“Cuba y la democracia”

Redacción

Por Redacción

Luis Alberto Romero

El historiador Luis Alberto Romero sostuvo que “pocos son los que han hecho el difícil trabajo, emocional e intelectual, de tomar distancia del ideal juvenil y mirar el régimen cubano como lo que es, a la luz de los valores que hoy decimos asumir: una dictadura, y de las más duras. Es hora de hacerlo, por los cubanos y por nosotros”. En su análisis destacó: • La revolución ha sido la más poderosa utopía del siglo XX. La pasión revolucionaria enlaza a Francia en 1789, Rusia en 1917, China en 1949 y Cuba en 1959: momentos de encarnación del ideal, de aceleración de la historia y de contundente avance hacia su final feliz. Son revoluciones que rompen el ritmo regular de las cosas, imponen la voluntad del hombre sobre la mediocridad y la necesidad y construyen el hombre nuevo. Se necesita un gran despliegue de razón para negarse al llamado de ese sueño. • Deben distinguirse dos cuestiones distintas, la revolución y el régimen que nace de ella, que debe seguir llamándose revolucionario para legitimarse en aquélla. Pues la revolución es un mito eterno, pero sus construcciones entran en el plano de lo humano. Quienes la viven perciben pronto la diferencia entre la utopía y su realización. • Como la Unión Soviética antes, Cuba fue a la vez una utopía y un estado. Tempranamente la institucionalización de la revolución y la consolidación de un régimen de modelo soviético sembraron dudas entre las izquierdas democráticas y reformistas. • Para quienes lo miran de lejos, es más fácil conservar la solidaridad con el ideal e ignorar los aspectos cuestionables de sus prácticas. La ilusión es un velo enormemente eficaz. • El historiador liberal francés François Furet hizo su análisis en los intelectuales comunistas o simplemente antifascistas de los años 30 y 40, que mantuvieron su solidaridad con el “faro del socialismo” y a la vez defendieron la democracia occidental y que condenaron las atrocidades de Hitler pero ignoraron las de Stalin. • La nueva valoración general de los derechos humanos –que tuvo en la Argentina una de sus expresiones más importantes– llevó a una condena generalizada de la violencia. El mito revolucionario y sus regímenes se midieron con un rasero diferente. ¿Había entonces llegado la hora de mirar a Cuba con el parámetro de los derechos humanos? Salvo excepciones, eso no ocurrió. • Los intelectuales progresistas y democráticos no glorifican el régimen cubano pero lo excusan, como se excusó la guillotina jacobina con el “complot aristocrático”: el bloqueo norteamericano, las dificultades de la construcción del socialismo, la amenaza de alternativas peores… No lo defienden, pero tampoco lo critican en público. • En Buenos Aires, ya antes de que el chavismo y el kirchnerismo resucitaran los ideales setentistas, poca gente quería discutir públicamente la cuestión. Era tan peligroso y ominoso como discutir las intimidades de los padres. No se trataba de cuidar los fundamentos de sus creencias presentes, sino de algo más inefable: la propia historia, la identidad, la necesidad de demostrarse y de demostrar que, pese a todo, seguía vivo aquel joven idealista.


Luis Alberto Romero

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora