Déficit explosivo
Críticos acérrimos de todo cuanto sabe a ortodoxia, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y el ministro de Economía Axel Kicillof se han alzado en rebelión contra la tiranía de los números. Mientras que en otras partes del mundo los gobiernos tratan de impedir que el déficit fiscal adquiera dimensiones inmanejables, aun cuando los costos políticos de las medidas de austeridad que ensayan sean muy altos, parecería que a Cristina y su subordinado favorito no les preocupa del todo que, conforme a las estadísticas oficiales, en lo que va del año la brecha entre los ingresos del Estado y los gastos haya aumentado el 540% según algunos, aunque otros hablan del 789%. La discrepancia parece deberse a que son tantos los guarismos en danza que no es nada fácil analizar lo que está sucediendo. Lo único cierto es que el gobierno quiere que en los meses finales de su gestión el país celebre una fiesta de consumo inolvidable, razón por la que se niega a prestar atención a las advertencias de quienes dicen que corre peligro de sufrir una nueva convulsión financiera. Sin embargo, la economía sigue resistiéndose a crecer. Es de prever que, con el propósito de estimularla, Kicillof siga inyectándole más dinero suministrado por la Anses, el Banco Central y aquellos inversores que estén dispuestos a comprar bonos que llevan tasas de interés usureras del 27% anual, pero no hay ninguna garantía de que sus esfuerzos tengan los resultados deseados. A menos que se hayan equivocado por completo los “ortodoxos” tan despreciados por Cristina y Kicillof, ningún país puede darse el lujo de acumular déficits financieros gigantescos sin verse en graves problemas. Por injusto que les parezca a quienes dicen que es necesario dar prioridad a “la deuda social” y que por lo tanto sería inmoral tratar de reducir el gasto público, tarde o temprano llegará la hora de pagar las cuentas, o sea, de ajustar. Algunos opositores creen que el gobierno lo sabe muy bien, pero que por motivos políticos está armando “una bomba” económica, programada para estallar en las manos de su sucesor. Con todo, si bien parecería que algunos kirchneristas sí se lo han propuesto por suponer que una gran crisis financiera los ayudaría a retomar el mando luego de un período breve en el llano, la presunta voluntad de Cristina de colocar a Kicillof en un eventual gobierno de Daniel Scioli para asegurar que se dedique a “profundizar el modelo” hace pensar que el ministro y su jefe realmente creen en las teorías presuntamente marxistas o keynesianas que reivindican en sus apariciones públicas. De ser así, están convencidos de que a la Argentina le será dado desacreditar definitivamente a quienes tanto aquí como en Europa y Estados Unidos insisten en que siempre es necesario cierto grado de disciplina fiscal al mostrarles que el despilfarro puede tener consecuencias muy positivas. No cabe duda de que se trataría de un experimento muy interesante, pero acaso sería mejor dejarlo a los chavistas venezolanos. A juzgar por el aumento impresionante del déficit fiscal que está registrándose, están en lo cierto los que creen que Cristina ha decidido entregar al gobierno próximo una economía vaciada, por suponer que una crisis fenomenal le beneficiaría. De tomarse en serio sus propias declaraciones y sus presuntos planes para Kicillof, en cambio, la presidenta confía en que, algunas dificultades pasajeras no obstante, el “modelo” que ha improvisado resultará ser viable, de ahí su negativa tajante a modificar el rumbo que ha emprendido. Puesto que la autoridad de Cristina no parece haberse visto reducida por la cercanía de las elecciones, es de prever que en los meses próximos el gasto público siga subiendo a un ritmo frenético, que los ingresos percibidos por el Estado continúen cayendo, ya que en el año electoral intensificar la presión impositiva sería antipático y no existen motivos para suponer que la balanza comercial nos sea más favorable. Los presidenciables opositores y, sería de suponer, Scioli, esperan que un alud de inversiones tanto nacionales como extranjeras le ahorre al sucesor de Cristina la necesidad de resignarse a vivir de lo que todavía quede luego de un período prolongado de derroche. Dicho de otro modo, rezan para que ocurra un milagro.
