Cristina se juega
Puesto que, al confirmar formalmente desde la Casa Rosada, a través de la cadena nacional de radio y televisión –detalle que motivó los reparos de ciertos juristas–, que buscaría la reelección, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner nos dijo que “yo siempre supe lo que tenía que hacer y lo que debía hacer”, parecería que demoró tanto en comprometerse por suponer que mantener a los demás pendientes del anuncio durante tanto tiempo la ayudaría a ganar los votos que necesitará para no tener que enfrentar una segunda vuelta en la que el triunfo no le estaría asegurado. Hasta ahora, la maniobra parece haber funcionado muy bien, pero acaso no le convino a Cristina permitir que se difundieran tantas dudas en cuanto a su estabilidad emocional y su voluntad de continuar. Por cierto, los candidatos opositores no la perdonarán por lo que Elisa Carrió tomó por un intento –en su caso particular, exitoso– de engañarla “con su dolor y sus lágrimas permanentes”. Es de prever, pues, que en los meses próximos la campaña electoral se haga llamativamente brutal y que los rivales de Cristina dirijan sus ataques no sólo contra la política del gobierno que encabeza sino también contra su persona, lo que sería lógico ya que nadie ignora que su popularidad aumentó de golpe a causa de la muerte súbita de su marido. Huelga decir que el país merece algo mejor que una batalla campal por la imagen pública de la presidenta, con sus simpatizantes exaltando sus presuntos méritos y los militantes opositores procurando denigrarla. En las elecciones que se celebrarán en octubre, la ciudadanía tendrá que decidir si quiere que siga una gestión que a juicio de muchos ha sido sumamente decepcionante, ya que en los años últimos se han multiplicado las denuncias de corrupción, la calidad de la educación pública no ha dejado de deteriorarse, el Indec se ha visto transformado en una repartición propagandística en la que ni siquiera confían los sindicalistas aliados del gobierno, los organismos de control han sido desvirtuados, la inflación ha cobrado fuerza, se ha agravado la crisis energética y todo hace pensar que el “modelo” se agotará muy pronto al distanciarse el gasto público de los recursos financieros disponibles. Por lo demás, el país sigue aislado de los mercados de capitales. Se trata de temas que son mucho más importantes que los vinculados con la simpatía que uno podría sentir por una presidenta recién enviudada, pero es probable que su incidencia en la campaña sea menor, puesto que el oficialismo parece estar decidido a limitar el debate electoral al intercambio de consignas, cuando no de insultos. De todos modos, mientras Cristina fingió deshojar la margarita, se hizo penosamente evidente que el movimiento gobernante no contaba con ninguna alternativa a la reelección, que desde el punto de vista de los estrategas del Frente para la Victoria oficialista se trataba de optar entre Cristina y la nada, de ahí los vaticinios de quienes creen que, si triunfa, se pondrá enseguida a impulsar una reforma constitucional destinada a permitirle permanecer varios períodos más en la Casa Rosada. La precariedad institucional así supuesta es peligrosa. Un “modelo”, para no decir un orden político, que depende tanto de una sola persona, una que, para más señas, tiene problemas de salud, podría derrumbarse en cualquier momento. No extraña, pues, que los inversores tanto nacionales como internacionales, además de los empresarios, sean tan reacios a arriesgarse. Pueden aprovechar al máximo las oportunidades para lucrar, pero puesto que pocos están dispuestos a pensar en el largo plazo, la economía continuará siendo rehén de los precios de los commodities agrícolas, empezando con la soja, que está en condiciones de exportar en abundancia. Aunque, gracias en buena medida al aporte del campo, el país ha disfrutado de años de crecimiento macroeconómico vigoroso, el esquema resultante no ha favorecido a las empresas pequeñas y medianas que en las sociedades desarrolladas crean condiciones que permiten que la mayoría perciba ingresos que son mucho más altos que los habituales aquí. Por desgracia, el “modelo” supuestamente popular sólo ha impulsado una mayor concentración de la riqueza, mitigada hasta cierto punto por la expansión de las redes clientelares.
