Chile y su fortaleza ante un terremoto

Por Redacción

Los sismos que afectaron el extremo norte de Chile dejaron un saldo de siete muertes, además de unas 80 embarcaciones pesqueras destruidas, 1.600 viviendas inhabitables, dos sitios del puerto de Iquique dañados y cortes en algunas vías. Las horas de incertidumbre vividas por los habitantes de Arica e Iquique y el aislamiento sufrido por los poblados del interior también se suman a las consecuencias de lo ocurrido. La televisión dio amplia cobertura a todas estas situaciones, pero menos se ha resaltado el hecho de que, a horas de un terremoto de magnitud 8,2 acompañado de un pequeño tsunami, los sistemas eléctricos y sanitarios estuvieran recuperados en gran parte de las ciudades y las comunicaciones nunca fallaran. Antes, las medidas de evacuación habían funcionado razonablemente bien. Esta fortaleza ante un sismo de magnitud 8,2 –cuyos efectos serían devastadores en muchas partes del mundo– tiende a ser poco valorada en Chile, pero en cambio distintos medios extranjeros la han destacado; constituye un activo país que corresponde preservar. Aparte de los mejoramientos en el sistema de emergencias introducidos luego de la amarga experiencia del 27 de febrero de 2010, ha llamado la atención en el exterior el relativamente escaso daño sufrido por nuestra infraestructura y también por las viviendas. La explicación es histórica. Luego del terremoto de Chillán, en 1939, el país se dotó de una normativa antisísmica que ha sido continuamente perfeccionada; así, los chilenos nos hemos acostumbrado a que las viviendas y edificios modernos (con escasísimas excepciones) resistan los terremotos sin sufrir, en la mayoría de los casos, daños estructurales. Como quedan cada vez menos construcciones de adobe, mucho más vulnerables, la tendencia es que los fenómenos sísmicos debieran significar progresivamente menos muertes y daños personales. Hay allí un mérito de nuestra ingeniería, pero también el efecto de la frecuencia misma de los sismos. Un ingeniero o una empresa constructora nacionales tienen la certeza de que el edificio que levantan enfrentará en algún momento, probablemente no lejano, un terremoto. Esto significa que el costo para la reputación e incluso el riesgo penal de un proyecto que no cumpla los estándares es alto. Esto diferencia a Chile de países que tienen pocos terremotos o en que los sismos son localizados (como Turquía o Italia). Pese a que también allá se suelen elevar las exigencias luego de alguna experiencia traumática, la corrupción y la desidia relajan los estándares con el paso de los años. Es una de las causas por las que los terremotos provocan devastación, aunque a eso se agrega el que muchas veces se trate de sismos a menor profundidad y de mayor aceleración superficial. Un terremoto siempre tiene una secuela de daños: se deben reparar viviendas y, para las familias afectadas, el costo emocional y en calidad de vida es importante. Pero, desde el exterior, éstos son costos relativamente bajos para un sismo de la magnitud del ocurrido en el norte y produce admiración la capacidad del país para resistir a él. La vieja historia de aquel concurso entre periodistas ingleses para elegir el titular más aburrido, supuestamente ganado por el de “Terremoto en Chile: pocos muertos”, refleja una realidad que pocos países pueden exhibir. (*) Diario de Chile. Editorial

EL MERCURIO (*)


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