Cristina y los rumores

Por Redacción

Si bien casi todos los interesados en las vicisitudes de la política nacional siempre han dado por descontado que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner buscaría la reelección, se ha demorado tanto el anuncio formal en tal sentido que era inevitable que incluso sus simpatizantes más fervorosos comenzarían a pensar en razones por las que podría preferir no hacerlo a pesar de que todas las encuestas de opinión le hayan previsto un triunfo rotundo, acaso en la primera vuelta. No les ha sido difícil encontrarlas. Además de los conocidos problemas de salud que ya han motivado la cancelación de viajes al exterior y que la obligarían a descansar más, tal vez mucho más, en el futuro, se ha hablado de presiones familiares, del impacto emotivo que le ha supuesto el escándalo de corrupción sumamente desagradable en el que está involucrado un sector de las Madres de Plaza de Mayo y de la conciencia de que le aguardaría la tarea ingrata de tratar de impedir que terminara desbocándose la inflación, la que conforme a todos salvo los que confían en las estadísticas confeccionadas por el Indec, ya ha alcanzado un ritmo alarmante. Asimismo, como la política experimentada que es, Cristina sabrá que no bien comenzara lo que presuntamente sería su cuatrienio final en el poder, se iniciaría la lucha, absurdamente prematura, por la sucesión: fue en parte por esta razón que, en el 2007, el entonces presidente Néstor Kirchner optó por dejarla ser la candidata oficialista. También entenderá la presidenta que demasiados miembros de su equipo no están a la altura de sus responsabilidades y que por lo tanto en cualquier momento podrían ocasionarle fuertes dolores de cabeza. Dicho de otro modo, sería perfectamente comprensible que la presidenta decidiera dar por finalizada su gestión cuando aún disfruta de un nivel de popularidad. De ser cuestión de una estrategia electoral destinada a recordarle a la ciudadanía que no hay ninguna alternativa viable a la prolongación del período en el poder de Cristina, ha sido innegablemente exitosa; tanto los opositores como los deseosos de encontrar un lugar en las listas oficialistas, están pendientes de la decisión de la presidenta desde hace meses. En el corto plazo, pues, las dudas que se han estimulado han beneficiado al gobierno, pero a la larga no podrán sino resultarle negativas. Tal vez sin proponérselo, los responsables del “relato” oficialista se las han arreglado para que la protagonista, Cristina, se haya ubicado en el papel de una mandataria que, de no sentirse irreemplazable, estaría más que dispuesta a ceder su lugar a otro. Pues bien: la semana pasada, rumores en cuanto a su eventual negativa a postularse de Cristina proliferaron hasta tal punto que, según algunos, incidieron en la evolución de la bolsa porteña, donde las acciones subieron al difundirse la supuesta noticia de que el candidato oficial sería el gobernador bonaerense Daniel Scioli, un político que a juicio de los empresarios es casi un “neoliberal”. Puede que dichos rumores y el razonamiento de quienes suponen que a la presidenta le convendría poner fin a su gestión en diciembre próximo se hayan basado en nada más que las esperanzas de adversarios del gobierno que se sienten preocupados por la posibilidad de que los kirchneristas quisieran “profundizar el modelo”, pero aun así no carecerían de significado. Bien que mal, el clima que se ha creado en torno a los eventuales planes de la presidenta influirá en el futuro del kirchnerismo. Casi todos ya sospechan que en el fondo Cristina no quiere seguir en el poder, pero que así y todo se resignará a cumplir a regañadientes lo que cree es su deber. Aunque el que sus partidarios, cuyo propio destino inmediato depende de aquel de la presidenta, comprendan que sin su presencia el movimiento que lidera se desintegraría muy pronto, le permite gobernar con un grado excepcional de autoridad, también brinda una impresión de precariedad que dista de ser positiva para el país. Por lo tanto, mientras Cristina esté en la Casa Rosada, pocos días transcurrirán sin que surjan motivos para que los demás se sientan alarmados por su salud o por su estado de ánimo, lo que virtualmente garantizaría que el clima político del país siguiera dominado por la incertidumbre de la que los rumores recientes fueron síntomas.


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