Don Miguel Yampa, el señor de la rodocrosita

Minero de toda la vida, Miguel Yampa le ganó a la adversidad. “Desde cero” construyó la mina que explota la preciada piedra rosada. No sólo eso: junto a sus afectos activó el turismo religioso y el de aventura en las áridas tierras catamarqueñas de Capillitas. Edificó dos emprendimientos hoteleros y un restorán cautivantes a 3.300 metros de altura. “Río Negro” estuvo allí y conoció la singular historia de vida de este hombre sencillo y de su familia.

Gentileza

En el silencio de los cerros catamarqueños

EDUARDO ROUILLET eduardorouillet@ciudad.com.ar

A 3.300 metros sobre el nivel del mar, en la cresta de la cuesta más larga de Sudamérica -la de Capillitas- que comienza en Andalgalá en el catamarqueño departamento homónimo, tras trepar en primera y segunda, 56 kilómetros de rugoso mejorado entre peñones y precipicios de vértigo, en medio de la montaña, se esconden el Refugio del Minero, la mina de rodocrosita Santa Rita y la historia de Miguel Antonio Yampa. El Refugio es un hotel inaugurado en 2004 con doce habitaciones, sala de conferencias, dos enormes hogares a puro algarrobo traído desde Andalgalá de los campos de Pipanaco, una respetuosa atención familiar y un restorán para degustar api zapallo, carbonada, cazuela de cabrito, locros varios, humitas y mote, exquisiteces regionales. El yacimiento de rodocrosita es parte del Capillitas, único en el mundo con vetas en bandas, conocido ya en el imperio incaico nueve siglos atrás. Fue explotado por españoles, ingleses, alemanes y por Fabricaciones Militares (FM) hasta el ´92. La piedra es una semipreciosa rosada en distintas tonalidades, gris y pardo rojiza, con propiedades -aseguran- curativas. Don Miguel Yampa (68) es un minero catamarqueño de Punta de Balasto, Santa María, que empezó a trabajar en FM en 1965 y en octubre del ´89 fue despedido junto a otros compañeros. Con la indemnización compró dólares en Salta y los guardó. Sabio conocedor de la zona, adquirió los derechos de exploración de un área donde había rodocrosita. “Primero compré un permiso de cateo por 300 días que debí renovar porque la búsqueda no dio resultados enseguida”, nos dice. El 30 de diciembre de 1992 la veta fue descubierta, y hasta el ´98, una carrera de esfuerzos y cohesión familiar construyó la mina con sus galerías, estocadas, piques y túneles, a pico, pala y balde en manos de Don Yampa, su hijo Daniel, la mami Susana Navarro, el tío Ernesto, los sobrinos David y Roly, y Abel, joven de la zona que hoy sigue en la actividad. Las finanzas familiares declinaron y los hijos, que estudiaban con ayuda paterna, pusieron su energía para mantener el emprendimiento y el capital. Lucía, la mayor, invirtió su sueldo docente hasta hallar la veta que resultó superior a lo imaginado. Sólo en el ´99 produjo siete toneladas y media de la rodocrosita. “Empezamos de cero”, cuenta Don Miguel desde la sencillez. “Subimos a mano, desde el camino (Ruta 47 de agresivo ripio, a unos cinco kilómetros), un compresor de dos toneladas (a 3.300 metros sobre el nivel del mar). Tardamos setenta días. Por momentos avanzábamos de a un metro. Lo apoyábamos en tablones, tirábamos cuesta arriba y lo calzábamos con piedras en las ruedas para que no se moviera. Cuando ya no quedaba más para invertir, prometí a Santa Rita de Cascia que si encontraba la veta le construiría una capilla y le pondría su nombre a todo lo que resultara de la venta de la piedra. Apenas la terminó, Don Miguel la entregó a la comunidad y desde entonces la gente del lugar, con rifas y beneficios”. Así, levantó baños y salones para que los visitantes puedan preparar comida y alojarse durante los festejos religiosos o los velorios de vecinos, e hicieron una casita para el cura para celebrar la semana de Santa Rita. En la mina comenzó la exploración. “Caminaba cuatro horas desde el pie de la cuesta hasta donde había rodocrosita, todas las mañanas, acompañado por Daniel y mi esposa que hacía la comida. Las hijas se turnaban un día cada una. Cuando empezaban las clases quedábamos solos y buscábamos ayuda en personas de la zona”. Y continúa: “Cumplido ese sueño, nuestra familia siguió poniendo todo para que los beneficios cayeran en muchos andalgalenses y para dar trabajo a los que lo necesitan”. Detrás de esta experiencia vital hay un emprendedor que conoce su oficio, tiene fe en su capacidad, mantuvo y mantiene unido al grupo familiar con una trama participativa. La noche del encuentro con “Río Negro”, Don Yampa llegó al Refugio del Minero conduciendo su camioneta por los 56 kilómetros de cornisa que lo separan de Andalgalá, con la caja llena de leña para alejar el inmenso frío nocturno a esas alturas. Poniendo el cuerpo como cuando comenzó la edificación del Refugio. “El camión que traía el cemento de Andalgalá no podía subir, pasamos a hombro las bolsas a una camioneta e hicimos varios viajes, lo mismo con la arena, la cal”, recuerda. Los Yampa (suave en quichua) saben que la actividad es extractiva, que las minas declinan hasta agotarse. Siguieron invirtiendo en exploración de otras vetas, incorporaron asistencia técnica y ante la constante visita de geólogos nacionales y extranjeros, impulsaron la construcción de la hostería orientada también al turismo aventura, a la que han agregado el manejo de dos concesiones hoteleras en la provincia. Hoy Minera Santa Rita es una empresa familiar. Don Miguel y su hijo Daniel se encargan de la explotación mineral, Lucía de las relaciones públicas y gerencia el Hotel de Turismo Santa Rita de Andalgalá, Lidia del Refugio del Minero y Liliana el Santa Rita Farma Shop que también vende artesanías en rodocrosita trabajadas por lugareños. En distintas tareas están Irma y Juliano. Además guían travesías en 4×4. La mami atiende la comida y el alojamiento del personal. “Ella es el horcón”, define su esposo; en nuestro país, palo para sostener las ramas de los árboles, persona que asegura el sustento en una familia. Cada año, del 20 al 22 de mayo, la capilla construida por Yampa recibe cientos de catamarqueños, otros provincianos y extranjeros. “Para toda mi familia Santa Rita es nuestra madre, por eso la honramos con una fiesta que comienza con una novena, se reza el rosario, se celebra misa y se cantan oraciones. El 22 es la procesión con música de bandoneones, armónicas y bombos”. En el almuerzo, sopa, empanadas, locro y cabrito se comparten en largas mesas de madera. “El silencio de los cerros, la alegría de encontrarnos y la identidad que nos une hacen que sea muy emotivo para nosotros y nuestros huéspedes”, dice. La celebración lleva ya 19 años. “La gente desciende de los cerros a caballo, viene de otros pueblos, incluso de San José traen a su santito, San Roque, que acompaña en la procesión. Llegan a cumplir promesas, a agradecer. Nosotros lloramos de emoción. Vivimos el milagro en estos años desde que se fundó la mina y los que llevamos en actividad”.

Archivo

Bellas gemas de rodocrosita pulida.

Yampa y el corazón de la roca preciada.


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