Con Trump, mejor prudencia





Mauricio Macri ya había anticipado, durante la reunión anual de la Clinton Global Initiative, su apoyo personal a Hillary Clinton en la carrera presidencial estadounidense. Resultó, en un punto, comprensible: su anfitrión, Bill, le había dado un lugar muy importante junto al primer ministro italiano, Matteo Renzi, una vidriera codiciada en su cruzada por captar la atención de los grandes inversores.

Además, su referencia, comenzó casi en clave de broma. “Mi mujer, Juliana Awada, lo espera como primer caballero en la reunión del Grupo de los 20 en Buenos Aires”, que se realizará en el 2018, le dijo al expresidente. “Yo creo en que hay que crear redes y no levantar paredes”, agregó, más solemne.

Lo que fue una definición al paso, en el marco de una gira que dejó aristas bastante más preocupantes que esa, tomó cuerpo pocos días atrás cuando la canciller, Susana Malcorra, decidió explayarse sobre el asunto. “La visión de Hillary Clinton es más cercana” a la del gobierno argentino, dijo la funcionaria en declaraciones radiales. “Es evidente que la visión macro que tiene Trump es muy de cerrarse, muy hacia adentro. Es distinta a la de nuestro gobierno. Es muy riesgoso un proceso de cierre y de xenofobia”, agregó.

Sin embargo, aclaró que “lo que decidan los norteamericanos será algo con lo cual el mundo tendrá que vivir, incluyendo la Argentina. Tendremos que trabajar con quien sea que ellos decidan”. Menos mal.

¿Es prudente que un gobierno se expida de ese modo sobre los asuntos internos de otro país? ¿Lo es, especialmente, cuando están en juego asimetrías de tamaño y poderío como los de la Argentina y los Estados Unidos? Por otra parte, si no se da la lógica y Trump se impone el 8 de noviembre, ¿cómo se recompone el lazo con un jefe de Estado al que se tildó prácticamente de xenófobo? Siempre es un peligro que los dirigentes se comporten como comentaristas.

Acaso no haya que ser tan severo, en un sentido, las mencionadas manifestaciones son comunes a varios gobiernos del mundo, especialmente en Europa. Pero en el caso de esos Estados hay motivos más que suficientes para “hacer campaña” contra Trump.

Este se ha quejado de los gastos en los que incurre Estados Unidos en la guerra contra el Estado Islámico en Siria e Irak y prometió que les pasará la factura a sus socios de la OTAN.

Además, se declara un aliado de Vladimir Putin, uno de los mayores dolores de cabeza de Occidente.

Apoyó activamente el “brexit”, esto es la salida del Reino Unido de la Unión Europea, que dejó debilitado a ese bloque.

Elogia, en la misma línea, a Marine Le Pen y a todas las figuras extremistas y antieuropeas que se le cruzan.

Fustiga a Alemania y al resto de los socios comunitarios por su inclinación (a veces más nominal que concreta, por otra parte) a recibir refugiados de Medio Oriente.

Así las cosas, les sobran a esos gobiernos los motivos para hacerle cuanta zancadilla esté a su alcance en la carrera a la Casa Blanca.

Para América Latina, en tanto, también hay incentivos, como las declaraciones despectivas del millonario contra los inmigrantes en general y contra los mexicanos en particular. Pero, acaso, más prudente sería limitarse a rechazar esas declaraciones sin llegar a quemar las naves. Hillary es favorita pero el juego dista de estar definido allí.

La diplomacia no es ni tiene porqué ser un ejercicio de la verdad.

Más prudente sería limitarse a rechazar esas declaraciones sin llegar a quemar las naves. Hillary es favorita pero el juego dista de estar definido.

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Más prudente sería limitarse a rechazar esas declaraciones sin llegar a quemar las naves. Hillary es favorita pero el juego dista de estar definido.

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