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Daiana Chaia comparte su alegría de ser cocinera en Los Menucos



Daiana Chaia (30) es una agradecida de la vida. Cada hecho de su vida que protagoniza y que las cosas salen bien siente que debe detenerse, mirar hacia atrás en su historia familiar y bendecir la cosecha que la beneficia.

Fresca, chispeante. Ultra fanática de su tierra, la región sur rionegrina, donde ella siente que todavía está todo por hacerse. Y que la tiene a ella como una más de las que rema para salir adelante.

Es cocinera y tiene su propio restaurante en Los Menucos. ¿Cómo es ejercer la gastronomía en estos lares? Intentado superar algunos prejuicios podría pensarse que si la cosa está fea en todas partes por la actual crisis económica, más difícil debe ser en lugares distantes de los grandes centros de consumo y movida gastronómica.

En la carta de su restaurante pueden encontrarse platos que van desde los pescados a la vasca a un baklava, con un café bien cargadito. Es así que entre aromas que se desprenden de su cocina comienza la charla con Daia.

¿Cómo converge lo vasco y lo libanés de tus orígenes en la cocina que hacés?

Por el lado vasco trabajo con pescados, salsas y tortillas. Por el lado libanés trabajo con varios condimentos, carnes ovinas y dulces. Postres tradicionales, por supuesto.

Me aportan mucho las recetas heredadas, a las que le doy la personalidad justa. Siempre trato de alternar sabores y texturas.

Tu restaurante acá en Los Menucos funciona en la casa que era de tu abuela… una construcción de más de 100 años. ¿Cómo incide tu historia, tu infancia y tus recuerdos en tu oficio?

El proyecto del restaurante nace hace unos siete años atrás. Surge en el momento en que decido volver a Los Menucos a vivir en la casa de mi abuela, que estaba muy deteriorada por el paso de lo años.

Desde ese momento mi marido y yo comenzamos a trabajar en ella. De a poco y con mucho sacrificio la fuimos refaccionando.

Hasta que llegó el 13 de enero del 2018, día en que mi gran sueño se hizo realidad: “Salsa Rosa” pudo abrir sus puertas.

Desde esa fecha mi vida cambió por completo y ahora podemos ver los frutos de tanto trabajo y sacrificio. Es así que pude entender esa letra de la canción de Cerati que dice “tarda en llegar pero hay recompensa”. Todo ha superado mis expectativas, hasta ahora.

Daiana está casada con Raúl Huenun. Ambos son padres de Sebastián y Francisco.

¿De dónde viene ese gusto tuyo por la cocina?

Toda mi infancia y mi adolescencia estuvo relacionada con la gastronomía por parte de mis abuelas y mi madre. Soy tercera generación de cocineras vascas. Gracias a Dios mis padres me apoyaron siempre y me dieron la oportunidad de poder estudiar y capacitarme en esta profesión.

Emprendí vuelo cuando tenía 17 años y vivíamos en El Bolsón. A esa edad decido irme a Bariloche para estudiar gastronomía. Termino mis estudios en el 2008 con el título de Técnica en Hotelería y Gastronomía.

Luego empecé a trabajar en diferentes restaurantes y eventos. Es así como fui alimentando mi trayectoria.

Creo que la vida me tenía un destino y un camino preparado para mi. Así fue cuando decido formar mi familia y volver a mi querida región sur . En Los Menucos pasé gran parte de mi infancia, como así también en Maquinchao. Estos eran dos lugares donde venía a visitar a mis abuelas en vacaciones de invierno y verano. En esas estadías por acá me encantaba tomar el té a las 5 con pasteles realizados por ellas. Tengo la imagen de un hogar calentito que me daba refugio. Esa sensación la tengo hasta el día de hoy.

Siempre estuve rodeada de historias maravillosas, como las que me contaba y protagonizaba mi tía Eusebia, que era como mi abuela. Era tía de mi madre y hermana de mi abuela Magdalena. Ella me enseñó a hacer mi primera torta de manteca. Me hacía batir y batir hasta que mi bracitos no daban más. (Ríe)

De mi abuela Rosa tengo miles de recuerdos. Siempre tenía una cocina a leña encendida y un brasero en el comedor para que estuviéramos calentitas, siempre. Nos hacía chupetines de caramelo en la mesada de mármol y mirábamos películas. Era muy cómplice con todos sus nietos.

Cuanta nostalgia, ¿no? Tantas historias que me han quedado grabadas. Todo esto me envolvió y me trajo a mi Menucos querido. ¿Se entiende? En el restaurante tengo la cocina a leña de mi abuela Rosa que está a la vista de todos. También están los platos que traía de sus viajes, ahí colgados en las paredes.

¿Cuánta más hay que remar por acá en Los Menucos estando al frente de un restaurante?

Tenemos días buenos y otros no tanto. Trabajamos mucho con gente de paso porque estamos situados a la vera de la ruta 23. También tenemos clientes de la localidad y de pueblos cercanos. Recién ahora nuestros vecinos de acá se están acostumbrando a salir. Incluso muchos llaman solo para avisarme que vienen a comerse un postre. Y eso está bueno.

Acabás de recibir un premio en Viedma por una intervención tuya utilizando frutos secos. ¿Cómo fue tu decisión de participar?

En febrero de este año quedé seleccionada para representar la región sur, todo un orgullo y un honor para mi, en una movida que armó la Fundación de Cocina Patagónica, que tiene a Francisco Ventura como líder. Por ello tuve mi primer encuentro en Las Grutas, donde participé en la elaboración de una paella gigante de la mano de excelentes colegas como Federico Domínguez Fontán, Lalo Marchesi, Leo Perazzoli, Juan Salorza, Dennise Pacheco, Rodrigo Córdoba y Martín Pereyra, entre otros. Fue una experiencia fabulosa en todos los sentidos.

Luego, en mayo quedé convocada para participar en la Sexta Fiesta de los Frutos Secos para dar una clase magistral. En esa ocasión elaboré una cazuela de cordero con pan Viedma y chicharrones a la mazala.

Después volví a mi pueblo recargada con esta experiencia, nunca esperando nada a cambio. Pero ni bien pasaron unos días recibí un certificado del ministerio de Turismo, Cultura y Deportes de Río Negro donde se deja constancia que mi plato fue “el mejor plato regional” de esa fiesta. Te imaginarás que solo tengo palabras de agradecimiento para todas las personas que apuestan a esta locura tan linda. Es que la cocina me parece que es eso, una aventura. Como la vida misma. En estoy estoy, acá en Los Menucos.


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