¿El amor cuesta caro? 27-11-03

Si se trata de los hermanos Coen, no hay dudas de que vale la pena pagar una entrada. (¿Será porque en mi top ten figuran «El hombre que nunca estuvo» y «Fargo» ?).

Sin embargo, su última creación, «El amor cuesta caro» (del inglés, «Intolerable Cruelty») fue algo así como saborear un caramelo Media Hora; una empanada que ya lleva tres días en la heladera; un chiste del cual toda una mesa se ríe y yo me quedo mirando como 'si, lo entendí, no se trata de eso…'. Algo así como una película bien escrita, bien filmada y bien actuada…

¿Y?

Muchos necesitamos ir al cine para que se que se nos acelere el corazón, para que se nos aflojen las piernas, para que la mano no pueda escarbar más en el pochoclo porque no hay ni fuerza para respirar.

(«El amor mal traducido», no fue el caso).

Sin embargo, la reflexión post mortem apareció, junto con esa casualidad de haber ido al cine con una amiga, abogada, especialista en temas de familia.

No se mostraba para nada sorprendida de las demandas de dinero de las partes, ni de las escenas frente a los abogados, ni de mostrar tan felizmente la gran miseria humana.

Claro ella se había reído y ¡hasta había llorado! con toda la historia de los hermanos Coen sobre divorcios millonarios, mujeres 'cazafortunas', contratos pre-nupciales y de todo un mundo bastante ajeno a quienes ni siquiera nos hemos atrevido a firmar la famosa libretita roja.

Claro, ¡ella de v-e-r-d-a-d sabe cómo la mayoría de la gente se sienta enfrente de su abogado para solicitarle, no el 50% de los bienes, sino tooodos los bienes! Porque, según su experiencia, en el momento del divorcio nadie quiere «mitad y mitad». Es que, explica, esa división de bienes excede lo material y se remite mucho más a quién toma la «venganza por las astas». (Ni hablar si los famosos «cuernos» tuvieron algo que ver en el asunto y el despechado no puede más con su ira y su sed de revancha).

Desfilan entonces por la charla «La guerra de los Roses» (ambos colgados de la carísima araña, en una disputa sangrienta) y la tristísima «Kramer vs. Kramer» donde ella sólo se va con una valijita pero, claro, dejando a su hijo (¿qué tupé tendría para reclamar la vajilla de plata?). O hablamos de los amigos que comparten biblioteca y discos (pero cada uno lleva su nombre por eventual-futuro-divorcio); o la famosa «que el auto ya estaba antes de la firma entonces no se computa», etc, etc, etc.

Parece triste o por lo menos choca, que ese sagrado sentimiento que creemos sentir, pueda terminar convirtiéndose en un trofeo con algunos ceros.

Pero las «mugres» humanas existen. ¿Para qué negarlas?

Las cosas muchas veces son como las Mamushkas. Vienen una adentro de otra, una tras otra, casi infinitamente. Y confesemos: no todos queremos encontrarnos con la muñequita más pequeñita, escondida adentro de otras veinte cáscaras.

Pero, con eso nos casamos. Con un «género» plasmado de sorpresas y de recovecos.

No sé si el amor «cuesta caro». Pero de seguro, jugarse por él, implica un precio.

Quizás ese debe ser el contrato pre-nupcial que todos deberíamos firmar. Una sola cláusula que dijera que estamos dispuestos a descubrir (y a amar) la «intolerable crueldad» que cada uno lleva a adentro.

Nuria Docampo Feijóo

ndocampo@rionegro.com.ar


Si se trata de los hermanos Coen, no hay dudas de que vale la pena pagar una entrada. (¿Será porque en mi top ten figuran "El hombre que nunca estuvo" y "Fargo" ?).

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