El adiós a los “tres tenores” del arte
Claudio Andrade
Se dice en las redacciones de los diarios que la muerte de los famosos vienen de a tres. Fiel a su regla, el destino, se llevó con diferencia de unas pocas horas a Bebo Valdés, Franklin Caicedo y Gerardo Gandini, el viernes pasado. No viene al caso establecer el orden de prioridades ni de importancia. Cada uno fue una gloria en el arte que tuvo entre manos. Bebo en la música latina mixturada con el jazz y con cuanto sonido delicado y profundo anduvieran dando vueltas. Gandini con el género clásico, vinculando lo docto con lo experimental, asociando el tango también al swing jazzero. Gandini fue creación sin corsé y ópera y desquicio experimental, mientras que Bebo siempre se entregó como pianista a la piel más suave que posee el sonido urbano y moreno. Caicedo pudo haber estado junto a ellos, caminando ese mismo escenario. Aunque Caicedo estaba lejos de ser un vanguardista, era un maravilloso cara dura, un atrevido, un “frontera” como dice el geólogo español encarnado por José Sacristán refiriéndose a Martín Echenique (Federico Luppi) en la espléndida película de Adolfo Aristarain “Martín H”. Caicedo fue el obrero rudo y final de “La Patagonia rebelde”, el bohemio porteño capaz de estar en el off como en las marquesinas luminosas de calle Corrientes. Fue el actor entrañable que recordaba a Pablo Neruda cuando la plata escaseaba en sus bolsillos y el perfecto anfitrión, que en noches secretas, entretenía a diplomáticos de todo el mundo cantando tangos en la embajada de su país. Chile. El Chile donde murió como buen chileno “pata e perro” que era. Donde se fue un día sin hacer ruido, sin gloria, uno de los mejores escritores que ha dado la Argentina y uno de los más inmerecidamente ignorados en su patria, Bernardo Kordon. Es un cliché decirlo pero el mundo no estará mejor debido a la pérdida de estos espléndidos hombres del arte. Qué triste, qué imposible suena la idea de que Valdés, Gandini y Caicedo se hayan marchado para dejarnos un poco más solos. La música eléctrica y desbocada de Gandini, su verbo furioso y ácido como la lengua de una serpiente, sus palabras que nos recordaban qué era arte y qué superchería en el mundo, en la Argentina. El piano pianísimo de Bebo, la longitud de unos dedos borgeanos y eternos provocando la música que era todas las músicas al mismo tiempo. El tango, querido Franklin, dicho como un poema en labios manchados de vino tinto. No, no los tendremos más a ninguno. Nos explicarán los especialistas, los fieles seguidores, que su música y su arte perdurarán en discos, Mp3 y videos de youtube, o mejor, en los corazones de quienes de un modo u otro los vimos, los sentimos y hasta les dimos la mano. Pero nunca será suficiente, su recuerdo no cubrirá el enorme vacío que deja su ausencia creadora. Porque cada uno de ellos se reinventaba a sí mismo al borde del escenario. Bebo como la página de un libro de infinitas páginas que se extendía sobre el piano. Gandini encarnado en la más íntima y filosófica verdad escondida tras los pliegues de la armonía. Caicedo, con una mano sosteniendo el piano y con la otra un tinto que le dejaba en el rostro la mancha carmesí de la uva añejada sobre la madera. La sangre triste del tango. La veta madre del teatro. No estarán. Sobran las explicaciones. Si un consuelo queda, diremos: somos muchos los que en estos días lloraremos lágrimas negras.
Gerardo Gandini fue una figura decisiva de la música contemporánea.