Análisis | Confusión en un momento de incertidumbre y angustia

La muerte del nene en Plottier dejó en evidencia que no alcanzan las advertencias sobre el peligro del consumo de dióxido de cloro. La periodista científica Valeria Román nos da las claves para entender qué debemos hacer como comunidad.

Por Valeria Román*

La pandemia por el nuevo coronavirus ha sacado a la luz la limitada atención que aún se le brinda a la evidencia que aportan las ciencias para tomar decisiones que pueden afectar la salud y la vida. Desde febrero, se ha difundido el uso de productos que no han demostrado evidencia de que pueden ser eficaces para prevenir la enfermedad COVID-19 ni tratarla. Por el contrario, su consumo puede ser tóxico y producir daño. Los han promovido comunicadores e incluso profesionales de la salud con matrícula.

El dióxido de cloro se encuentra en ese grupo de productos que puede dañar a la salud, y que estaría asociado a la muerte del nene de 5 años de Plottier, en Neuquén, y a la de un hombre de 50 años en San Pedro, en Jujuy.

Antes de la pandemia, ya el dióxido de cloro y derivados fue parte de otras movidas que lo promocionaban como “suplemento mineral milagroso” para “curar” trastornos como autismo, la diabetes, el acné, el paludismo o malaria, el VIH y el cáncer. En 2016, la autoridad regulatoria de medicamentos ANMAT había advertido sobre el riesgo de su consumo, y el 4 de agosto pasado lo volvió a hacer. En este caso, para decir que el dióxido de cloro no cuenta con estudios que demuestren su eficacia para COVID-19. También emitió su advertencia la Organización Panamericana de la Salud (OPS) porque el mismo producto también se difunde en otros países de América Latina y el Caribe. Se alertó que el consumo puede causar irritación de la boca, el esófago y el estómago, con un cuadro digestivo irritativo severo, náuseas, vómitos y diarreas. Además, puede causar graves trastornos hematológicos, cardiovasculares y renales.

Lo llamativo es que las advertencias no alcanzan. Algunas personas terminan por creerle a gente que habla sin evidencia científica, como es el caso de la conductora de televisión, Viviana Canosa, quien tomó dióxido de cloro frente a la cámara, o el caso de legisladores de Bolivia que también lo impulsan como “tratamiento”. Esas voces lamentablemente ganan espacio en la agenda pública, erosionan las medidas sanitarias que sí funcionan (como el distanciamiento de dos metros, el uso del barbijo, el lavado frecuente de manos, y el aislamiento masivo) y ponen en jaque el derecho humano a la buena información, la salud y a la ciencia. Suman confusión en un momento de incertidumbre y angustia.

La clave para no caer en ofertas pseudocientíficas y perjudiciales podría estar en una mejor comprensión sobre cómo se sabe si un producto es eficaz y seguro, y en el empoderamiento de la comunidad para que pueda discernir y evitar caer en trampas de publicidades y personajes engañosos.

* Periodista científica


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