Diáspora política
Es cada vez mayor la sensación de que ni los miembros del gobierno ni los parlamentarios están en condiciones de incidir en lo que sucede en el país.
Por ser tan importantes los vínculos personales y las lealtades adquiridas y tan natural la resistencia de muchos a aceptar que andando el tiempo sus opiniones se habrán modificado, en todas partes las fronteras ideológicas entre los diversos partidos políticos suelen ser bastante borrosas. Con todo, sería difícil encontrar otro país en el que la situación sea tan caótica como lo es en la Argentina actual. Puesto que tanto el PJ como la UCR se caracterizan por el pluralismo exagerado, sería imposible ubicar uno a la izquierda o a la derecha del otro. El mismo proceso de dispersión se ha producido en el seno del Frepaso, coalición improvisada que parece estar por caer en pedazos, mientras que el perfil de Acción por la República depende del curso poco ortodoxo que ha emprendido su fundador, el superministro Domingo Cavallo. Pero no sólo se trata de la incapacidad evidente de los partidos -mejor dicho, los «movimientos»- principales de formular programas mínimos coherentes que contaran con la plena adhesión de todos sus integrantes. En el Congreso, los bloques originales ya se han dividido en minibloques, pero éstos, al surgir nuevos temas de debate, propenden a romperse, para que las facciones constituyentes se combinen con otras de partidos distintos que circunstancialmente comparten su punto de vista.
Si bien cierto grado de independencia personal puede considerarse positivo, hoy en día los movimientos políticos son tan fisíparos que la necesidad constante de improvisar nuevas alianzas está obstaculizando la labor parlamentaria, impidiendo que asuntos urgentes reciban el tratamiento adecuado en un lapso razonable. Aunque el problema así supuesto se ha visto atenuado por la decisión mayoritaria de entregar a Cavallo la responsabilidad de manejar el país colmándolo de poderes especiales, tal solución, por necesaria que fuera, no ha contribuido a mejorar la salud de nuestro sistema democrático. Incluso en épocas de emergencia, convendría que el Congreso funcionara con normalidad porque, de lo contrario, no le será dado cumplir aquel papel pedagógico que en una democracia sana es fundamental.
Otra consecuencia más grave aún del caos político así supuesto consiste en que hace virtualmente incomprensible lo que está sucediendo en el país. Por cierto, no es nada fácil encuadrar los acontecimientos de los meses últimos en cualquier esquema ideológico o partidario conocido. No obstante las alusiones todavía frecuentes a los principios y a las tradiciones de alguno que otro movimiento, desde hace años la evolución política y económica del país se ve determinada por factores al parecer ajenos a la voluntad de los representantes legítimos de sus habitantes. En parte, se trata de una ilusión -a menudo los dirigentes procuran hacer pensar que si toman ciertas medidas es porque son víctimas de fuerzas oscuras irresistibles-, pero no cabe duda de que está haciéndose cada vez más intensa la sensación de que nadie, ni los miembros del gobierno ni, huelga decirlo, los parlamentarios, están en condiciones de incidir en lo que está sucediendo.
Aunque la irrupción de Cavallo en el gobierno, episodio que ha sido seguido por el mutis, atribuido a motivos totalmente distintos, de Carlos «Chacho» Alvarez que ha desconcertado a los frepasistas, ha servido para poner en marcha una serie de realineamientos novedosos, aún no se ve ninguna señal de que las viejas cáscaras partidarias estén por quebrarse por completo para permitir que los legisladores y demás «dirigentes» se reorganicen conforme a las convicciones de cada uno. Sin embargo, a menos que se produzca un cambio drástico del panorama político del país, no habrá forma de recomponer los lazos que deberían darse entre los miembros de un partido determinado y entre la clase política por un lado y «la gente» por el otro. Bien que mal, a menos que haya cierta claridad, la cual presupone una relación comprensible entre la afiliación partidaria de un dirigente y sus ideas personales, la política democrática será tan confusa que difícilmente pueda ser más que una farsa. En tal caso, es lógico que la ciudadanía llegue a la conclusión de que con escasas excepciones los políticos son aprovechados hipócritas, punto de vista que, obvio es decirlo, no ayudará en absoluto a mejorar las perspectivas ante el país.
Por ser tan importantes los vínculos personales y las lealtades adquiridas y tan natural la resistencia de muchos a aceptar que andando el tiempo sus opiniones se habrán modificado, en todas partes las fronteras ideológicas entre los diversos partidos políticos suelen ser bastante borrosas. Con todo, sería difícil encontrar otro país en el que la situación sea tan caótica como lo es en la Argentina actual. Puesto que tanto el PJ como la UCR se caracterizan por el pluralismo exagerado, sería imposible ubicar uno a la izquierda o a la derecha del otro. El mismo proceso de dispersión se ha producido en el seno del Frepaso, coalición improvisada que parece estar por caer en pedazos, mientras que el perfil de Acción por la República depende del curso poco ortodoxo que ha emprendido su fundador, el superministro Domingo Cavallo. Pero no sólo se trata de la incapacidad evidente de los partidos -mejor dicho, los "movimientos"- principales de formular programas mínimos coherentes que contaran con la plena adhesión de todos sus integrantes. En el Congreso, los bloques originales ya se han dividido en minibloques, pero éstos, al surgir nuevos temas de debate, propenden a romperse, para que las facciones constituyentes se combinen con otras de partidos distintos que circunstancialmente comparten su punto de vista.
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