El caso Nisman sigue abierto
Ya pasó un año desde que se encontró el cadáver del fiscal Alberto Nisman, con un disparo en la cabeza, en el baño de su departamento en Puerto Madero, pero a pesar del transcurso del tiempo y la participación de centenares de presuntos expertos, la investigación no ha avanzado un ápice. ¿Servirá para cambiar esta situación exasperante la decisión del presidente Mauricio Macri de desclasificar los archivos relacionados con el caso? Es poco probable. Por torpeza, o con el propósito de borrar pruebas, representantes del gobierno kirchnerista como el secretario de Seguridad Sergio Berni, policías, agentes de inteligencia y otros irrumpieron en el lugar –según una testigo, hubo “unas cincuenta personas” que “tomaban mate y pidieron medialunas”–, pero sólo se trataba del comienzo de un proceso largo y laberíntico que dista de haber terminado. Por ser cuestión de un asunto con tantas ramificaciones políticas, el oficialismo kirchnerista, luego de vacilar, ya que la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner cambió de opinión un par de veces, se aferraría a la teoría del suicidio y se esforzaría por difamar al muerto, mientras que otros, incluyendo a familiares del fiscal a cargo de la investigación del atentado contra la AMIA, insistirían en que fue asesinado. A menos que surja evidencia incontrastable, todas las conclusiones se basarán en conjeturas interesadas. Acaso lo único cierto es que la muerte sospechosa de Nisman está estrechamente vinculada con la causa AMIA y con la voluntad del gobierno de Cristina de pactar con la República Islámica de Irán. Los kirchneristas dicen que se suicidó al entender que había cometido un grave error al denunciar penalmente por encubrimiento a la presidenta, el canciller Héctor Timerman y sujetos como el piquetero Luis D’Elía y el cabecilla de Quebracho, Fernando Esteche, ya que su alegato carecía de fundamentos jurídicos. Sin embargo, los que creen que murió asesinado dicen que con toda seguridad había conseguido información suficiente como para respaldar su denuncia y estuvo a punto de aprovecharla ante la Comisión de Legislación Penal de la Cámara de Diputados que lo había citado para el día siguiente. Sea como fuere, con escasas excepciones, los juristas coincidieron en que, si bien en términos políticos la denuncia formulada por Nisman resultaba muy convincente, el gobierno kirchnerista no había violado la ley al intentar congraciarse con un régimen islamista que, según la Justicia de nuestro país, estuvo detrás del atentado terrorista más mortífero de la historia nacional. Como sabemos, las “razones de Estado” pueden justificar virtualmente todo. A esta altura, no cabe duda de que la evolución nada satisfactoria del caso Nisman se debe a que hay muchos intereses políticos en juego. Sin intentar brindar una impresión de imparcialidad, distintos fiscales y jueces se las arreglaron para impedir que la investigación perjudicara a Cristina y otros integrantes del gobierno kirchnerista. Con todo, parecería que la desclasificación de los archivos de la Cancillería permitiría que se difundan más detalles acerca de los motivos por los cuales la expresidenta y Timerman querían reconciliarse de manera tan sorprendente con los “revolucionarios” iraníes. Mientras que algunos lo atribuyen a las oportunidades económicas que se posibilitarían, otros suponen que se trataba de una forma de consolidar la alianza de los kirchneristas con el régimen venezolano de Hugo Chávez. De todos modos, es de suponer que Cristina no tardó en entender que el pacto con Irán no le traería beneficio alguno, ya que los iraníes mismos ni siquiera se dieron el trabajo de ratificarlo. De no haber sido por la muerte en circunstancias misteriosas del fiscal que la acusó de encubrimiento, el episodio sería recordado como otra manifestación de la excentricidad caprichosa de una presidenta que tomaba tan en serio su propio relato que perdió contacto con la realidad y de la pusilanimidad vergonzosa de los muchos legisladores oficialistas que, sin preocuparse por las implicaciones siniestras que tendría un acuerdo con un país exportador de terrorismo cuyos líderes nunca han disimulado su voluntad de borrar a otro, Israel, de la faz de la Tierra, votaron a favor de ratificarlo.
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