Convivir con la pobreza

Por Redacción

De todos los centenares de discursos que ha pronunciado en los años últimos la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el más polémico ha resultado ser el que dio en Roma ante representantes de la FAO en el que les aseguró que en la Argentina el índice de pobreza está por debajo del 5%. Aunque funcionarios como el jefe de Gabinete Aníbal Fernández, según el cual hay más pobres en Alemania que en nuestro país, han salido en defensa de la afirmación de la presidenta, el consenso es que subestimó groseramente la magnitud del problema. Mientras tanto, diversas organizaciones están difundiendo sus propios números que, huelga decirlo, no guardan relación con los oficiales, ya que oscilan entre el 25 y el 30%. No se trata de una novedad. Desde hace décadas sabemos que una proporción sustancial de la población del país vive en la pobreza. Sería lógico, pues, que los preocupados por el fracaso político y social así supuesto se esforzaran por entender las razones por las que ha sido tan escaso el impacto de los planes o programas que se han ensayado en un esfuerzo por remediar dicha situación, pero parecería que la mayoría de los políticos, economistas, sociólogos y comentaristas está más interesada en “denunciarla”, para entonces atribuirla al gobierno de turno, a otros anteriores o a abstracciones como “la corrupción”, “el populismo” o el “neoliberalismo”, cuando no del “capitalismo”. Gracias a la intervención poco feliz de Cristina, en la actualidad el debate gira en torno a la diferencia entre las estadísticas confeccionadas por el Indec por un lado y las suministradas por organismos no estatales por el otro, lo que sería útil si fuera cuestión de un imprevisto fenómeno reciente. Sin embargo, por tratarse de un grave problema estructural, no sirve para mucho concentrarse en averiguar si afecta “sólo” al 25% y no, como algunos aseveran, al “27,5%” de los habitantes del país. De estar en lo cierto Cristina, se trataría de un problema residual que podría no tener solución porque en todas las sociedades hay una minoría de personas que, por distintas razones, son incapaces de valerse por sí mismas, pero sucede que, a excepción de un puñado de oficialistas, todos entienden muy bien que aproximadamente diez millones de habitantes del país se ven en efecto excluidos de la parte productiva de la economía. Incluirlos no será fácil en absoluto, sobre todo en una época como la actual en que las exigencias laborales están haciéndose cada vez más rigurosas. Aunque esquemas asistenciales son claramente necesarios, acarrean la desventaja de que suelen consolidar la “cultura de la pobreza”. También pueden resultar tan costosos que terminen rebelándose muchos contribuyentes que distan de ser ricos, como aquellos que, con el apoyo de muchos dirigentes sindicales y políticos, están protestando contra el impuesto a Ganancias. Estamos tan acostumbrados a la presencia de millones de pobres que para sobrevivir dependen de la ayuda ajena que muchos, en especial los que hablan en nombre de confesiones religiosas como la Iglesia Católica, se sirven de ellos para llamar la atención a sus propios sentimientos solidarios y compararlos, a veces explícitamente, con los atribuidos a quienes no comparten sus opiniones. Acaso sería mejor concentrarse en las razones por las que la Argentina se ha diferenciado tanto de los países que a través de los años sí han logrado reducir la pobreza a niveles similares al 5% arriesgado por Cristina cuando recibió, en nombre de los gobiernos de los 25 años últimos, un premio otorgado por la FAO por su presunto éxito en la lucha contra la malnutrición. Aunque “la cuestión social” ya motivaba angustia en el siglo XIX, fue a mediados del siglo pasado que el rumbo emprendido por el grueso de la clase política nacional se divergió radicalmente del elegido por el Japón y los países más progresistas de Europa. Puesto que después de tanto tiempo las actitudes así reflejadas se han arraigado en la cultura política nacional, modificarlas para que la Argentina pueda enfrentar el problema gravísimo planteado por las dimensiones alcanzadas por la pobreza estructural requeriría mucho más que algunos retoques. Hasta que la mayoría se convenza de dicha realidad, la pobreza seguirá motivando más indignación que cambios positivos.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Miércoles 17 de junio de 2015


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