Crimen de Zapala: una historia de violencia y perversión

Fernando y Matías Jara apuñalaron a su padre en plena calle. Ellos, sus hermanos y su madre eran víctimas de la violencia extrema que el hombre ejerció durante años.



Matías Jara, a la izquierda, durante una de las audiencias en Zapala. (Archivo)

Matías Jara, a la izquierda, durante una de las audiencias en Zapala. (Archivo)

Orlando Fermín Jara (55) e Hilda Acuña (51) llegaron a Zapala hace 20 años. Él, oriundo de Barda Negra y ella, del Paraje Los Chacai, en el norte neuquino; decidieron dejar la ciudad de Neuquén, lugar en el que nacieron su tres hijos varones: Fernando (27), Diego (25) y Matías (21), para instalarse en Zapala con la ilusión de encontrar la felicidad que tanto buscaban. Aquí nació Giuliana (18), la más chica de una familia que lejos estuvo de ese final soñado.

“Yo no pensaba que esto podía terminar así. Sé que se fue de las manos y es algo muy triste. Termino perdiendo a mi papá y a mis dos hermanos, me queda mi hermanita y mi mamá. Me caen un montón de responsabilidades encima”. Así, con lágrimas en los ojos y temor por lo que se viene, Diego Jara intentó explicar la explosión de furia extrema en la que desembocó una historia sórdida de violencia familiar acumulada durante años.

“Siempre fuimos muy unidos, era una linda familia pero los vicios que agarró mi papá hicieron decaer mucho a la familia”, afirmó Diego.

Los Jara vivieron siempre en el Barrio Zona 2, un lugar con casas humildes, calles de tierra y mucha gente de trabajo.

Ahí se ganaron el cariño de los vecinos, muchos de los cuales les daban refugio cuando Orlando se enojaba y quería golpearlos.

“Una vez Diego me contó que el padre le estaba pegando a la madre y que cuando él le pidió que no le pegue más, el padre lo obligó a que él le pegue a su mamá. ‘Si vos le pegas yo dejo de pegarle’, le dijo”, relató Franco Figueroa, amigo y vecino de la familia.

Una muestra de la perversidad de la que era capaz el hombre que fue asesinado por sus hijos.

Al parecer la violencia era cosa de todos los días, en algunos casos verbal, en su gran mayoría física. Hilda lo denunció dos veces, en 2015 por sus adicciones y 2018 por maltrato y violencia.

La primera vez, Orlando se comprometió a hacer un tratamiento en el hospital que pronto abandonó; la segunda ella retiró la denuncia de la Oficina de Violencia Familiar, probablemente amenazada.

Golpes, empujones. Una escopeta apuntando a la cabeza de uno de los chicos. Hilda tirada en el suelo, rociada con combustible y amenazada con un fósforo.

Orlando tenía muchas formas de atacar a su familia, puertas adentro de la casa ubicada en la calle Sarquís y Río Negro.

Casi todo el barrio sabía lo que pasaba, y también los demás familiares.

“Mi hermano un día me comentó que iba a matar a su familia y que luego se iba a matar él”, relató Belarmino Jara, hermano de Orlando y tío de Fernando y Matías. “Más de una vez me lo llevé al campo a trabajar para evitar lo que quería hacer. Se quedaba conmigo cuatro meses pero después se volvía. Yo lo venía a buscar pero él se volvía a ir”, agregó.

Respecto a quienes asesinaron a su hermano dijo que “yo perdono a mis sobrinos. Con ellos no tengo bronca, y si puedo darles una mano se las voy a dar”.

Cuesta encontrar en el barrio algún testimonio en contra de los hijos de Orlando e Hilda. Según dicen los vecinos y en el ambiente del deporte, se trata de jóvenes que siempre lucharon por salir adelante de la mano del trabajo y alejados del alcohol y las drogas.

Fernando fue soldado voluntario, participó de una misión humanitaria del Ejército en Haití y junto con Matías practicaban deportes callejeros (Packur y Slackline).

Matías estaba cerca de ingresar a la Policía y aspiraba a transformarse en colega de su otro hermano, Diego. En cuanto a Giuliana, está por terminar la secundaria.

“Son excelentes chicos, trabajadores y luchadores. Jamás los vi llegar borrachos o drogados y gracias al esfuerzo de ellos es que hoy tienen esta casita. Antes vivían en una casilla”, explicó José Painetruz, un hombre de pocas palabras que vive a pocos metros de la casa de los Jara.

Fuentes judiciales confirmaron que los jóvenes no tienen antecedentes delictivos, ni por adicciones.

¿Qué pasó entonces el domingo a la madrugada? Al parecer se hartaron de la violencia del padre, que llegó alrededor de las 4 a la casa, cuando la madre y los jóvenes dormían, e inició una discusión porque no encontró una comida que había dejado en la heladera.

Hilda denunció que estaba armado. Un vecino llamó a la policía, que se presentó en la vivienda y encontró a Orlando en la calle.

Ya eran alrededor de las 6 de la mañana, y al parecer el hombre estaba golpeado.

Hilda dice que les pidió, “les rogó, incluso llorando, que se lo llevaran”, y que los policías “le dijeron que fuera a hacer la denuncia” y se retiraron.

La mujer está segura de que si le hubieran hecho caso, todo lo que pasó después se habría evitado.

Jara amenazó con matar a sus hijos. Ellos salieron, se gritaron, lo golpearon, lo mataron, le seccionaron la cabeza. Todo el horror salió a la luz.

Sergio Arregui. Especial para RÍO NEGRO

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