría de las reparticiones del Estado, perjudica enormemente a todos los habitantes del país con la excepción de una minoría sin escrúpulos que sabe aprovecharla en beneficio propio y por lo tanto no tiene interés alguno en combatirla.
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