El aleteo de una mariposa

Por Redacción

SEGÚN LO VEO

A los teóricos del caos les encantan aquellos refranes chinos que nos aseguran que los movimientos apenas perceptibles de una mariposa pueden sentirse en el otro lado del mundo. Es cierto, ya que todo está interconectado, aunque convendría señalar que son tantos los seres vivos, minúsculos o no, agitándose en todos los rincones de la Tierra, para no hablar del aporte de fenómenos presuntamente inánimes como el viento o las mareas y las erupciones volcánicas, que no serviría para mucho tratar de explicar lo que está sucediendo a base del vuelo zigzagueante de una mariposa determinada.

Es tentador decir lo mismo de los caprichos de casi todos los más de siete mil millones de personas con quienes compartimos nuestro planeta. En efecto, gracias en buena medida a los marxistas, se puso de moda hace aproximadamente un siglo minimizar la importancia de las particularidades de los protagonistas con nombre y apellido cuyas hazañas y crímenes habían mantenido ocupados a los analistas. Es que durante milenios fue habitual tratar a todos como comparsas anónimas que rodeaban pasivamente a un puñado de “grandes hombres” y alguna que otra mujer como Cleopatra, que eran los únicos que importaban: Blaise Pascal aventuró que, si hubiera sido más corta la nariz de la reina macedonia de Egipto, la historia del mundo hubiera sido diferente.

Exageraban quienes hacían de la historia del género humano un relato dominado por héroes, pero también se equivocaban los resueltos a subestimar la influencia que podrían tener ciertos individuos para concentrarse en el presunto impacto de factores económicos o geográficos, como si las distintas sociedades fueran máquinas que funcionan según leyes históricas tan férreas como ciegas.

Bien que mal, algunos caprichos personales, lo mismo que, tal vez, el aleteo de una mariposa casualmente ubicada en un lugar clave del ecosistema planetario, pueden provocar cambios enormes. De no haber elegido Eduardo Duhalde sustituir a José Manuel de la Sota, un centrista moderado, como su candidato presidencial personal por Néstor Kirchner en el 2003, luego de asustarse Carlos Reutemann al ver “algo” que lo horrorizaba, la Argentina actual sería con toda seguridad un país bastante distinto de lo que es después de la “década ganada”. Asimismo, un juez neoyorquino de actitudes menos punitivas que las de Thomas Griesa nos hubiera ahorrado los episodios más recientes del drama de la deuda impaga que, en opinión de miembros del gobierno del presidente Barack Obama y técnicos de aquel supuesto reducto neoliberal, el Fondo Monetario Internacional, podrían afectar de modo muy negativo no sólo a la Argentina sino también a otros países abrumados por obligaciones que nunca podrían saldar.

Por ser la Argentina un país de tradiciones caudillistas e instituciones frágiles, la personalidad del mandatario de turno es fundamental. Lo descubrió Fernando de la Rúa que, de haber podido apoyarse en estructuras menos raquíticas, podría haber sobrevivido hasta que por fin comenzara a soplar el viento de cola que por un rato impulsó el “modelo” populista. De todas formas, fue previsible que la llegada al poder de un matrimonio acostumbrado a mandar en una provincia escasamente poblada tuviera repercusiones profundas. También lo fue que, al suceder Cristina a su cónyuge en el sillón presidencial, el “de Rivadavia”, las alternativas de la política nacional dependieran de su estado de ánimo, ya que una parte sustancial de la clase política del país estaba programada para permitirle actuar como un monarca absoluto, privilegio éste que envidiarían los reyes, reinas y príncipes de Europa, cuya función es en buena medida decorativa.

No es sólo una cuestión de temperamento. Aun cuando Cristina fuera una señora de carácter parecido a aquel del radical De la Rúa, estuviera más interesada en dialogar con sus adversarios coyunturales que en repartir órdenes y, por principio, quisiera desempeñar un papel menos autocrático que el que le ha tocado, no podría haberlo hecho. Como jefa de un movimiento caudillista, tendría que tomar todas las decisiones importantes ya que ningún integrante de su séquito estaría dispuesto a asumir responsabilidades.

Un capricho de Duhalde cambió para siempre la Argentina. Uno de otro personaje, el juez del estado de Nueva York, Griesa, podría provocar un terremoto no sólo en la Argentina sino también en otros países. Dicen que este magistrado ochentón irascible modificó su actitud hacia la Argentina por sentirse harto de las triquiñuelas ensayadas por los negociadores kirchneristas que, para colmo, lo hicieron interrumpir sus vacaciones, lo que también incidió en su manejo del asunto, y que fue por tales motivos que terminó apoyando a los holdouts más combativos que quieren cobrar la parte de la deuda pública que compraron a precio de ganga.

El que su fallo, por ajustado a la ley que fuera, pudiera provocar destrozos en el precario andamiaje financiero internacional no parece haberlo preocupado demasiado. Griesa es un hombre de leyes, no un economista o reformador social, y por lo tanto el eventual destino de vaya a saber cuántos millones de personas que podrían verse perjudicadas por sus fallos lo tiene sin cuidado. Tampoco inquieta a otros jueces, entre ellos los de la Corte Suprema norteamericana, que han avalado su postura.

La Argentina no es el único país con motivos para protestar contra el imperialismo jurídico estadounidense. Hace poco, el banco galo Paribas fue multado con casi 9.000 millones de dólares por violar las sanciones con las que el gobierno norteamericano quiere castigar a Cuba, Irán y Sudán. Puede argüirse que los regímenes de dichos países merecen ser estrangulados económica y financieramente pero, así y todo, el que el Departamento de Justicia norteamericano se suponga facultado para ensañarse con un banco europeo ha ocasionado mucho malestar en Bruselas.

Sea como fuere, una cosa es el gobierno de Estados Unidos, que, desde luego, tiene sus propias prioridades estratégicas, y otra es el caso de juristas norteamericanos menores como Griesa, cuyos fallos parecen destinados a tener consecuencias perversas que Barack Obama y compañía preferirían ahorrarse, ya que no sería de su interés que se desestabilizara nuevamente el sistema financiero mundial. Podrían festejar una eventual etapa de turbulencia innecesaria en los mercados los cubanos, iraníes y sudaneses, además de sus amigos bolivarianos y rusos, pero lo último que Obama quiere hoy en día es que haya una reedición del desplome generalizado que se dio justo cuando estaba por iniciar su gestión.

JAMES NEILSON