Cuando la política empobrece
Si, como muchos suponen, los ingresos de los trabajadores dependieran de la voluntad de los dirigentes políticos de luchar contra el capitalismo liberal, los argentinos estarían entre los mejor pagados del mundo entero, mientras que sus equivalentes en Suiza, Estados Unidos y otros países vivirían en la miseria más absoluta. Pero, felizmente para los trabajadores del mundo desarrollado, hay una relación inversa entre la combatividad de sus presuntos defensores por un lado y su propio bienestar por el otro. Las sociedades de cultura política populista en las que los gobiernos suelen afirmarse resueltos a proteger al pueblo contra la brutalidad neoliberal suelen ser muy pobres y terriblemente desiguales, mientras que las dominadas por “derechistas” acusados de estar más interesados en el clima de negocios que en hacer gala de su solidaridad con los rezagados no sólo son más prósperas sino también más igualitarias. Que éste sea el caso no es una paradoja. Como se dieron cuenta los comunistas chinos, cuando de crear riqueza se trata, no hay nada más eficiente que el capitalismo liberal que, en un lapso muy breve, ha sacado a más de 1.000 millones de personas de la pobreza extrema. En todas partes, los únicos beneficiados por los intentos de reemplazar a los empresarios por burócratas al servicio de ideólogos militantes han sido los políticos responsables y sus allegados. He aquí una razón por la que tantos siguen pasando por alto más de un siglo de experiencia propia y ajena para procurar, una y otra vez, instalar “modelos” que nunca podrán funcionar; otra razón es que muchos toman en serio su propia retórica y sinceramente creen que todos los fracasos anteriores se han debido a la maldad sin límites de aquellos “poderes concentrados” que, según parece, se especializan en frustrar los esfuerzos de los paladines de la causa nacional y popular. Una consecuencia perversa de la depauperación de la Argentina, un país supuestamente “condenado al éxito” merced a su extraordinaria riqueza natural, ha sido el desprestigio del empresariado. Mientras que en América del Norte, Europa occidental, el Japón y Corea del Sur la mayoría entiende muy bien que el nivel de vida de virtualmente todos depende de las hazañas de los empresarios y que por lo tanto convendría estimularlos o, por lo menos, no obstaculizarlos, aquí se aferra a la noción de que en última instancia lo que más importa es el sentir popular del gobierno de turno. Lo comprenden muy bien no sólo los kirchneristas sino también muchos otros de ideas que, en el fondo, son parecidas, razón por la cual medidas que, andando el tiempo, tendrían un impacto decididamente negativo, como la toma bajo pretextos nacionalistas de las acciones de Repsol en YPF, disfrutaron del apoyo decidido de la clase política y, desde luego, de la opinión pública. Aunque con cierta frecuencia el grueso de la ciudadanía coincide en que “los políticos” no están a la altura de sus pretensiones, el fastidio motivado por su supuesta ineptitud nunca ha redundado en una decisión colectiva de permitir que el sector privado opere con mayor libertad. Las privatizaciones de los años noventa del siglo pasado fueron una reacción frente al desempeño catastrófico de los viejos monopolios estatales, no una consecuencia de la convicción de que las empresas privadas suelen ser mucho más eficaces que las públicas y por lo tanto el poder político debería limitarse a asegurar que respeten ciertas reglas, tarea ésta que no logró cumplir, con el resultado de que el estatismo no tardaría en regresar con aun más fuerza que antes. ¿Será diferente luego del fracaso dolorosamente evidente del “modelo” estatista kirchnerista? Es permisible dudarlo, pero una cosa es cierta: a menos que por fin la Argentina tenga un sector privado tan dinámico e innovador como los de América del Norte, Asia oriental y las partes más prósperas de Europa, seguirá siendo un país muy pobre cuya evolución económica dependerá por completo de las vicisitudes de los commodities que, gracias más a la naturaleza que al talento e iniciativa de sus habitantes, esté en condiciones de producir. Puesto que todo hace prever que en los años próximos los precios de la soja y el petróleo o gas de Vaca Muerta sean inferiores a los vigentes hasta hace muy poco, las perspectivas así planteadas distan de ser brillantes.
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