Choque de proteccionistas




Los esfuerzos del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner por manejar el comercio exterior, obstaculizando por diversos medios la entrada de bienes de origen foráneo a fin de defender el superávit, no están brindando los resultados esperados. En los meses últimos, se ha reducido mucho el saldo positivo al que se ha acostumbrado. De no haber aumentado los precios internacionales de los commodities, como la soja y el trigo, que exportamos, el superávit registrado sería aún más precario, porque el volumen de las exportaciones propende a disminuir. Puede entenderse, pues, el nerviosismo que se ha apoderado de los integrantes del equipo económico ante el conflicto comercial que se ha desatado con Brasil, nuestro socio principal. Saben que a menos que los brasileños acepten dejar de aplicar el sistema de licencias no automáticas para la importación de autos y autopartes fabricados en la Argentina, el sector más rentable de la industria nacional –el único que arroja un superávit en el comercio con el Brasil– se encontrará pronto en graves dificultades. Aunque los encargados de negociar un nuevo acuerdo se afirman optimistas, los empresarios automotrices mismos están preparándose para lo peor. Temen verse obligados a recortar la producción, lo que no tardaría en provocar enfrentamientos con los sindicatos. Para hacer todavía más difícil la relación con el Brasil, los problemas comerciales que afronta el gobierno de la presidenta Dilma Rousseff se parecen mucho a los que desvelan a aquel de Cristina. Aunque Brasil ha adquirido la reputación de ser una dínamo económica imparable que pronto estará en condiciones de competir con cualquier otro país, está perdiendo terreno frente a China, cuyos productos industriales conquistan partes cada vez mayores del mercado interno brasileño. Lo mismo que sus equivalentes argentinos, los empresarios brasileños quieren que el gobierno erija barreras proteccionistas para mantener a raya a los “invasores”, además de adoptar una tasa de cambio más “competitiva”, eventualidad que con toda seguridad nos plantearía un desafío muy grande ya que hasta ahora nos ha beneficiado la cotización exageradamente alta del real. A fin de apaciguarlos, Dilma y sus colaboradores están aprovechando al máximo las ambigüedades que detectan en las reglas fijadas por la Organización Mundial de Comercio, acusando a China de practicar el dumping, o sea, de vender sus productos a pérdida con el propósito ya de debilitar a rivales, ya de deshacerse de stocks que de otro modo no encontrarían compradores, además de insistir en la necesidad de ayudar pasajeramente a sectores considerados sensibles. Aunque virtualmente todos los mandatarios del mundo dicen estar a favor del libre comercio y ser contrarios, por principio, al proteccionismo, algunos están más dispuestos que otros a buscar pretextos para ayudar a los empresarios locales ahorrándoles la necesidad de competir en pie de igualdad con empresarios extranjeros en los mercados nacionales. En vista de los problemas sociales y por lo tanto políticos que surgirían tanto aquí como en Brasil si el comercio se liberara por completo, no les caben muchas alternativas a las dos presidentas, pero esto no quiere decir que el proteccionismo resulte gratuito, ya que a menos que los empresarios logren aprovechar el subsidio indirecto que les supone, se atrasarán todavía más en comparación con sus equivalentes de otras partes del mundo. Con todo, mientras que en Brasil las autoridades económicas están pensando en el mediano plazo, apostando a la estabilidad, aquí la presidenta Cristina, acompañada por el ministro de Economía, Amado Boudou, y el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, está resuelta a prolongar hasta fines de octubre el boom de consumo que está en marcha, lo que ha redundado en una demanda creciente de bienes importados. Sustituirlos por productos de calidad similar y precios accesibles fabricados en el país no está resultando ser tan fácil como les gustaría creer, realidad que brinda a los empresarios motivos para dar por descontado que el período de auge que están disfrutando tiene los días contados y que, como tantos otros que hemos experimentado, se verá seguido por uno mucho menos agradable, razón por la que no quieren invertir más de lo imprescindible en sus negocios.


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