Crece el número de empresas que se dedican a la biotecnología en el país
Se ha registrado un marcado crecimiento en ventas y exportaciones, con significativos aportes en la agricultura, la alimentación y la salud humana.
En la biotecnología se aplican criterios multidisciplinarios que involucran la biología, la bioquímica, la medicina, la genética, la virología, la agronomía, la ingeniería, la física, la química y la veterinaria. Entre sus aplicaciones figuran la atención de la salud, la agricultura, con cultivos y alimentos mejorados; los usos no alimentarios de los cultivos (plásticos biodegradables, aceites vegetales y biocombustibles) y los cuidados ambientales (mediante la biorremediación, como el reciclaje, el tratamiento de residuos y la limpieza de sitios contaminados por industrias).
Después de que el ser humano elaborara durante muchísimos años alimentos fermentados (panes, yogures, vinos y cervezas, entre otros), probablemente el primero que usó la expresión “biotecnología” fue el ingeniero húngaro Károly Ereki, en 1919, en su libro “Biotecnología en la producción cárnica y láctea de una gran explotación agropecuaria”.
La Argentina es uno de los países con mayor desarrollo biotecnológico de América Latina y logró un crecimiento en ventas y exportaciones, con medicamentos y otros insumos para el cuidado de la salud humana, semillas y micropropagación, sanidad y manejo ganadero y reproducción humana asistida.
Los principales destinos en el exterior, de acuerdo con las últimas estadísticas disponibles, fueron Alemania (43%), Francia (10,8%), Brasil (10,6%), Dinamarca y Australia, entre otros.
Habría aquí unas 120 empresas dedicadas a la biotecnología –ocho grandes, 43 pequeñas y medianas (pymes) y 49 microempresas–, con desempeños relativos similares a los de otras economías intermedias. De las de capital privado local, la mayoría recibió apoyo crediticio del Fondo Tecnológico Nacional (Fontar). El país alcanzó, en el 2011, la mayor proporción en América Latina de empresas por cada millón de habitantes: 2,99, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe.
Aquellas 120 facturaron entonces poco más de 3.140 millones de pesos y exportaron un cuarto de lo producido –unos 260 millones de dólares anuales–. Ocupaban a 3.000 personas y 1.350 investigadores y académicos especializados en ciencias biológicas.
La actividad se destacó por su inversión y desarrollo, que en promedio superó el 5% de las ventas. El gasto privado total alcanzó los 150 millones de pesos anuales.
Las grandes firmas se dedicaban más a semillas, insumos industriales y salud animal, en tanto las pymes incursionaban mayoritariamente en semillas, inoculantes, salud humana y animal, micropropagación y ciertos insumos industriales.
La responsabilidad del país como proveedor de alimentos, frente a los problemas de seguridad de los mismos y la importancia de la biotecnología, fue subrayada por la Dirección de Biotecnología del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación (MAGP) en diciembre último. Un nuevo marco regulatorio se conoció el 21 de marzo, para mejorar el anterior y crear más bioseguridad e inocuidad, a partir de lo expuesto por la mencionada dirección, el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria y la Comisión Nacional Asesora de Biotecnología Agropecuaria. El agregado de valor y la búsqueda permanente de tecnologías perfeccionó las herramientas legales. Algunos ecologistas pronosticaron que la homogeneización a gran escala con cultivos transgénicos agravaría los problemas asociados con el monocultivo, expansión que no sería prudente ni deseable.
Jorge Lapolla, ingeniero agrónomo, genetista y exdocente de la Universidad de Buenos Aires, opinaba años atrás que “la expansión aparentemente incontrolable del monocultivo de soja transgénica forrajera es un grave problema que afecta nuestra economía”. Incluso señaló que “ningún cultivo que necesite más de una labor –la mayoría–, incluidos algunos estratégicos como el maíz, el algodón, el arroz o el girasol, pueden competir con la soja RR”. Hasta pronosticó que semejante “sojización” desencadenaría catástrofes ambientales, sociales e incluso económicas si por algún motivo los principales clientes –China y la Unión Europea (UE)– interrumpieran su adquisición.
El Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria alertó, a su vez, acerca del “desordenado proceso de desarrollo de la agricultura” y la falta de “señales de mercado asociadas con las dimensiones social y medioambiental, generalmente ignoradas en el proceso decisorio”. Llegó a insistirse en que “la transgenia afectará de alguna manera la síntesis y química de las proteínas de los materiales genéticamente modificados y la salud de los consumidores, principalmente por las afecciones provocadas por la química de las proteínas: cáncer, alergias, enfermedades autoinmunes y otros efectos”.
