David Grossman y la mejor manera de interpelar a la muerte
La experiencia de la muerte, y en particular la vivencia de la pérdida de un hijo, asoman en los dos últimos libros del escritor israelí David Grossman -“La vida entera” y el flamante “Más allá del tiempo”- como una bitácora desgarrada que intenta aproximar el lenguaje a la trama siempre inasible del dolor. Grossman está considerado el autor más importante de la literatura israelí contemporánea, con obras traducidas a veintiséis idiomas como “Llévame contigo” y “La sonrisa del cordero”. Como una porcelana que al golpearse pierde su dote inmaculada, el narrador intenta reunir a través de la escritura los añicos de un mundo que se ha roto en pedazos: su hijo Uri murió en 2006 por un misil en la guerra del Líbano y desde entonces todo ha sido un intento por interpelar a la muerte y revalidar el sentido de la existencia frente a los vacíos que produce la ausencia. El autor de “Tú serás mi cuchillo” y “La muerte como forma de vida” destacó en entrevista con Télam que tanto “La vida entera” como su obra más reciente, “Más allá del tiempo” -que lanza este mes en la Argentina el sello Lumen- componen un esfuerzo por no convertirse “en una víctima pasiva frente a la fuerza terrible de la muerte, ya que la única libertad que uno tiene es la libertad de narrar una tragedia con palabras propias”. -Se enteró de la muerte de su hijo mientras estaba terminando de escribir “La vida entera”, que sigue el trayecto de una madre cuyo hijo también estaba enrolado en el ejército. ¿La decisión de que la novela tenga un final abierto tiene que ver con la idea de preservar la autonomía de la literatura y no convertirla en un correlato literal de la realidad? -Me era importante ser fiel a la idea de la historia antes que nada. En general, el final de mis libros es abierto. Me gusta que sea así para que la historia siga trabajando en la conciencia del lector y que sea él quién decide cuál va a ser el final. Cuando me dieron la noticia de la muerte de mi hijo, llevaba dos años y medio escribiendo y se alargó un año más. El día después de la semana de luto volví a mi estudio y empecé a escribir. De repente, me detuve y me dije: “¿Está loco? ¿Luchando con una metáfora mientras tu mundo se ha colapsado?”. Sin embargo, cuando encontré la palabra exacta tuve la sensación de hacer algo correcto en un mundo totalmente incorrecto. -¿Cómo se puede resignificar a partir de la literatura el trauma de la muerte de un hijo, una experiencia tan dolorosa que a priori aparece como inasible por el lenguaje? – Cuando murió mi hijo recibí cartas de condolencias de muchos escritores en el mundo y casi todos ponían que no encontraban palabras para acercarse a lo que estaba viviendo. Pensé entonces que si tampoco encontraba palabras me iba a volver loco. Es obvio que las palabras no pueden revertir la situación, pero sí pueden cambiar mi posición frente a la muerte. Yo me dije a mí mismo: “Si me mandaron al mundo este decreto terrible por lo menos voy a tratar de hacer un mapa exacto de ese país que constituye la muerte”. Todos sabemos que la muerte es irreversible, pero yo sentí que podía encontrar matices diferentes en mi relación con ella. Escribir no es solamente una forma de entender mi vida, sino también una forma de ser en mi vida. – El recurso del viaje ya había utilizado en otras obras suyas como “Llevame contigo” ¿En qué medida el desplazamiento físico dispara el “movimiento” de las estructuras mentales? – Todo viaje nos pone en diálogo con un contexto diferente. Cuando estamos en un lugar determinado por mucho tiempo, dejamos de ser misteriosos para nosotros mismos, dejamos de hacernos preguntas… El viaje, el cambio que éste propone, nos obliga -incluso a veces en contra de nuestra voluntad- a realizar preguntas nuevas. Yo escribo caminando… A veces incluso camino hasta ocho horas por día. Quizá por eso todos mis protagonistas están en movimiento, como intranquilos, y el ritmo de la escritura -del relato- es siempre el ritmo del movimiento. – Es frecuente ver cómo apela a la “desnaturalización” del conflicto: en sus obras, se aborda el tema de la guerra y el enfrentamiento desde una perspectiva que desplaza el escenario bélico y se concentra en el núcleo familiar ¿El horror es más cruento cuando se lo narra desde la esfera doméstica? -Nos acostumbramos a las grandes imágenes de la guerra, a las que transcurren en el campo de batalla propiamente dicho: escenas de bombardeos, enormes columnas de humo, cuerpos apilados… Sin embargo, no nos permitimos pensar qué es lo que hace el conflicto al espíritu del hombre. No nos interrogamos qué produce la guerra en las relaciones entre padres e hijos, entre hombres y mujeres. ¿Qué es eso de criar un hijo sabiendo que es tuyo hasta los 18 años y que después es del Estado? ¿Qué representa vivir en un Estado que no está seguro de que tenga futuro? Estos son los interrogantes más interesantes en torno a la guerra y a la situación de Israel. Pero en general no nos planteamos estas preguntas… en los diarios no se escribe sobre eso. La literatura, afortunadamente, es un género que se ocupa de las preguntas cruciales. (Télam)
“Escribir es una forma de ser en mi vida”, asegura Grossman.
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