Crecimiento sin empleos

Redacción

Por Redacción

Tanto en la Argentina como en los demás países suele darse por descontado que el crecimiento económico lleva indefectiblemente a la creación de una multitud de empleos bien remunerados. De ser así, la recuperación de la economía norteamericana luego de la pronunciada caída que siguió a la debacle financiera de la segunda mitad del 2008 ya hubiera reducido mucho la tasa de desocupación pero, para frustración del presidente Barack Obama y angustia de millones de familias, hasta ahora el impacto ha sido escaso. Si bien en junio pasado el índice de desempleo estadounidense bajó del 9,7% de mayo al 9,5%, se atribuye la reducción estadística al achicamiento del mercado laboral, porque en el lapso de un mes “se destruyeron” 125.000 empleos debido a la terminación de muchos puestos temporales en el sector público. Según Obama, tendrán que pasar “años” antes de que reaparezcan los empleos que se perdieron a raíz de la crisis, pero puede que haya pecado de optimista, ya que una consecuencia del progreso incesante de la tecnología ha sido la destrucción de una cantidad enorme de los empleos rutinarios o relativamente sencillos que en los países más avanzados han podido desempeñar personas sin valiosos conocimientos especializados o talentos excepcionales, de ahí la consolidación de una clase media amplia y próspera en América del Norte, Europa occidental y Japón. Pues bien: hay motivos para temer que la clase media del “Primer Mundo” esté por compartir el destino de su equivalente argentino. En todos los países ricos el aumento del número de “nuevos pobres” que, después de haberse acostumbrado a un estándar de vida cómodo, se han encontrado repentinamente sin recursos, está causando preocupación. En Europa, la presencia de un Estado de bienestar generoso ha atenuado los problemas provocados por la pérdida masiva de los puestos de trabajo que son propios de la clase media moderna, pero últimamente todos los gobiernos han llegado a la conclusión de que no tienen otra alternativa que la de “ajustar”, o sea, recortar beneficios. Aun cuando las medidas anunciadas sirvan para restaurar la salud financiera de los países europeos, los costos sociales, y por lo tanto políticos, de la eliminación de subsidios y puestos burocráticos superfluos que en realidad no aportan nada útil al conjunto serán con toda seguridad abultados. Parecería que se ha hecho insostenible lo que casi todos tomaban por el modelo socioeconómico que, andando el tiempo, sería adoptado por todos los países del mundo. En los últimos años los dirigentes políticos de los países desarrollados han coincidido en que, para conservar el estilo de vida al que tantos se han habituado a tal punto que lo creen “normal”, será necesario mejorar sustancialmente el nivel educativo del grueso de la población, razón por la que se han creado centenares de universidades nuevas, pero los resultados concretos de tales esfuerzos han sido decepcionantes. Mal que les pese a los igualitarios convencidos de que en el fondo es una cuestión de oportunidades, una proporción muy alta de los estudiantes no está en condiciones de dominar las materias que, en teoría por lo menos, garantizarían un puesto de trabajo digno en “la economía de conocimiento” que está configurándose. En Europa, América del Norte y Japón se ha reproducido un fenómeno que nos es familiar, el de una multitud de graduados universitarios que se ven constreñidos a conformarse con empleos que consideran muy por debajo de aspiraciones que, cuando aún estudiaban, les parecían razonables. Asimismo, en todas partes está ensanchándose la brecha entre los ingresos de una minoría pequeña cuyos integrantes cuentan con conocimientos, aptitudes o, en muchos casos, recursos materiales que pueden aprovechar y una mayoría creciente que por los motivos que fueren no logra emularlos. Los ejemplos más notorios de lo que está ocurriendo son los brindados por banqueros y ejecutivos jerárquicos de grandes empresas que ganan montos cien veces o más mayores que los percibidos por los empleados comunes, pero distan de ser los únicos. También en deporte y entretenimiento un puñado de “estrellas” puede enriquecerse de la noche a la mañana mientras que para quienes trabajan a su lado es difícil llegar al fin del mes.