Lapolla relacionó las consecuencias sociales con el sistema tecnológico, que tuvo como resultado “una fuerte concentración de la tierra, gran disminución del número de producciones agrarias, sobre todo de las pymes; un aumento desmedido del desempleo rural, una mayor precarización laboral entre los trabajadores y un incremento de la miseria y de la marginalidad social aun en las pequeñas ciudades rurales”.
La biotecnología irrumpió en la industria al utilizar agentes y procesos biológicos aplicados a medicamentos la biorremediación de residuos y la bioenergía o la creación de especies vegetales y animales transgénicos, entre otros. Últimamente, la mayor demanda proviene de las áreas de salud, alimentos, energía y medioambiente. El conjunto heterogéneo abarca desde biofármacos contra el cáncer, vacunas para combatir la aftosa, secuencia masiva del ADN con finalidad diagnóstica, clonación animal, alimentos transgénicos, producción de carne in vitro, bioetanol, biobutanol, biodiésel y biocombustibles transgénicos hasta biofábricas transgénicas o producciones con residuos cero.
El Centro de Biotecnología Industrial (CBI) del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) facilita los desarrollos de bioprocesos a las empresas y el Estado. Además:
• Actúa como un grupo de transferencia de tecnología en el país y/o en el exterior para promover desarrollos productivos novedosos a partir de las demandas.
• Establece puentes entre investigadores, tecnólogos, empresarios, funcionarios y financistas.
• Se vincula con los grupos de mayor capacidad tecnológica para los proyectos a realizar.
• Determina y organiza a los diferentes actores y procesos para el laboratorio de base, los cultivos celulares (bacterias, levaduras, células vegetales, etcétera), la biocatálisis enzimática o celular y la conservación y los diseños de productos.
• Articula con los otros centros del INTI que asisten a sectores fabriles de todo el país para incorporarlos a sus respectivas cadenas productivas.
• Forma recursos humanos y difunde la biotecnología mediante seminarios y cursos.
• Colabora en los aspectos promocionales, regulatorios, de patentes y derechos de propiedad.
Ante la falta de tecnólogos (“bioingenieros”), hace unos años el CBI comenzó a dictar, con la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires, un curso de formación en biotecnología industrial.
“En la producción de semillas transgénicas, la Argentina está entre los países de avanzada en los desarrollos y lanzamientos comerciales, particularmente en los cultivos de soja, maíz y algodón”, subrayó Alberto Díaz, director del CBI. Agregó, asimismo, que empresas con capacidades sustantivas elaboran reactivos y medicamentos, como Bio Sidus, que avanzó en la clonación de vacunos a partir de células genéticamente modificadas para facilitar en la leche la elaboración de hormonas para el crecimiento humano. Por un proceso similar se obtuvieron vacas lecheras que aportan insulina humana. El INTI cuenta con una planta de bioprocesos para trabajar con un amplio rango de microorganismos y aplicaciones, que van de la industria farmacéutica a la de cuidado del medio ambiente y de inoculantes biológicos a materiales biodegradables.
A instancias del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva (Mincyt), en diciembre del 2011 inició sus actividades la Cámara Argentina de Biotecnología (CAB), con el propósito de contribuir a una política público-privada y la evolución sectorial. Allí se nuclearon firmas farmacéuticas, alimenticias, agropecuarias, forestales y de biocombustibles; de la sanidad animal y vegetal y de los diagnósticos. Como el país tiene ventajas comparativas por sus recursos naturales, humanos y científicos, la CAB busca potenciarlas a nivel regional. Entre los desafíos para los emprendedores se encuentra el de conseguir recur-sos.
La Convención Internacional de Biotecnología de Chicago (Estados Unidos, BIO 2013) reunió en abril a 15.300 representantes de 65 países. En el pabellón del Mincyt y el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto se exhibieron investigaciones de los participantes argentinos y establecieron contactos y posibles colaboraciones con los principales actores mundiales. En la oportunidad Lino Barañao, titular del Mincyt, disertó allí sobre el impacto de las políticas gubernamentales y de financiamiento en la creación de oportunidades de negocios en la Argentina, que fue “reconocida –dijo– como el único país latinoamericano que une investigación de alto nivel con industria competitiva”.
Ya en el 2011 Ocupaban a 3.000 personas y tenían 1.350 investigadores y académicos especializados
Miguel Ángel Fuks – miguelangelfuks@yahoo.com.ar
En la biotecnología se aplican criterios multidisciplinarios que involucran la biología, la bioquímica, la medicina, la genética, la virología, la agronomía, la ingeniería, la física, la química y la veterinaria. Entre sus aplicaciones figuran la atención de la salud, la agricultura, con cultivos y alimentos mejorados; los usos no alimentarios de los cultivos (plásticos biodegradables, aceites vegetales y biocombustibles) y los cuidados ambientales (mediante la biorremediación, como el reciclaje, el tratamiento de residuos y la limpieza de sitios contaminados por industrias).
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