El ajuste tan temido
Miguel Bein, el economista de cabecera del gobernador bonaerense y candidato presidencial kirchnerista Daniel Scioli, sorprendió a tirios y troyanos cuando embistió contra el “dólar ahorro”, ya que en su opinión sería un error garrafal permitir que los “diez millones de tipos que se quieren llevar el Banco Central a casa” siguieran vaciando las reservas hasta que quedaran “sólo los yuanes”. Huelga decir que tanta franqueza en boca de un presunto oficialista enojó sobremanera a los funcionarios del gobierno que insisten en que todo está bajo control, además de Scioli, puesto que por ahora al menos no le conviene discrepar en público con la presidenta Cristina Fernández de Kirchner o con su ministro predilecto, Axel Kicillof. También motivó desconcierto en las filas opositoras al recordarles que la situación financiera en que se encuentra el país es peor de lo que la mayoría quisiera dar a entender. Por paradójico que parezca, tanto los opositores centroizquierdistas como los ubicados a su derecha, según el esquema tradicional, entre ellos Mauricio Macri y sus partidarios del Pro, se sienten constreñidos a colaborar con el gobierno de Cristina en un esfuerzo por minimizar la gravedad de los problemas económicos que su sucesor tendrá que enfrentar. La razón es sencilla: temen verse acusados de estar preparándose para aplicar un “ajuste” severísimo por motivos inconfesables. En ninguna parte es fácil combinar el realismo político con el económico, pero en pocos lugares se han separado tanto como en la Argentina actual. En el mundo desarrollado, políticos opositores en campaña no vacilan en pronosticar catástrofes apocalípticas a menos que el gobierno local modifique radicalmente el rumbo económico, pero en nuestro país prefieren adoptar actitudes que son mucho más cautas que las elegidas por sus equivalentes en Estados Unidos o Europa, lo que puede entenderse ya que creen que es mayor el riesgo de que los pronósticos más alarmantes se concreten. Será por eso que casi todos los dirigentes opositores bien posicionados prefieren concentrarse en temas como los planteados por la corrupción, la independencia del Poder Judicial, la política exterior y la lucha contra el delito; suponen que les sería menos arriesgado asumir una postura contundente frente a ellos por tratarse de asuntos presuntamente ajenos al bienestar inmediato del grueso de los votantes. Para justificar el optimismo que dicen sentir, los presidenciables opositores y quienes trabajan para ellos nos aseguran que su mera presencia en el gobierno será suficiente como para motivar tanta confianza que el panorama cambiaría de la noche a la mañana. Es la tesis del economista macrista más locuaz, Carlos Melconian, el que hace poco afirmó que “esto se resuelve con un shock gradual”, o sea una especie de revolución de las expectativas que de por sí alejaría el peligro señalado por Bein de que pronto no haya nada más que yuanes chinos en las arcas del Banco Central. Tarde o temprano, la realidad terminará imponiéndose. Mientras tanto, políticos de todos los pelajes continuarán haciendo gala de un grado de optimismo que, dadas las circunstancias, parece decididamente exagerado. Si el futuro de la economía dependiera exclusivamente del estado de ánimo del electorado, el consenso aparente en tal sentido sería muy positivo, pero sucede que, a través de los años, el facilismo así reflejado ha sido responsable del empobrecimiento de un país que, de acuerdo común, cuenta con todos los recursos materiales y humanos que necesitaría para prosperar. La propensión a pasar por alto los problemas difíciles hasta que sea imposible negar su existencia está detrás de la inflación crónica, el atraso industrial que se ha visto agravado por el proteccionismo, los “bolsones de pobreza” que una vez más tienden a expandirse y el deterioro llamativo del sistema educativo tanto público como privado. Por desgracia, aunque parecería que son cada vez más los convencidos de que lo que necesita el país es “un cambio”, en un sentido bastante difuso de la palabra, a pocos les interesa aclarar con cierta precisión lo que tendrían en mente. Aluden a su propia voluntad de frenar la inflación y de reconciliarse con el resto del mundo para que el país pueda conseguir créditos relativamente baratos, pero por miedo a perder votos se resisten a decirnos cómo lo harían.