Tanto en la Argentina como en los demás países suele darse por descontado que el crecimiento económico lleva indefectiblemente a la creación de una multitud de empleos bien remunerados. De ser así, la recuperación de la economía norteamericana luego de la pronunciada caída que siguió a la debacle financiera de la segunda mitad del 2008 ya hubiera reducido mucho la tasa de desocupación pero, para frustración del presidente Barack Obama y angustia de millones de familias, hasta ahora el impacto ha sido escaso. Si bien en junio pasado el índice de desempleo estadounidense bajó del 9,7% de mayo al 9,5%, se atribuye la reducción estadística al achicamiento del mercado laboral, porque en el lapso de un mes “se destruyeron” 125.000 empleos debido a la terminación de muchos puestos temporales en el sector público. Según Obama, tendrán que pasar “años” antes de que reaparezcan los empleos que se perdieron a raíz de la crisis, pero puede que haya pecado de optimista, ya que una consecuencia del progreso incesante de la tecnología ha sido la destrucción de una cantidad enorme de los empleos rutinarios o relativamente sencillos que en los países más avanzados han podido desempeñar personas sin valiosos conocimientos especializados o talentos excepcionales, de ahí la consolidación de una clase media amplia y próspera en América del Norte, Europa occidental y Japón. Pues bien: hay motivos para temer que la clase media del “Primer Mundo” esté por compartir el destino de su equivalente argentino. En todos los países ricos el aumento del número de “nuevos pobres” que, después de haberse acostumbrado a un estándar de vida cómodo, se han encontrado repentinamente sin recursos, está causando preocupación. En Europa, la presencia de un Estado de bienestar generoso ha atenuado los problemas provocados por la pérdida masiva de los puestos de trabajo que son propios de la clase media moderna, pero últimamente todos los gobiernos han llegado a la conclusión de que no tienen otra alternativa que la de “ajustar”, o sea, recortar beneficios. Aun cuando las medidas anunciadas sirvan para restaurar la salud financiera de los países europeos, los costos sociales, y por lo tanto políticos, de la eliminación de subsidios y puestos burocráticos superfluos que en realidad no aportan nada útil al conjunto serán con toda seguridad abultados. Parecería que se ha hecho insostenible lo que casi todos tomaban por el modelo socioeconómico que, andando el tiempo, sería adoptado por todos los países del mundo. En los últimos años los dirigentes políticos de los países desarrollados han coincidido en que, para conservar el estilo de vida al que tantos se han habituado a tal punto que lo creen “normal”, será necesario mejorar sustancialmente el nivel educativo del grueso de la población, razón por la que se han creado centenares de universidades nuevas, pero los resultados concretos de tales esfuerzos han sido decepcionantes. Mal que les pese a los igualitarios convencidos de que en el fondo es una cuestión de oportunidades, una proporción muy alta de los estudiantes no está en condiciones de dominar las materias que, en teoría por lo menos, garantizarían un puesto de trabajo digno en “la economía de conocimiento” que está configurándose. En Europa, América del Norte y Japón se ha reproducido un fenómeno que nos es familiar, el de una multitud de graduados universitarios que se ven constreñidos a conformarse con empleos que consideran muy por debajo de aspiraciones que, cuando aún estudiaban, les parecían razonables. Asimismo, en todas partes está ensanchándose la brecha entre los ingresos de una minoría pequeña cuyos integrantes cuentan con conocimientos, aptitudes o, en muchos casos, recursos materiales que pueden aprovechar y una mayoría creciente que por los motivos que fueren no logra emularlos. Los ejemplos más notorios de lo que está ocurriendo son los brindados por banqueros y ejecutivos jerárquicos de grandes empresas que ganan montos cien veces o más mayores que los percibidos por los empleados comunes, pero distan de ser los únicos. También en deporte y entretenimiento un puñado de “estrellas” puede enriquecerse de la noche a la mañana mientras que para quienes trabajan a su lado es difícil llegar al fin del mes.

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