Demócratas y consumidores
Por James Neilson
Para que una sociedad se las ingeniara para ser a un tiempo pobre, pacífica y relativamente equitativa -lo cual sería un ideal nada absurdo para el mundo actual-, sus integrantes tendrían que conformarse con lo que tienen. Podrían hacerlo sin sentirse del todo humillados comparando su propia calidad de vida con la habitual en países que si bien son ricos en términos macroeconómicos están plagados de violencia, miseria y mediocridad cultural comercializada. Sin embargo, ocurre que hoy en día escasean las clases dirigentes que piensen de este modo. Aunque desde el plutócrata más ramplón hasta el esteta más refinado de sus representantes dirán que una vez que se hayan satisfecho las necesidades más básicas el dinero es de importancia limitada, pocos están dispuestos a tomar tales juicios al pie de la letra. Aparte de una minoría sustancial pero no muy influyente que por lo común consiste en miembros de la clase media profesional, todos quieren más -si es posible, mucho más- de lo que ya poseen y, por supuesto, creen tener el derecho a conseguirlo.
Ahora bien: ambiciones materialistas que una mayoría hegemónica considera naturales más el igualitarismo democrático constituyen una mezcla que es tan potente como explosiva. Es el combustible que hace avanzar a una velocidad impresionante el capitalismo mundial, una máquina que parece irrefrenable, pero en aquellos países en los que el «aparato productivo» es inadecuado son tantos los derrames que en cualquier momento podrían producirse estallidos devastadores. Como ya sabemos, a la Argentina le ha correspondido el privilegio triste de experimentar con más crudeza que en cualquier otro país lo que puede suceder al romperse el vínculo entre las posibilidades económicas reales y las expectativas a primera vista muy razonables de la gente, pero no sorprendería en absoluto que andando el tiempo el mismo fenómeno se reeditara en el resto de América Latina, en las zonas más rezagadas de la Unión Europea y en Estados Unidos mismo. Puede que el triunfo del consumismo materialista, sin el cual el capitalismo moriría de inanición, también sea el veneno que lo matará.
Bien que mal, conformarse con poco es una característica más aristocrática -o teocrática- que democrática, motivo por el que en la actualidad ningún país significante, ni siquiera Francia, está seriamente preparado para erigirse en una alternativa auténtica al modelo norteamericano: los dirigentes hablan y hablan como si estuvieran decididos a mantener a raya el capitalismo «neoliberal», pero hacen cuanto pueden para anteponer el crecimiento a la igualdad distributiva, porque así lo quiere el grueso de la ciudadanía. El retroceso económico que experimentó Gran Bretaña entre el ocaso de la era victoriana hasta los años setenta del siglo pasado ha sido atribuido no sólo a dos guerras mundiales terriblemente costosas, sino también al ascendiente prolongado de una elite de sangre, con periódicas infusiones meritocráticas, que despreciaba el «comercio» con toda su alma. Todavía se recuerda el clásico brindis oxfordiano: «¡A la física pura, que no se la aplique nunca!» El resultado del prestigio de criterios tradicionales era que los hijos de emprendedores exitosos, nada deseosos de emular a sus equivalentes norteamericanos o «continentales», optaron por comprarse títulos nobiliarios y mansiones campestres para entonces dedicarse a actividades en su opinión poco plebeyas como la caza, el cultivo de rosas o quizás, en el caso de los así inclinados, por intentar la enésima traducción al inglés de las odas de Horacio o las tragedias de Sófocles. No extraña, pues, que Margaret Thatcher, la líder de la rebelión exitosa contra la decadencia económica elegante que permitiría a los británicos recuperar su lugar en la tabla de posiciones, fuera hija de un comerciante que reivindicaba con pasión los valores largamente despreciados de la clase media baja, actitud que le merecía el desdén de los viejos conservadores: al encontrarla por primera vez una duquesa poco mundana, se creyó frente a quien sería su nueva cocinera.
El colapso argentino es en buena medida el resultado del conflicto entre actitudes en el fondo similares a las dominantes en la Gran Bretaña prethatcheriana y el consumismo fervoroso que ha sido estimulado por la convicción democrática de que todos tienen derecho a disfrutar de los mismos bienes que los más ricos. Estos, la globalización mediante, ya no son sólo sus propios compatriotas sino también norteamericanos y europeos. Sin embargo, aunque políticos, empresarios e intelectuales se han aferrado a valores que no tienen nada que ver con la eficiencia económica, todos reclaman con vehemencia los frutos de la hiperproductividad. Puesto que son limitados los bienes disponibles, los más afortunados, que desde luego se resisten a olvidarse de las normas primermundistas en la materia, se han apropiado de una proporción claramente excesiva del ingreso, dejando casi nada a los demás. Por ahora cuando menos, la implosión ocasionada por el default y una devaluación caótica no han modificado su punto de vista: quienes han podido se han negado a ensayar un estilo de vida menos costoso, de manera que es de suponer que de estabilizarse un día el país, será aún más desigual de lo que era antes.
