«Con lo sucedido en Patagones se ha hecho un drama»
Autor del sabroso "No te mueras con tus muertos...", Trossero lucha contra toda conducta hipócrita que procure, entre otros objetivos, hablar de las reacciones de los jóvenes sin hablar de lo que les hicieron los adultos.
Escritor y psicólogo, René Juan Trossero a los 76 años mantiene su vitalidad para recorrer el país brindando conferencias para adultos y adolescentes sobre el amor al prójimo, las siembras de la vida y las cosechas del mañana. Su lenguaje directo apunta al corazón más que al cerebro y -con más de sesenta libros y folletos publicados- considera que su misión está cumplida si con sus escritos ha logrado salvar del suicidio por lo menos a uno de sus lectores. Traducido al alemán, al portugués y al italiano, su mensaje combate la hipocresía, los falsarios modernos y el desencanto, aunque en contacto con la realidad admite que el hombre contemporáneo ha retrocedido varios siglos, pese a la tecnología.
Trossero es autor de «No te mueras con tus muertos…», un libro que ya conoce 36 ediciones. Fue escrito en 1987, en vísperas del fallecimiento de su madre a causa de un cáncer. En Alemania, a la editorial Herde el título le pareció muy duro y lo publicó como «Stärker als traver ist die liebe», cuya traducción sería «El amor es más fuerte que la angustia».
-¿Cómo surgió «No te mueras con tus muertos», un tema tan doloroso como es la pérdida de un familiar o de un amigo?
– Se me ocurrió la idea un día, ingresando la editorial Bonum, que en esos años estaba en Maipú al 700, porque en esos momentos yo estaba atendiendo a cinco personas que elaboraban su duelo, entre ellas a una mamá que había perdido a su hija, y a una arquitecta de Santiago del Estero que había perdido a su padre. Se me ocurrió pensar que aquello que resulta útil para las personas cuando lo hablábamos en el consultorio, también resultaría útil si lo escribía. Lo que nunca imaginé fueron las alegrías que me iba a proporcionar este libro. Por ejemplo, hace unos días llegó un e-mail desde Italia de una mujer argentina que enviudó. Ella volvió a la Argentina a sepultar a su marido y alguien le regaló mi libro. Después regresó a Italia y desde allá me mandó un e-mail agradeciéndome lo útil que había sido su lectura. También he recibido agradecimientos recientes de un médico argentino radicado en Canadá, y de una mujer anciana, argentina, radicada en Asunción del Paraguay… ella y un grupo de ancianas paraguayas que viven juntas me enviaron su agradecimiento, y dijeron que me esperan de visita en Asunción junto con mi mujer ofreciéndome su casa para que me hospede. En otra ocasión, durante una charla en un colegio de monjas una mujer me abrazó llorando y me agradeció que hubiese salvado su vida. Como médico no soy, ni tampoco hago milagros a la distancia, le pedí que me explicara qué quiso decir. Entonces me contó que había perdido a su marido hacía seis meses y tenía tomada la decisión de suicidarse. Una amiga que lo sabía le regaló mi libro, y entonces esa mujer se dijo: yo no me muero con mi muerto. Sólo eso, haber salvado una vida, basta para haber escrito el libro.
-¿Entonces el libro cumplió el cometido que usted se propuso?
-Mucho más, nunca esperé tanto, no pasa una semana sin un correo electrónico de agradecimiento. Hace poco tuve una charla en la Fundación Renacer de Tucumán, estábamos en un patio de un colegio, cuando un mujer tomó el micrófono y dijo: 'doctor, yo por su libro no le puedo agradecer, porque lo empecé a leer y lo tiré'. La comprendí, porque tuve una paciente, Inés, que era una chica joven que se casó con un hombre mayor que necesitaba de diálisis, con quien tuvo una nena; a los dos años, el marido murió. Un día, en el consultorio, le regalé un libro, aclarándole que si no se sentía en el momento oportuno que no lo leyera. A la semana volvió y me comentó que lo había comenzado a leer pero lo tuvo que tirar, porque no lo pudo soportar. Esta actitud tiene una explicación psicológica muy interesante, porque la persona que se pone a leer mi libro está diciendo, con palabras o sin palabras, que está aceptando que alguien querido murió y quiere despedirse.
-El libro fue escrito un año antes de la muerte de su madre, sin saber que pronto usted debería vincular ambos episodios. Luego, ¿fue útil para asumir su propio duelo?
-«No te mueras con tus muertos» es anterior a la muerte de mi madre, es así que durante el velatorio, un cura del colegio de San Agustín donde trabajaba mi mujer, leyó parte del libro que yo terminaba de escribir.
-¿Se puede enseñar a convivir en tiempos en que la intolerancia y la violencia aparecen como el rostro no deseable de la globalización, y desde los medios de comunicación audiovisuales se alientan dudosos modelos culturales?
– Vivir para mí es educar, es enseñar a convivir amando. El analfabeto que ama a su tierra y a su gente, está educado. En cambio el genio que está inventando en estos momentos la vacuna contra la muerte pero que no ama a nadie, para mi gusto no está educado. Por otra parte, vamos a ser sinceros, es lo que le pasa al mundo en estos momentos: no hay diálogo, no hay amor, hay odio, hay secuestros, hay muertes. Convivimos como diablos y se nos hace imposible la vida.