Miguel Bein, el economista de cabecera del gobernador bonaerense y candidato presidencial kirchnerista Daniel Scioli, sorprendió a tirios y troyanos cuando embistió contra el “dólar ahorro”, ya que en su opinión sería un error garrafal permitir que los “diez millones de tipos que se quieren llevar el Banco Central a casa” siguieran vaciando las reservas hasta que quedaran “sólo los yuanes”. Huelga decir que tanta franqueza en boca de un presunto oficialista enojó sobremanera a los funcionarios del gobierno que insisten en que todo está bajo control, además de Scioli, puesto que por ahora al menos no le conviene discrepar en público con la presidenta Cristina Fernández de Kirchner o con su ministro predilecto, Axel Kicillof. También motivó desconcierto en las filas opositoras al recordarles que la situación financiera en que se encuentra el país es peor de lo que la mayoría quisiera dar a entender. Por paradójico que parezca, tanto los opositores centroizquierdistas como los ubicados a su derecha, según el esquema tradicional, entre ellos Mauricio Macri y sus partidarios del Pro, se sienten constreñidos a colaborar con el gobierno de Cristina en un esfuerzo por minimizar la gravedad de los problemas económicos que su sucesor tendrá que enfrentar. La razón es sencilla: temen verse acusados de estar preparándose para aplicar un “ajuste” severísimo por motivos inconfesables. En ninguna parte es fácil combinar el realismo político con el económico, pero en pocos lugares se han separado tanto como en la Argentina actual. En el mundo desarrollado, políticos opositores en campaña no vacilan en pronosticar catástrofes apocalípticas a menos que el gobierno local modifique radicalmente el rumbo económico, pero en nuestro país prefieren adoptar actitudes que son mucho más cautas que las elegidas por sus equivalentes en Estados Unidos o Europa, lo que puede entenderse ya que creen que es mayor el riesgo de que los pronósticos más alarmantes se concreten. Será por eso que casi todos los dirigentes opositores bien posicionados prefieren concentrarse en temas como los planteados por la corrupción, la independencia del Poder Judicial, la política exterior y la lucha contra el delito; suponen que les sería menos arriesgado asumir una postura contundente frente a ellos por tratarse de asuntos presuntamente ajenos al bienestar inmediato del grueso de los votantes. Para justificar el optimismo que dicen sentir, los presidenciables opositores y quienes trabajan para ellos nos aseguran que su mera presencia en el gobierno será suficiente como para motivar tanta confianza que el panorama cambiaría de la noche a la mañana. Es la tesis del economista macrista más locuaz, Carlos Melconian, el que hace poco afirmó que “esto se resuelve con un shock gradual”, o sea una especie de revolución de las expectativas que de por sí alejaría el peligro señalado por Bein de que pronto no haya nada más que yuanes chinos en las arcas del Banco Central. Tarde o temprano, la realidad terminará imponiéndose. Mientras tanto, políticos de todos los pelajes continuarán haciendo gala de un grado de optimismo que, dadas las circunstancias, parece decididamente exagerado. Si el futuro de la economía dependiera exclusivamente del estado de ánimo del electorado, el consenso aparente en tal sentido sería muy positivo, pero sucede que, a través de los años, el facilismo así reflejado ha sido responsable del empobrecimiento de un país que, de acuerdo común, cuenta con todos los recursos materiales y humanos que necesitaría para prosperar. La propensión a pasar por alto los problemas difíciles hasta que sea imposible negar su existencia está detrás de la inflación crónica, el atraso industrial que se ha visto agravado por el proteccionismo, los “bolsones de pobreza” que una vez más tienden a expandirse y el deterioro llamativo del sistema educativo tanto público como privado. Por desgracia, aunque parecería que son cada vez más los convencidos de que lo que necesita el país es “un cambio”, en un sentido bastante difuso de la palabra, a pocos les interesa aclarar con cierta precisión lo que tendrían en mente. Aluden a su propia voluntad de frenar la inflación y de reconciliarse con el resto del mundo para que el país pueda conseguir créditos relativamente baratos, pero por miedo a perder votos se resisten a decirnos cómo lo harían.
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