El ALCA y los intereses argentinos

Por Redacción

El desarrollo tecnológico y de los medios de producción que acompañó la expansión capitalista estuvo asociado con la necesidad de una mayor integración territorial. Así se fueron formando los estados nacionales, proceso que culminó en el siglo XIX. Pero esta integración no fue suficiente y, en especial a partir de la Segunda Guerra, continuó con la constitución de uniones económicas y la creación de autoridades supranacionales cuyas decisiones son vinculantes para los estados miembro. El ejemplo típico es la Unión Europea, pero, con el mismo espíritu aunque con atraso respecto del primero, se formaron zonas de libre comercio en el resto del mundo: sudeste asiático, regiones de Africa y de América, como es el caso del Mercosur, el Pacto Andino, el mercado común centroamericano, etc.

Es preciso entender que la causa económica fundamental que está detrás de la integración es la necesidad de obtener economías de escala: para la industria moderna los mercados nacionales son insuficientes, por lo que se requiere su expansión. Hay dos formas de lograrlo: por la dominación (explícita o implícita) de territorios extranjeros, como viene haciendo el imperialismo desde la década de los 1870, o mediante la integración y el comercio intraindustrial (exportaciones e importaciones de una misma rama industrial), que está desplazando en importancia al comercio interindustrial, producto de la división internacional del trabajo. Hoy un automóvil europeo (o del Mercosur) contiene partes producidas en distintos países, de forma tal que, excepto la marca, no se puede hablar estrictamente de un auto nacional. Una fábrica de carburadores o de cajas de cambio abastece a muchas fábricas de distintos países, por lo que, por la escala de su producción, resulta mucho más económico. Casi todos los países europeos importan y exportan componentes automotores y automóviles terminados, por lo que se benefician mutuamente con la ampliación del mercado. Lo mismo con casi todas las ramas de la producción. Se podría decir, entonces, que la integración económica planteada de esta forma (entre países de economías similares y con el objeto de beneficiar a todos sus miembros) es una forma solidaria de ampliar el mercado nacional, totalmente opuesta a la que resulta de la expansión imperialista.

En este escenario se gestó la idea del ALCA (Area de Libre Comercio de las Américas), impulsado por Estados Unidos para todo el continente. Fue lanzado a mediados de 1990, como una medida más de política exterior de Washington, que tradicionalmente veía con desconfianza los procesos de integración en América Latina y, fundamentalmente, los acercamientos con la comunidad europea y los países del este asiático. La idea se conoció con la denominación de «Iniciativa para las Américas», convocando a todos los países del continente a conformar una zona de libre comercio con 650 millones de habitantes (para la fecha prevista para su puesta en marcha serán casi 850 millones). Hubo dos reuniones de presidentes (1994 y 1998) y hay una próxima prevista para dentro de un mes en Quebec. En el intermedio hubo varias reuniones de ministros de Economía.

Los principales rasgos acordados son: 1) el compromiso de concluir las negociaciones antes del 2005 (el intento de acelerar el proceso, propuesto por Estados Unidos y apoyado por Canadá, fracasó en la reunión de Buenos Aires); 2) expandir el comercio entre sus miembros en base a la apertura económica; 3) lograr la ampliación de las inversiones, impulsadas mediante una reducción de la intervención estatal y por la creación del Fondo de las Américas, para crear incentivos financieros (en un principio se habló de trescientos millones de dólares con ese fin).

El Fondo de las Américas aparece como irrisorio ante los problemas continentales, pero lo más grave es que Estados Unidos no se compromete a eliminar los subsidios al agro ni a renunciar a las restricciones existentes para el ingreso de bienes a su territorio; además, no se prevé la transferencia tecnológica para el desarrollo del sur, que es una de las objeciones realizadas por el Brasil.

La enorme diferencia en el desarrollo de Estados Unidos y Canadá frente al resto del continente hace imposible pensar en una integración basada en el comercio intraindustrial, que lleve a un crecimiento armónico a todos los países. Al contrario, la integración de un continente tan heterogéneo y librada a las fuerzas del mercado va a conducir a un aumento de las desigualdades preexistentes entre sus miembros. No podremos competir ni comerciar de igual a igual; en estas condiciones, en lugar de un desarrollo simétrico, es de esperar para nuestros países una mayor desindustrialización, con una marginación social que será creciente y donde los países del sur se limitarán a proveer productos primarios y mano de obra barata dentro de un esquema de mayor «flexibilización laboral».

Existe la experiencia de México en el Nafta (sigla en inglés del acuerdo de libre comercio entre Canadá, Estados Unidos y México), con el crecimiento de las «maquiladoras» en la frontera norte, con bajos salarios y condiciones de trabajo «flexibilizadas», además de generar un serio problema de contaminación ambiental.

Los intereses argentinos llevan a privilegiar, como respuesta al mundo contemporáneo, el fortalecimiento y profundización del Mercosur, con políticas de fomento e impulso al comercio intraindustrial y de coordinación macroeconómica. En particular es necesario apoyar su expansión (a los acuerdos con Chile y Bolivia se ha sumado ahora la posibilidad de ingreso de Venezuela) para lograr la base de una integración latinoamericana que negocie en mejores condiciones con la comunidad europea y con las potencias de América del Norte. Por encima de eventuales ventajas de corto plazo y de intereses inmediatos, hay que tomar conciencia de que se juega el futuro del país y de Latinoamérica.

En estas condiciones resulta extraño entender algunas políticas oficiales, como las del menemismo, que, con el sueño de una relación privilegiada con la potencia del Norte, hicieron peligrar el Mercosur; también las indefiniciones de la mayoría de los países involucrados. Por ahora la resistencia se limita a organizaciones no gubernamentales y sindicales. ¡Menos mal que existen y nos permiten mantener la esperanza!

(*) Presidente del Concejo Deliberante de Neuquén


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