Comedia de enredos
Con el propósito manifiesto de humillar a su sucesor electo, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner está procurando obligarlo a participar de una ceremonia de su propia factura, diciéndole en efecto que, si quiere recibir la banda presidencial y el bastón de mando, tendrá que ir al Congreso. Puesto que está en juego algo más que la voluntad kirchnerista de romper con las tradiciones nacionales en la materia, según las cuales el traspaso debería celebrarse en el Salón Blanco de la Casa Rosada, Mauricio Macri se ha negado a permitirse manipular por Cristina. Acaso podría intentar apaciguarla informándole que iría al Congreso con tal que su pequeña hija Antonia le diera los símbolos del poder, imitando así el papel que cumplió Florencia, la hija de Cristina, el 10 de diciembre de 2011, en reemplazo del vicepresidente “traidor” Julio Cobos. Sucede que la situación que se ha producido a raíz de la negativa de Cristina a ayudar para que la transición se concrete de manera “normal” se ha hecho tan grotesca que a esta altura virtualmente cualquier variante parece concebible. Tal y como están las cosas, lo más probable es que el presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, entregue a Macri la banda y el bastón o, en el caso de que las autoridades actuales se las arreglen para esconderlos –ya se han formulado denuncias en tal sentido–, réplicas presuntamente adecuadas, sin la presencia de Cristina, que para entonces estaría regresando a Santa Cruz. Para que se complique todavía más el tema del traspaso, los especialistas de Cambiemos dicen que la gestión de Macri empezará a la hora cero del 10 de diciembre, mientras que ciertos kirchneristas influyentes afirman que tendría que aguardar 24 horas más, aunque parecería que coinciden en que Cristina cesará en el cargo en cuanto se haya producido el juramento definitivo, o sea, es de suponer, a las 12. Todo sería más sencillo si el país contara con un protocolo para el traspaso que fuera equiparable con el estadounidense pero, puesto que no hay ninguno, al gobierno saliente le ha resultado fácil encontrar pretextos para tratar de imponer sus propias reglas con el presunto fin de anotarse un pequeño triunfo psicológico. De ser ésta la intención de Cristina y los miembros de su círculo áulico, sus esfuerzos por apoderarse de la transición han sido contraproducentes. Lo único que han logrado es llamar la atención a la resistencia desesperada de la presidenta a entender que su gestión está a punto de concluir, lo que no la ayudará a conservar “la lealtad” del grueso de los militantes peronistas. Por el contrario, el triste espectáculo que está protagonizando habrá servido para convencer a la mayoría de la necesidad de reformar las partes orgánicas del movimiento, alejándolas de una pronto a ser expresidenta que siempre ha subordinado absolutamente todo a sus intereses personales sin preocuparse por las consecuencias. Por razones comprensibles, los peronistas más lúcidos, sobre todo los aspirantes a encabezar una eventual renovación como Sergio Massa, José Manuel de la Sota y Juan Manuel Urtubey, no se proponen compartir los costos políticos que les supondrá la conducta extravagante de Cristina. Quieren que la ciudadanía entienda que el kirchnerismo fue una aberración populista que no se repetirá en el futuro. En cuanto a Macri, no lo habrán perjudicado los conflictos absurdos ocasionados por la voluntad de Cristina de manejar el traspaso, de tal modo subrayando su propio ascendiente sobre su sucesor. Antes bien, han servido para hacer más evidente el contraste entre Cambiemos, una coalición que intenta representar la racionalidad, por un lado y el kirchnerismo, un movimiento que desde el vamos se ha visto comprometido con un “relato” demagógico que es claramente irracional, por el otro. Aunque es comprensible que a la presidenta no le guste tener que abandonar el poder discrecional al cual se ha acostumbrado, en sociedades democráticas la alternancia es perfectamente normal. Por lo tanto, los mandatarios no tienen más alternativa que la de respetar la voluntad popular tal y como se manifiesta a través de las urnas pero, a juzgar por su comportamiento reciente, Cristina no cree en la democracia sino en una versión sui géneris del autoritarismo caudillista en la que le queda reservado el derecho a desempeñar el papel principal.
Con el propósito manifiesto de humillar a su sucesor electo, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner está procurando obligarlo a participar de una ceremonia de su propia factura, diciéndole en efecto que, si quiere recibir la banda presidencial y el bastón de mando, tendrá que ir al Congreso. Puesto que está en juego algo más que la voluntad kirchnerista de romper con las tradiciones nacionales en la materia, según las cuales el traspaso debería celebrarse en el Salón Blanco de la Casa Rosada, Mauricio Macri se ha negado a permitirse manipular por Cristina. Acaso podría intentar apaciguarla informándole que iría al Congreso con tal que su pequeña hija Antonia le diera los símbolos del poder, imitando así el papel que cumplió Florencia, la hija de Cristina, el 10 de diciembre de 2011, en reemplazo del vicepresidente “traidor” Julio Cobos. Sucede que la situación que se ha producido a raíz de la negativa de Cristina a ayudar para que la transición se concrete de manera “normal” se ha hecho tan grotesca que a esta altura virtualmente cualquier variante parece concebible. Tal y como están las cosas, lo más probable es que el presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, entregue a Macri la banda y el bastón o, en el caso de que las autoridades actuales se las arreglen para esconderlos –ya se han formulado denuncias en tal sentido–, réplicas presuntamente adecuadas, sin la presencia de Cristina, que para entonces estaría regresando a Santa Cruz. Para que se complique todavía más el tema del traspaso, los especialistas de Cambiemos dicen que la gestión de Macri empezará a la hora cero del 10 de diciembre, mientras que ciertos kirchneristas influyentes afirman que tendría que aguardar 24 horas más, aunque parecería que coinciden en que Cristina cesará en el cargo en cuanto se haya producido el juramento definitivo, o sea, es de suponer, a las 12. Todo sería más sencillo si el país contara con un protocolo para el traspaso que fuera equiparable con el estadounidense pero, puesto que no hay ninguno, al gobierno saliente le ha resultado fácil encontrar pretextos para tratar de imponer sus propias reglas con el presunto fin de anotarse un pequeño triunfo psicológico. De ser ésta la intención de Cristina y los miembros de su círculo áulico, sus esfuerzos por apoderarse de la transición han sido contraproducentes. Lo único que han logrado es llamar la atención a la resistencia desesperada de la presidenta a entender que su gestión está a punto de concluir, lo que no la ayudará a conservar “la lealtad” del grueso de los militantes peronistas. Por el contrario, el triste espectáculo que está protagonizando habrá servido para convencer a la mayoría de la necesidad de reformar las partes orgánicas del movimiento, alejándolas de una pronto a ser expresidenta que siempre ha subordinado absolutamente todo a sus intereses personales sin preocuparse por las consecuencias. Por razones comprensibles, los peronistas más lúcidos, sobre todo los aspirantes a encabezar una eventual renovación como Sergio Massa, José Manuel de la Sota y Juan Manuel Urtubey, no se proponen compartir los costos políticos que les supondrá la conducta extravagante de Cristina. Quieren que la ciudadanía entienda que el kirchnerismo fue una aberración populista que no se repetirá en el futuro. En cuanto a Macri, no lo habrán perjudicado los conflictos absurdos ocasionados por la voluntad de Cristina de manejar el traspaso, de tal modo subrayando su propio ascendiente sobre su sucesor. Antes bien, han servido para hacer más evidente el contraste entre Cambiemos, una coalición que intenta representar la racionalidad, por un lado y el kirchnerismo, un movimiento que desde el vamos se ha visto comprometido con un “relato” demagógico que es claramente irracional, por el otro. Aunque es comprensible que a la presidenta no le guste tener que abandonar el poder discrecional al cual se ha acostumbrado, en sociedades democráticas la alternancia es perfectamente normal. Por lo tanto, los mandatarios no tienen más alternativa que la de respetar la voluntad popular tal y como se manifiesta a través de las urnas pero, a juzgar por su comportamiento reciente, Cristina no cree en la democracia sino en una versión sui géneris del autoritarismo caudillista en la que le queda reservado el derecho a desempeñar el papel principal.
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