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Cómo nos queremos alimentar para mantenernos sanos y soberanos

La alimentación en Argentina: la culpa no es del chancho. Desde el año 2020 se viene impulsando un proyecto de producción de carne de cerdo en el norte del país. El objetivo es, además, el mercado chino.

Por Victoria Rodriguez Rey (@victoriarodriguezrey)

¿Sabemos lo que comemos cuando comemos? La cultura alimentaria que supimos construir, contiene aspectos nutricionales que, se supone, favorecen el desarrollo biológico de la población. Pero también, hay factores ambientales que condicionan las producciones y, en muchos casos, tienen detrás una relación de costo beneficio. Este último aspecto, generalmente prevalece y define cuáles son los alimentos a elegir o a evitar. Las consecuencias sobre el medio ambiente, el largo tiempo de producción o los costos de inversión, son preguntas que guían las decisiones productivas. Entonces, ¿comemos lo que comemos por libre elección o es una conveniencia para ese sector concentrado y dominante?

Desde el año 2020 se viene impulsando un proyecto de producción de carne de cerdo en el norte del país. La idea llega con un contrato implícito de exportación. Se trata de generar montañas de carne de cerdo para exportar a Oriente, a China. Sobre este acuerdo existe una cantidad de información en diversos medios de comunicación. Entre las cosas que este avanzado borrador oculta es el interés del gigante asiático por hacer de Argentina un enorme corral de carne para alimentar a una gran cantidad de población, al otro lado del meridiano, y además evitar posibles brotes de peste porcina africana en China, una enfermedad altamente contagiosa en los cerdos que no tiene cura ni vacuna. Algo así como transformarnos en el patio de atrás abandonado y contaminado.

De ser un producto de lujo para la población oriental, el cerdo se fue convirtiendo en un alimento cotidiano y masivo. La convivencia con el animal se distanció, se industrializó y la producción de cerdo se convirtió en un gran negocio. Es probable, que esta decisión de transformar la cultura alimentaria asiática esté definida por la relación de costo beneficio que favorece a este tipo de producción.

El cerdo es un magnífico proveedor de carne.

El cerdo no sirve como animal de tiro, no provee de leche ni derivados y tampoco su pelo permite usos tipo fieltro. El cerdo es un magnífico proveedor de carne. En condiciones domésticas, con sombra y agua garantizada, este omnívoro gana medio kilo de carne por cada kilo y medio de alimento que consume. Cuatro meses después de la inseminación, una hembra porcina puede parir 8 cerdos o más, que alcanzarán los 200 kilos en un período de seis meses. Un proveedor alimentario para una gran mayoría y un negocio para un pequeño sector.

El consumo de cerdo en China es tal que este país fue buscando porciones de tierra, donde pareciera que no hay nada, destinada a desarrollar mega factorías industriales porcinas. O bien, encontrar proveedores que se conviertan en usinas de carne sin detenerse en los costos ambientales, económicos o sociales que estas ostentosas producciones generan. Hace unos días, fue noticia que China ya está recuperando sus niveles productivos de cría de cerdo, previos a la crisis de la pandemia de la peste. De esta manera, ya no estaría necesitando de la producción foránea de más de 4.500 granjas que emplean a más de 3.000 personas, principalmente en la región de Aragón, en España. Productoras y productores se preguntan qué harán ahora con los chanchos que China les compraba. Con esta realidad concreta, ¿qué pasará con el proyecto en Argentina?

¿Puede un Estado desarrollar políticas productivas en base a necesidades de otros países? Estamos hablando de 900.000 toneladas de carne anual. ¿Se realizan acaso serios análisis de las consecuencias, en los pueblos, antes de la puesta en marcha de semejante industria? ¿Cuáles son los efectos ambientales, sociales y culturales que se generan? Estamos hablando del avance de producciones agroindustriales sobre la naturaleza, de contaminación de tierras y agua, de explotación, de futuras pandemias.

El cerdo gana medio kilo de carne por cada kilo y medio de alimento que consume.

Algo muy similar sucedió con la soja allá por 1996, mediante una invasiva producción del poroto transgénico y su tecnológica forma de producirlo (siembra directa + glifosato). Se trató de un monocultivo que avanzó y avanzó hasta ocupar, al día de hoy, el 60% de la tierra cultivable en nuestro país. Un negocio de millonaria rentabilidad que no se tradujo en la disminución del hambre de los sectores empobrecidos. Aquí, una relación costo beneficio que claramente perpetúa las entrañas vacías de la población más vulnerable.

Es necesario revisar de manera urgente la fórmula. ¿Cómo nos queremos alimentar para mantenernos sanos, saludables y soberanos? ¿Cómo producir alimentos cuantitativa, cualitativa y culturalmente adecuados? Y de esta manera definir qué es lo que queremos y necesitamos producir, cuál es el uso de las tierras, para qué y para quiénes queremos producir y sobre todo de qué forma hacerlo, porque la culpa no es del chancho.


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