Críticos acérrimos de todo cuanto sabe a ortodoxia, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y el ministro de Economía Axel Kicillof se han alzado en rebelión contra la tiranía de los números. Mientras que en otras partes del mundo los gobiernos tratan de impedir que el déficit fiscal adquiera dimensiones inmanejables, aun cuando los costos políticos de las medidas de austeridad que ensayan sean muy altos, parecería que a Cristina y su subordinado favorito no les preocupa del todo que, conforme a las estadísticas oficiales, en lo que va del año la brecha entre los ingresos del Estado y los gastos haya aumentado el 540% según algunos, aunque otros hablan del 789%. La discrepancia parece deberse a que son tantos los guarismos en danza que no es nada fácil analizar lo que está sucediendo. Lo único cierto es que el gobierno quiere que en los meses finales de su gestión el país celebre una fiesta de consumo inolvidable, razón por la que se niega a prestar atención a las advertencias de quienes dicen que corre peligro de sufrir una nueva convulsión financiera. Sin embargo, la economía sigue resistiéndose a crecer. Es de prever que, con el propósito de estimularla, Kicillof siga inyectándole más dinero suministrado por la Anses, el Banco Central y aquellos inversores que estén dispuestos a comprar bonos que llevan tasas de interés usureras del 27% anual, pero no hay ninguna garantía de que sus esfuerzos tengan los resultados deseados. A menos que se hayan equivocado por completo los “ortodoxos” tan despreciados por Cristina y Kicillof, ningún país puede darse el lujo de acumular déficits financieros gigantescos sin verse en graves problemas. Por injusto que les parezca a quienes dicen que es necesario dar prioridad a “la deuda social” y que por lo tanto sería inmoral tratar de reducir el gasto público, tarde o temprano llegará la hora de pagar las cuentas, o sea, de ajustar. Algunos opositores creen que el gobierno lo sabe muy bien, pero que por motivos políticos está armando “una bomba” económica, programada para estallar en las manos de su sucesor. Con todo, si bien parecería que algunos kirchneristas sí se lo han propuesto por suponer que una gran crisis financiera los ayudaría a retomar el mando luego de un período breve en el llano, la presunta voluntad de Cristina de colocar a Kicillof en un eventual gobierno de Daniel Scioli para asegurar que se dedique a “profundizar el modelo” hace pensar que el ministro y su jefe realmente creen en las teorías presuntamente marxistas o keynesianas que reivindican en sus apariciones públicas. De ser así, están convencidos de que a la Argentina le será dado desacreditar definitivamente a quienes tanto aquí como en Europa y Estados Unidos insisten en que siempre es necesario cierto grado de disciplina fiscal al mostrarles que el despilfarro puede tener consecuencias muy positivas. No cabe duda de que se trataría de un experimento muy interesante, pero acaso sería mejor dejarlo a los chavistas venezolanos. A juzgar por el aumento impresionante del déficit fiscal que está registrándose, están en lo cierto los que creen que Cristina ha decidido entregar al gobierno próximo una economía vaciada, por suponer que una crisis fenomenal le beneficiaría. De tomarse en serio sus propias declaraciones y sus presuntos planes para Kicillof, en cambio, la presidenta confía en que, algunas dificultades pasajeras no obstante, el “modelo” que ha improvisado resultará ser viable, de ahí su negativa tajante a modificar el rumbo que ha emprendido. Puesto que la autoridad de Cristina no parece haberse visto reducida por la cercanía de las elecciones, es de prever que en los meses próximos el gasto público siga subiendo a un ritmo frenético, que los ingresos percibidos por el Estado continúen cayendo, ya que en el año electoral intensificar la presión impositiva sería antipático y no existen motivos para suponer que la balanza comercial nos sea más favorable. Los presidenciables opositores y, sería de suponer, Scioli, esperan que un alud de inversiones tanto nacionales como extranjeras le ahorre al sucesor de Cristina la necesidad de resignarse a vivir de lo que todavía quede luego de un período prolongado de derroche. Dicho de otro modo, rezan para que ocurra un milagro.
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