Cuesta abajo

Por Redacción

Son muchas las universidades, fundaciones, consultoras y otras organizaciones que en años recientes se han dedicado a comparar el desempeño relativo de los países que conforman la comunidad internacional, midiendo, en cuanto sea posible, no sólo los ingresos de sus habitantes sino también la competitividad, productividad, eficiencia burocrática, seguridad jurídica, corrupción y el nivel educativo alcanzado por distintos sectores. Por desgracia, la Argentina ha seguido perdiendo terreno según virtualmente todas las mediciones, tanto las difundidas por instituciones vinculadas con entidades consideradas progresistas como las producidas por otras conservadoras. De acuerdo común, en el transcurso de la “década ganada” por los kirchneristas el país se ha hecho mucho menos competitivo y llamativamente más corrupto de lo que había sido antes, mientras que, a diferencia de lo que ha sucedido en otros países latinoamericanos, el sistema educativo ha seguido deteriorándose. De continuar el proceso degenerativo, la Argentina no tardará en ocupar un lugar en los rankings internacionales por debajo de sus vecinos más atrasados. Frente al retroceso ya rutinario de nuestro país a juicio de quienes lo comparan con otros, voceros gubernamentales y “militantes” oficialistas se han acostumbrado a descalificar a las organizaciones responsables, acusándolas de inspirarse en ideologías que supuestamente nos son ajenas. Así, pues, atribuyen lo que dicen estudiosos norteamericanos, europeos o chinos acerca de las deficiencias del sistema educativo nacional a una presunta obsesión con los resultados académicos y la negativa consiguiente a valorar debidamente “la solidaridad” que, parecen creer, docentes de principios nacionales y populares están inculcando en los alumnos. Cuando es cuestión de temas como la competitividad, dan a entender que todos los problemas fueron provocados por “el neoliberalismo” que imputan al gobierno del presidente Carlos Menem, como si los esquemas improvisados sobre la marcha por aquel mandatario peronista se asemejaran a los vigentes en el mundo desarrollado, algo que, por desgracia, dista de ser el caso. Sería poco realista achacar al gobierno kirchnerista o incluso al peronismo la responsabilidad exclusiva por la decadencia catastrófica que a través de los años se ha visto reflejada en una multitud de informes atiborrados de estadísticas, ya que, pensándolo bien, tanto el “proyecto” reivindicado por el gobierno actual como el movimiento político del que es una manifestación son síntomas de un mal que es mucho más profundo. El que una proporción significante de la ciudadanía haya expresado una y otra vez su confianza en las recetas populistas y penosamente facilistas ofrecidas por distintas variantes del peronismo y, en ocasiones, por las facciones coyunturalmente dominantes de la UCR hace sospechar que la cultura política nacional es en cierto modo incompatible con el desarrollo económico sustentable y el progreso social. Ha contribuido a la debacle la propensión de demasiados políticos a dejar casi todo en manos de los más populares de turno, apoyándolos con entusiasmo hasta que, por enésima vez, estalle una crisis caótica, cuando la mayoría les dé la espalda, criticándolos con virulencia por haberla decepcionado. Por falta de instituciones fuertes y de organismos estatales equiparables con los existentes en países mejor organizados, aquí es “normal” que el poder se vea excesivamente concentrado. Se trata de una tendencia que, a partir del golpe civil de fines del 2001, se intensificaría hasta tal punto que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner podría actuar como una especie de dictadora plebiscitada, rodeándose de incondicionales más interesados en congraciarse con ella que en ayudarla a gobernar con un mínimo de eficacia. Culparla por haber aprovechado la voluntad del grueso del oficialismo de cohonestar sus caprichos no serviría para nada, pero puesto que tantos se han acostumbrado a buscar las causas del fracaso más reciente en las particularidades de una sola persona o, a lo sumo, de una camarilla determinada, sorprendería que los dirigentes políticos y quienes, directa o indirectamente, los asesoran aprendieran mucho de lo sucedido en el país a partir del inicio de la década K.


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