Don Adriano Bacci, en la memoria de Neuquén

Neuquén- Hasta hace unos años se lo podía ver caminando por la aveni-da Argentina. Solía tomar el aire fresco de la mañana, miraba las moras «gran-des y fuertes» del boulevard capitalino, y luego ya volvía a sentarse a leer algún libro de poemas, alguna máxima, o simplemente el diario. Don Adriano Bacci, ayer habría cumplido 100 años, y aun-que no hace mucho partió a otro mundo, «tal vez menos desigual que éste», como solía quejarse, fiel a sus ideales socialistas, mal no viene recordar su paso por esta ciudad, a la que llegó en 1915.

Nació el 14 de enero, pero en vez de que lo recibiera un verano patagónico, fue un invierno crudo en un pueblito llamado Ponte Cossi, en la región florentina de Italia. Años más tarde, desaparecerían todas sus casas cuando el agua de una represa invadió el territorio. Como la historia de tantos inmigrantes de nuestro país, llegó al Valle buscando abrirse paso. Aquí, armó «yunta» con doña Sixta, y tuvieron dos hijos. Bacci, comenzó a trabajar en las oficinas del Ferrocarril, donde hoy se levanta el Museo de Bellas Artes, en el Parque Central. Su espíritu inquieto lo llevó a fundar la cooperativa Calf y la Biblioteca Juan Bautista Alberdi.

También integró el primer grupo de teatro que tuvo la ciudad, con el que ensayaba en la que fuera su casa, en la calle Elordi al 39. La primera obra que hizo se llamó «Lo que le pasó a Reyno-so», pieza que «dio que hablar en su é-poca», solía recordar en vida don Adria-no. A las actividades culturales que rea- lizó, le sumó también la fundación de la Unión Ferroviaria de Neuquén; fue concejal ad honórem en la municipalidad (sí, aunque usted no lo crea, señor lec-tor, antes había concejales que no cobra-ban) y creó un club para la tercera edad.

A quienes este nombre, Adriano Bacci, les recuerde algo, en hora buena. Es que hizo tanto por esta ciudad, que bien vale la pena saber que, de vivir, ayer habría cumplido cien años. Los que no lo conocieron, no está demás saber que muchas de las cosas que la ciudad tiene, fueron levantadas con sus manos, junto a la de tantos otros hombres y mujeres de bien.

El sol solía darle en la cara cuando ya volvía a la casa, después de su paseo diario. Sus moñitos impecables siguen intactos en el recuerdo. Tanto en el pasado como en el presente, la dignidad de gente como Bacci, no claudica entre cambios y cambios.

Oscar Sarhán


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