Ciudad y Nación

Por Redacción

Si bien ya es tradicional que los líderes partidarios elijan a dedo a los integrantes de las listas electorales, de tal modo poco democrático manteniendo a raya a personas de mentalidad independiente que podrían ocasionarles problemas, ha motivado malestar la forma en que tanto la presidenta Cristina Fernández de Kirchner como el jefe del gobierno porteño Mauricio Macri han obligado a los precandidatos a rendirles examen. Luego de llegar a la conclusión de que ni Horacio Rodríguez Larreta ni Gabriela Michetti tendrían asegurado el triunfo en las elecciones municipales previstas para el próximo 10 de julio, Macri optó por abandonar sus sueños presidenciales e intentar defender su propio feudo contra los resueltos a reemplazarlo. Por su parte, Cristina permitió que el ministro de Economía, Amado Boudou; el de Trabajo, Carlos Tomada, y el senador Daniel Filmus compitieran en una interna costosa con ella misma como la única electora. El viernes pasado votó por Filmus, obligándolo a aceptar a Tomada como su compañero de fórmula por suponer que le resultaría más fácil congraciarse con los porteños habitualmente esquivos. Acaso hubiera sido mejor que Macri y Cristina se esforzaran por guardar las apariencias democráticas organizando internas menos limitadas pero, fieles a las costumbres nacionales en la materia, ambos decidieron que no les convendría perder el tiempo con ritos a su entender innecesarios. Aunque el izquierdista Pino Solanas espera terciar en la contienda, lo más probable es que los porteños se polaricen entre Macri y quien es, le guste o no le guste, el delegado del gobierno nacional. En tal caso, los votantes de un distrito que por su ingreso per cápita tiene más en común con las ciudades del sur de Europa que con el resto del país elegirán entre un intendente –lo de “jefe de gobierno” puede tomarse por una manifestación de vanidad– que siempre se ha enfrentado con el Poder Ejecutivo nacional, el que nunca ha dejado pasar una oportunidad para provocarle dificultades, y el representante de dicho Poder. Además de los factores ideológicos presuntamente en juego, con Macri sindicado como un hombre de centroderecha y Filmus un cultor de un perfil más progresista, los porteños tendrán que tomar en cuenta los costos de la confrontación permanente con el gobierno kirchnerista. Lo mismo que en muchas provincias en que el gobernador se siente constreñido a aliarse con el presidente de turno porque de lo contrario su jurisdicción no recibirá los fondos necesarios para mantener contentos a los empleados públicos y beneficiarse del “plan de obras” nacional en marcha, los porteños no podrán sino entender que para conseguir un pedazo importante de la torta disponible les sería preciso hacer gala de su lealtad hacia la jefa máxima, Cristina. Si bien en muchas ocasiones los habitantes orgullosos de “la Reina del Plata” se han negado a dejarse influir por tales consideraciones, a la luz de la experiencia de los últimos años podrían modificar su conducta. Por cierto, a esta altura comprenderán que en nuestro país se reparte el dinero de la gigantesca caja gubernamental según criterios impúdicamente políticos. Ayudará a Filmus la sensación de que Cristina ya ha ganado las elecciones de octubre y que por lo tanto a los porteños les corresponde decidir si realmente quieren sufrir al menos cuatro años más de boicot, cuando no acoso, del gobierno nacional. Aunque es notorio que quienes viven en la Capital Federal sienten escaso entusiasmo por el peronismo, a veces se han dejado llevar por “el realismo”, como sucedió cuando en 1993, para sorpresa de muchos, el riojano menemista Erman González ganó como cabeza de lista justicialista en las elecciones legislativas de aquel año. También favorece a Filmus el que en opinión de muchos la gestión de Macri dista de ser brillante, mientras que su ubicación en el mapa político podría perjudicarlo ante un electorado que, desde la muerte súbita de Néstor Kirchner, parece haberse reconciliado con Cristina. En cambio, le jugarán en contra su evidente dependencia de la presidenta y el hecho de que haya tenido que resignarse a la compañía de Tomada, un peronista vinculado con el sindicalismo más pesado, que se encargaría de asegurar que no cayera en la tentación de alejarse de la ortodoxia oficialista.


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