-En un análisis crítico de la globalización, usted cuestionó las promesas de progreso indefinido y asegura que el hombre se pregunta hoy, más que en otros tiempos, para qué vive y para qué muere.
– Exactamente, por eso, al no encontrar una respuesta, cuando no encontramos el corcho para tapar el agujero correspondiente, lo tapamos con lo que podemos. Entonces, le metemos droga, dinero, placer o lo que venga. O reemplazamos un Dios por una figura mediática, reflejo de la supersticiones que se están multiplicando a través de las sectas e incluso a partir de las enseñanzas de la Iglesia Católica. Yo he me criado adentro de la Iglesia y nunca estuve de acuerdo con eso de alentar las peregrinaciones a San Cayetano, pensando que va a regalar el pan o el trigo. Por eso, en mi primer libro ya me preguntaba si la oración era una alienación o un compromiso. Si me adhiero a Dios pidiéndole que me lleve a upa y haga las cosas por mí o, por el contrario, le pido algo haciendo yo el compromiso. A Dios podemos pedirle: danos el pan de cada día y quedarnos esperando que pase el panadero y toque timbre. Pero también podemos ir al portero y preguntarle si le alcanza para comer hoy y, si no le alcanza y nos sobran algunos pesos, dárselos. ¿Me debo preocupar yo porque me alcance el pan, o voy a esperar que Dios me saque a upa como a un nene?.
-Uno de sus libros más divulgados, por su vigencia, es «Respuestas Educativas a Necesidades
Adolescentes». ¿Desde entonces cambiaron esas necesidades y los conflictos habituales entre los jóvenes?
-El libro es de hace cinco años, y me siguen llamando del Consejo Superior de Educación Católica (CONSUDEC) para que diserte sobre el tema. Lo curioso es que, cuando dejé de ser cura, junto con otros, para la autoridad eclesiástica éramos como el demonio, estábamos prohibidos para todos. Hoy rechazo llamadas de colegios de monjas o curas porque no tengo tiempo. Y el CONSUDEC todos los años me llama para dar una charla con los docentes católicos de todo el país.
-¿Cuál es la reacción de los jóvenes ante su punto de vista?
-El adolescente que tenemos hoy no vino de Marte, es el adolescente que hicimos los adultos. Cuando les hablo a los de cuarto y quinto año, antes de comenzar les pido perdón y ellos me miran como diciendo: el viejo está pasado de ginebra. Yo les aclaro inmediatamente por qué les pido perdón. Por qué soy miembro de la sociedad adulta y aunque no me dediqué al tráfico de drogas ni a la venta de bebés ni tampoco robé, no puedo lavarme las manos, pues no vine de Júpiter y soy parte activa y pasiva de una sociedad de adultos que les deja a esos jóvenes este modo de convivencia. Y también les pregunto a cada uno: ¿vos inventaste la droga, vos inventaste la cerveza y el alcohol o el boliche bailable? ¿vos inventaste la propaganda estúpida de la televisión que promueve la violencia descaradamente y el sexo fácil para que las chicas queden embarazadas a los doce años?. No, eso lo promovimos nosotros los adultos para vendérselo a ustedes, para hacer nuestro negocio y después nos quejamos de que ustedes son una porquería. Esa es mi respuesta. Este no es un discurso para decirles a los jóvenes que vivan como vivan, es para decirles que se defiendan y dejen de ser víctimas de lo que los adultos les hemos hecho.
-A partir de esa experiencia con los jóvenes, ¿cuál es su lectura de la violencia escolar y del reciente episodio ocurrido en Carmen de Patagones?
-¿Por qué hacemos de esto, que es una excepción, un drama espectacular? Se trata de un problema de un muchacho que comete una locura. Si queremos hablar de la violencia que hay, no sólo en un colegio sino en todo el mundo, me parece idiota hablar sólo de la violencia escolar. Que ese chico de Carmen de Patagones u otro puede hacer eso, por contagio, de tomar una pistola, son casos excepcionales. Yo no me hago problema por eso, a mí me duele la situación de los padres que perdieron a sus hijos. Hablé a la editorial para que le mandaran a esos padres mi libro, con otro más pequeño, que es un folleto, titulado «Carta a un hijo que murió».
-La violencia no parece retroceder. ¿Cómo interpreta esa crisis?
-Cuando me hablan de crisis educacional, familiar, económica o política, respondo que dejemos de decir idioteces. Porque todos somos víctimas de una sola crisis, de la crisis humana. Pues la política es la conducta de personas humanas que usan el poder para robar y jorobar a la gente. Y la crisis familiar es un problema de varones y mujeres que nos ponemos a compartir la vida sin haber entendido qué es el amor, compartiendo el sexo mientras dura la calentura y después se tira todo por la borda. El problema es que nosotros vivimos mal, y confieso que muchas veces tengo una gran sensación de desaliento por temor de que esto termine mal, cuando veo cómo va el hombre.
– ¿Esa sensación es también de desencanto en el ser humano?
– No diría de desesperanza, pues sigo esperando, pero para mi gusto el hombre está en retroceso, pues hoy estamos peor que los caníbales. Ellos se mataban para comerse, hoy a alguien lo pueden matar para robarle la bicicleta o las zapatillas. Y es mucho peor.
-¿No es un análisis contradictorio con el contenido del libro?
-Yo no me siento en contradicción, pues tengo razones sobradas para temer que el hombre termine en el fracaso, pero también tengo razones sobradas para esperar que el hombre salga a flote.
Alberto Ferrari