¿Es concebible hoy en día una democracia libre que sea económicamente igualitaria, es decir, una en la que la brecha entre los ingresos de los más prósperos por un lado y los más pobres por el otro no sea mayor de lo que era en los países escandinavos cuando los mejor remunerados ganaban cinco o seis veces más que los peores? Es probable que no. Para que lo fuera, tendría que llevarse a cabo una revolución cultural antimaterialista tan profunda que los más vigorosos, además de los más prestigiosos, se sentirían sinceramente avergonzados por la idea de que pudieran interesarse por el estado de su cuenta bancaria. La posibilidad de que esto ocurra en alguna parte es reducida. Además de las presiones externas -de las que el bombardeo publicitario consumista directo e indirecto constituye una fuerza que es mucho más poderosa que la ejercida por el FMI- se da la conciencia de que el dinero es la fuente del poder. En otros tiempos, el coraje y disciplina de soldados liderados por aristócratas cautivados por sueños heroicos eran más que suficientes como para permitir que un país pobre, como Prusia, derrotara sin demasiados problemas a otro rico, como el imperio austrohúngaro, pero el valor solo no puede mucho contra la alta tecnología que monopolizan los opulentos: los militares norteamericanos distan de ser los mejores del planeta, pero gracias a la productividad material de su país la superioridad de sus ejércitos es patente.
Para la Argentina, el que no haya ninguna alternativa al llamado modelo liberal que no supusiera una transformación cultural aristocratizante, teocrática o socialista -las versiones románticamente guerreras latinoamericanas de esta corriente europea se asemejan más a la ideología militarizada de Prusia, que a aquella que hizo de Suecia uno de los países más admirados del mundo- es una muy mala noticia. No está en condiciones de «competir» en el mercado internacional, pero pocos tienen interés en negarse a competir por sentirse comprometidos con valores menos innobles que los meramente materiales. Aunque todos los políticos y empresarios actuales se convirtieran en anacoretas mañana, las aspiraciones materiales de la mayoría de sus compatriotas, entre los que abundan indigentes que ya han saboreado las delicias del consumo y no tienen la menor intención de repudiarlas por principio, asegurarían que sus sucesores impulsarían políticas encaminadas a «normalizar» la Argentina cuanto antes, aunque de lograrlo el resultado sería aumentar todavía más la brecha abismal que separa a los pobres de los ricos. Es que las «contradicciones» de que hablaban tanto los marxistas no subyacen sólo en su propio credo resueltamente materialista y en el adversario capitalista, sino también en la democracia que intenta conciliar la libertad con la igualdad y, tal vez, en la condición humana misma. Puede que de cuando en cuando en algunos países determinados se haya logrado un equilibrio satisfactorio, pero por ser la historia tan dinámica, a ninguno le ha sido dado conservarlo mucho tiempo, mientras que a la mayoría, incluyendo a la Argentina, hasta los objetivos de mínima parecen destinados a permanecer inalcanzables.
Para que una sociedad se las ingeniara para ser a un tiempo pobre, pacífica y relativamente equitativa -lo cual sería un ideal nada absurdo para el mundo actual-, sus integrantes tendrían que conformarse con lo que tienen. Podrían hacerlo sin sentirse del todo humillados comparando su propia calidad de vida con la habitual en países que si bien son ricos en términos macroeconómicos están plagados de violencia, miseria y mediocridad cultural comercializada. Sin embargo, ocurre que hoy en día escasean las clases dirigentes que piensen de este modo. Aunque desde el plutócrata más ramplón hasta el esteta más refinado de sus representantes dirán que una vez que se hayan satisfecho las necesidades más básicas el dinero es de importancia limitada, pocos están dispuestos a tomar tales juicios al pie de la letra. Aparte de una minoría sustancial pero no muy influyente que por lo común consiste en miembros de la clase media profesional, todos quieren más -si es posible, mucho más- de lo que ya poseen y, por supuesto, creen tener el derecho a conseguirlo.
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