Civilizaciones chocadoras

Por Redacción

según lo veo

JAMES NEILSON

Cuando, hace ya más de veinte años, Samuel Huntington vaticinó que las próximas décadas se verían dominadas por lo que llamó “el choque de civilizaciones”, las buenas personas reaccionaron con indignación. Aunque todo cuanto ha sucedido a partir de entonces ha servido para confirmar la tesis del académico norteamericano de que, superado el conflicto entre la democracia capitalista y el comunismo totalitario, tomaría su lugar la lucha por imponerse entre diversas civilizaciones, las elites políticas e intelectuales de Estados Unidos y Europa aún se resisten a tomarla en serio. Quieren creer que con la desaparición milagrosamente pacífica de la Unión Soviética el mundo entró en una etapa de convergencia, de multiculturalismo signado por la tolerancia mutua y la celebración de “la diversidad” en la que “el poder blando” reemplazaría definitivamente el militar. Fue una ilusión agradable pero, mal que nos pese, la esperanza de que en adelante todos conviviéramos amistosamente en un planeta “globalizado” sólo reflejaba el punto de vista de progresistas norteamericanos y europeos que, si bien no les gustaba para nada la noción hegeliana ensayada por Francis Fukuyama según la cual la historia acababa de alcanzar su fin, creían que sus propios valores triunfarían en todas partes. Terminada o, al menos, suspendida, la confrontación ideológica entre la democracia liberal y el colectivismo marxista, no tardó en surgir la llamada “política de la identidad” al intentar los militantes de distintas minorías étnicas, sociales, sexuales y, desde luego, religiosas que viven en América del Norte y Europa obligar a los demás a hacerles concesiones. En los países desarrollados les ha resultado muy fácil conseguir todo cuanto se les ha ocurrido reclamar; en sociedades en las que afirmarse víctima de la maldad ajena es considerado propio de débiles despreciables el destino de tales minorías suele ser menos feliz. Los progresistas occidentales siguen aferrándose a la idea de que si se comportan bien todos los demás aprenderán que la tolerancia es mejor que el fanatismo y que los comprometidos con la paz terminarán derrotando a los belicistas sin verse obligados a emplear más que una pequeña fracción del poderío militar que, gracias a gente de mentalidad anticuada, sus países se las han arreglado para acumular. Minimizan la importancia de las diferencias culturales: las atribuyen ya a los estragos perpetrados por el imperialismo, ya a la pobreza que, según los más enamorados de la autocrítica, es fruto de la codicia capitalista. Tales explicaciones se basan en la convicción de que en última instancia Estados Unidos y Europa son directamente responsables no sólo de la conformación geopolítica actual del mundo sino también de todo lo que sucedió en el pasado, lo que es absurdo. A los reacios a criticar al “otro” no les es fácil decidir cómo hacer frente a la negativa tajante de los islamistas a respetar los derechos de las mujeres, los homosexuales o los disidentes religiosos. Sin proponérselo, muchos han resuelto el problema asumiendo una postura paternalista, diciéndose que sería injusto exigirles a las víctimas del imperialismo occidental ponerse a la altura de ellos mismos, los victimarios arrepentidos. Así, pues, hablar despectivamente de los homosexuales en Nueva York, Londres o París puede ser suficiente para significar el fin de una carrera promisoria, pero manifestarse perturbado por la costumbre iraní de ahorcarlos desde grúas o la de otros musulmanes de lapidarlos hasta que mueran sería islamofóbico y por lo tanto peor aún. En el mundillo progresista, muchos guerreros sexuales se solidarizan emotivamente, en nombre del anticolonialismo, con los islamistas que están masacrando a sus congéneres, mientras que feministas que estallarían de furia si un varón despistado ofreciera cederles un asiento en el subte de su país natal se afirman partidarios de la burka cuando tienen que usarla sus hermanas de Afganistán u Oriente Medio. La entronización de la tolerancia como la virtud suprema en los países más ricos y, en términos militares, más poderosos ha motivado un sinnúmero de malentendidos. Las elites políticas e intelectuales del mundo desarrollado apuestan a que los dirigentes musulmanes, chinos y otros se sentirán tan impresionados por su buena voluntad que actuarán del mismo modo. Sin embargo, lejos de querer adoptar las cada vez más permisivas normas occidentales, quienes llevan la voz cantante en otras partes del mundo están esforzándose por aprovechar una oportunidad imprevista para alcanzar sus propios fines que, huelga decirlo, a menudo son incompatibles con los preferidos por el grueso de los norteamericanos o europeos. El resurgimiento del supremacismo islámico es una consecuencia directa de lo que podría calificarse de la rendición espiritual de una civilización que ha sido fabulosamente exitosa en términos materiales pero ha perdido confianza en sus propios valores. Hasta hace aproximadamente medio siglo pareció que el islam compartiría el mismo destino que el cristianismo que, luego de más de un milenio de hegemonía no sólo intelectual sino también política en Europa, se disolvía en un mar de relativismo, reduciéndose a un asunto privado en que nadie, ni siquiera el papa, realmente crea: en caso contrario, el santo padre trataría de persuadir a sus interlocutores judíos y musulmanes de que a menos que abracen el catolicismo les aguardaría una eternidad en el infierno. Al difundirse entre los líderes religiosos musulmanes la sensación de que Occidente giraba en torno a un vacío creciente, iniciaron la contraofensiva fulminante que ha ocasionado tantas convulsiones sanguinarias en una inmensa zona que se extiende desde Nigeria hasta Filipinas. Para su asombro, la reacción de los amenazados por el resurgimiento del imperialismo islámico ha sido extraordinariamente débil. Los europeos no sólo han permitido que se instalaran grandes comunidades musulmanas en los países más prósperos, también se han manifestado más que dispuestos a modificar sus propias costumbres y leyes a fin de acomodarlas. De más está decir que los islamistas no se han sentido tentados a probar suerte con el “multiculturalismo” en los países que ellos dominan. Antes bien, se han puesto a limpiarlos de judíos, cristianos, ateos y otros infieles, una empresa purificadora en que su éxito ya ha sido notable.