Puesto que, al confirmar formalmente desde la Casa Rosada, a través de la cadena nacional de radio y televisión –detalle que motivó los reparos de ciertos juristas–, que buscaría la reelección, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner nos dijo que “yo siempre supe lo que tenía que hacer y lo que debía hacer”, parecería que demoró tanto en comprometerse por suponer que mantener a los demás pendientes del anuncio durante tanto tiempo la ayudaría a ganar los votos que necesitará para no tener que enfrentar una segunda vuelta en la que el triunfo no le estaría asegurado. Hasta ahora, la maniobra parece haber funcionado muy bien, pero acaso no le convino a Cristina permitir que se difundieran tantas dudas en cuanto a su estabilidad emocional y su voluntad de continuar. Por cierto, los candidatos opositores no la perdonarán por lo que Elisa Carrió tomó por un intento –en su caso particular, exitoso– de engañarla “con su dolor y sus lágrimas permanentes”. Es de prever, pues, que en los meses próximos la campaña electoral se haga llamativamente brutal y que los rivales de Cristina dirijan sus ataques no sólo contra la política del gobierno que encabeza sino también contra su persona, lo que sería lógico ya que nadie ignora que su popularidad aumentó de golpe a causa de la muerte súbita de su marido. Huelga decir que el país merece algo mejor que una batalla campal por la imagen pública de la presidenta, con sus simpatizantes exaltando sus presuntos méritos y los militantes opositores procurando denigrarla. En las elecciones que se celebrarán en octubre, la ciudadanía tendrá que decidir si quiere que siga una gestión que a juicio de muchos ha sido sumamente decepcionante, ya que en los años últimos se han multiplicado las denuncias de corrupción, la calidad de la educación pública no ha dejado de deteriorarse, el Indec se ha visto transformado en una repartición propagandística en la que ni siquiera confían los sindicalistas aliados del gobierno, los organismos de control han sido desvirtuados, la inflación ha cobrado fuerza, se ha agravado la crisis energética y todo hace pensar que el “modelo” se agotará muy pronto al distanciarse el gasto público de los recursos financieros disponibles. Por lo demás, el país sigue aislado de los mercados de capitales. Se trata de temas que son mucho más importantes que los vinculados con la simpatía que uno podría sentir por una presidenta recién enviudada, pero es probable que su incidencia en la campaña sea menor, puesto que el oficialismo parece estar decidido a limitar el debate electoral al intercambio de consignas, cuando no de insultos. De todos modos, mientras Cristina fingió deshojar la margarita, se hizo penosamente evidente que el movimiento gobernante no contaba con ninguna alternativa a la reelección, que desde el punto de vista de los estrategas del Frente para la Victoria oficialista se trataba de optar entre Cristina y la nada, de ahí los vaticinios de quienes creen que, si triunfa, se pondrá enseguida a impulsar una reforma constitucional destinada a permitirle permanecer varios períodos más en la Casa Rosada. La precariedad institucional así supuesta es peligrosa. Un “modelo”, para no decir un orden político, que depende tanto de una sola persona, una que, para más señas, tiene problemas de salud, podría derrumbarse en cualquier momento. No extraña, pues, que los inversores tanto nacionales como internacionales, además de los empresarios, sean tan reacios a arriesgarse. Pueden aprovechar al máximo las oportunidades para lucrar, pero puesto que pocos están dispuestos a pensar en el largo plazo, la economía continuará siendo rehén de los precios de los commodities agrícolas, empezando con la soja, que está en condiciones de exportar en abundancia. Aunque, gracias en buena medida al aporte del campo, el país ha disfrutado de años de crecimiento macroeconómico vigoroso, el esquema resultante no ha favorecido a las empresas pequeñas y medianas que en las sociedades desarrolladas crean condiciones que permiten que la mayoría perciba ingresos que son mucho más altos que los habituales aquí. Por desgracia, el “modelo” supuestamente popular sólo ha impulsado una mayor concentración de la riqueza, mitigada hasta cierto punto por la expansión de las redes clientelares.
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