El desafío norcoreano
Al dictador norcoreano Kim Jong-il no le gusta para nada pasar desapercibido, de suerte que no es demasiado sorprendente que haya optado por regresar al centro del escenario internacional, desplazando pasajeramente a los rusos, sauditas, iraníes y los yihadistas de Estado Islámico que lo ocuparon el año pasado, al afirmarse dueño de una bomba de hidrógeno de fabricación casera. Aunque en el resto del mundo muchos descreen de la capacidad de un país paupérrimo como Corea del Norte para producir un arma nuclear tan sofisticada y, para más señas, el terremoto causado por la prueba fue relativamente menor, nadie ignora que el régimen ya dispone de un arsenal atómico que plantea una amenaza no sólo a Corea del Sur sino también al Japón y a China, su único aliado. Según los propagandistas de Pyongyang, sus misiles con cabezas nucleares podrían alcanzar Estados Unidos para sembrar muerte y destrucción en el corazón de la superpotencia, pero pocos toman muy en serio las bravuconadas en tal sentido. En Washington, la administración del presidente norteamericano Barack Obama quisiera que China se encargara del problema norcoreano, pero si bien parecería que Pekín está harto del aventurismo alocado de su vecino, razón por la cual sumó su voz a las de los demás miembros del Consejo de Seguridad de la ONU para repudiar el ensayo nuclear norcoreano más reciente, sigue siendo reacio a tomar medidas concretas. De quererlo, los chinos podrían dejar de suministrar energía a Corea del Norte, lo que tendría un impacto inmediato, pero por tratarse de un país tan imprevisible y tan belicoso entenderán que no les convendría arriesgarse. Para consolidarse en el poder, el joven dictador Kim Jong-il, que acaba de celebrar su cumpleaños número 33, no ha vacilado en ordenar el asesinato, por medios grotescamente violentos, de colaboradores a su juicio desleales. También quiere convencer a sus compatriotas de que es un gran líder militar. Se trata de una estrategia arriesgada ya que, para que le crean, tendrá que hacer algo más que proferir amenazas espeluznantes, proclamándose dispuesto a aniquilar a los coreanos del sur, los imperialistas norteamericanos, los japoneses y otros que por alguno que otro motivo se encuentran en su lista de enemigos mortales. Aunque Kim cuenta con un ejército regular de 1,5 millones de uniformados y una cantidad impresionante de misiles, el consenso entre los expertos en asuntos militares es que sus fuerzas armadas no estarían en condiciones de triunfar en una guerra convencional contra Corea del Sur y sus aliados que, desde luego, son países de tecnología mucho más avanzada. Con todo, serían tan terriblemente elevados los costos humanos de una guerra en la península coreana que es comprensible que las víctimas en potencia estén más interesadas en apaciguar a Kim que en brindarle pretextos para provocar incidentes que podrían tener consecuencias catastróficas. Corea del Norte sería un Estado fallido si no lo gobernara un régimen totalitario que está armado hasta los dientes. El nivel de vida de sus habitantes, que sufren hambrunas periódicas por las que mueren centenares de miles de personas, tiene más en común con el de Somalia o Etiopía que con aquel de los demás países de Asia oriental. Sin embargo, los dictadores norcoreanos han sabido hacer del atraso material un arma más, ya que tanto los surcoreanos como los chinos temen que la eventual caída del régimen los obligue a acoger a millones de famélicos desesperados. Aunque el gobierno de Corea del Sur, un país próspero que ya forma parte del primer mundo, juran querer que la soñada reunificación se efectúe cuanto antes, saben que los costos para ellos serían tan colosales que, desde su punto de vista, sería mejor postergarla indefinidamente. Así y todo, puesto que no hay motivos para suponer que el régimen de Kim, consciente del fracaso absoluto de su modelo a un tiempo dinástico y estalinista, estaría por emprender reformas parecidas a las que permitieron que China dejara atrás la miseria caótica de la etapa maoísta, lo que entre otras cosas haría menos traumática la reunificación eventual de las dos Corea, el resto del mundo tendrá que seguir tolerando la presencia de un país peligrosísimo que, en cualquier momento, podría desatar una inmensa conflagración.
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