El difícil adiós a las mascotas

La eutanasia en las mascotas es una posibilidad y una decisión difícil. Una médica veterinaria explica cuándo es el momento de tomar esta compleja decisión con los animales que acompañaron y formaron parte de nuestras vidas.

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El vínculo que suele formarse entre un animal y las personas es tan fuerte e inolvidable que solemos sufrir sus pérdidas con una enorme intensidad. Saber cuándo y bajo qué circunstancias se debe tomar una decisión para que el animal no sufra, y aprender a soltar, para que puedan partir, es parte de un debate para muchos dueños de mascotas.


En el contexto de la medicina veterinaria, la palabra “eutanasia” ha sido empleada para el acto de inducir la muerte de una forma tranquila, con el mínimo estrés y dolor para el paciente. “Eutanasia quiere decir en otras palabras, buena muerte”, explica la médica veterinaria Silvina Busson – M. P. R. N. N°814 y Docente de la carrera veterinaria de la Universidad Nacional de Río Negro (UNRN).

La mayoría de las veces deseamos que sea de manera natural, pero hay circunstancias en las que se presenta un proceso de agonía y como tutores nos vemos en la obligación de tomar una decisión muy difícil.

“El único que puede realizar este acto de “muerte humanitaria o eutanasia” es el veterinario”, dice contundente la veterinaria. “Uno no pretende hablar de la eutanasia sino de las herramientas que debemos tener para afrontar el paso que nos toca vivir como tutores cuando nuestro perro y/o gato se está muriendo, se está despidiendo”, acota la docente.

Es un momento difícil para los tutores, pero también para los veterinarios es difícil ser parte del adiós de un paciente, explica Busson. “Sobre todo, cuando ha sido el veterinario de cabecera de ese animal, desde las primeras vacunas, los controles, las atenciones, etc.”, comenta la médica a RÍO NEGRO. Y agrega: “La muerte duele y aflige, Y es importante porque significa interrumpir momentos vividos con nuestro perro y/o gato, planes futuros cuando la hora llega antes de lo pensado…”.

El vínculo afectivo que se establece con un animal hace difícil el adiós.


En nuestra formación, los médicos veterinarios podemos decidir bajo consentimiento de los tutores sobre la vida o muerte de un animal, explica Busson, por lo que deberíamos tomar conciencia de la gran responsabilidad que eso implica y también de sus límites.

Para Busson, a veces los tutores sienten pena o lástima, pero es importante saber diferenciarla de la compasión, que es a donde debemos apuntar como veterinarios. Es decir, la compasión es “padecer o ponerse en el lugar de sentir…”, por lo que darle una muerte compasiva a un animal va más allá del solo hecho de quitarle la vida.

Al contrario, se involucra la responsabilidad de decidir el momento y forma de su muerte, y principalmente, no dejarlo solo durante este proceso, porque al sentir a su familia humana cerca de él, cuando su vida termine, no sólo merme su dolor físico, sino también su ansiedad emocional y sufrimiento.

La médica veterinaria Silvina Busson está convencida de que la eutanasia no debe ser una solución a los problemas, ni debe servir para deshacernos del animal que nos “molesta”, o del animal, que ya no queremos. “Eso no se puede justificar de ninguna manera”, afirma y añade: “Su finalidad es terminar con un sufrimiento irreversible, cuando no existan alternativas médicas, cuando sea incompatible con la vida”.


¿En qué circunstancias se debe decidir por la eutanasia en nuestros animales que nos acompañaron en la vida y formaron parte de nuestra familia?

Según Busson, se debe tomar en cuenta la opinión de un médico veterinario calificado, que conozca la historia clínica del paciente, y aunque cada caso debe ser evaluado en forma individual, algunas situaciones o padecimientos, en los que está indicada la eutanasia para nuestros animales, los diferentes criterios son: daño neurológico irreversible, incompatible con la vida; insuficiencia renal descompensada; neoplasias metastásicas que estén provocando déficit ventilatorio grave o insuficiencia en otros órganos; malformaciones congénitas incompatibles con la vida; enfermedad incurable en etapa terminal.


¿Cómo saber que ha llegado el momento de decir “adiós”?



Para ello, los veterinarios recurrimos a indagar sobre el animal. Saber cómo pasa sus días, si siempre está acostado, con energía, alerta, deprimido; si tiene apetito y toma agua o se debe forzar para que se alimente; debe saber si ha perdido peso notablemente o si presenta un deterioro corporal y anímico; debe conocer si aún juega; si sale a hacer sus necesidades, mueve la cola y camina o prefiere no moverse. El veterinario deberá consultar y saber si el animal llora, gime o aúlla como si algo le doliera constantemente.

“Por eso, quien finalmente “decide” por la eutanasia es el propio paciente, consciente de que su tutor y quien la lleva a cabo es su amigo el médico veterinario”, señala.


Los veterinarios no somos “administradores” de la muerte, como tampoco podemos luchar contra los límites de la naturaleza, prolongando sin necesidad la vida de un paciente terminal – indica la profesional. “Con esto quiero decir que podemos tranquilamente oponernos a la decisión de los tutores, teniendo el derecho de rehusarnos a realizar la práctica de eutanasia, si el caso no lo amerita”

“Mi reflexión, al momento de decidir eutanasiar a un animal, llega desde mis pacientes, desde la medicina homeopática, la terapia alternativa con flores de Bach y mis colegas que me hicieron asimilar la muerte como un paso más de la vida y que me permitieron entender que “la vida tiene sentido mientras sea posible sanar y así nos convertimos en acompañante, en el proceso de despedida”, culminó la médica veterinaria de Choele Choel.


Historias que dejan experiencias: dos casos por fuera de la eutanasia



No todas las enfermedades de las mascotas terminan en eutanasia. La experiencia le ha enseñado a la médica veterinaria Silvina Busson, docente además de la carrera veterinaria de la Universidad Nacional de Río Negro (UNRN), que hay otras experiencias.

“En julio de 2021 terminé de entender la importancia de un animal en el hogar, en la familia o simplemente en la vida de una persona, como en el caso de Monchi, un perrito YorkShire de 9 años”, cuenta.

“A Monchi se le detectó, a partir de una revisión, que estaba padeciendo, una enfermedad cardíaca. Los síntomas avanzaban muy rápido. Su tutora hizo todo por ayudarlo, incluso viajó a ver un especialista fuera de la provincia y le anticiparon todo lo que podía pasar: Monchi ya no comía y no quería caminar.

Silvina Busson, veterinaria y docente.


Su cuerpo estaba cansado. Mientras volvía, Pamela, su tutora, me contaba vía telefónica que de regreso a casa tomarían la decisión. Pero, cuando aún estaban a 140 kilómetros de casa, en el asiento trasero de su vehículo, Monchi decidió partir”.

Otro caso es el de Camila, una perrita mestiza de pastor alemán, de 17 años. “Camila comenzó a tener síntomas compatibles con síndrome cognitivo senil. La vejez también llega en ellos y no siempre estamos preparados.

Sin embargo, Cami me permitió acompañar sus últimos días con terapia floral y acompañada de su familia, sin necesidad de realizar el acto eutanásico”.


Recomendaciones para afrontar



Los animales han compartido parte de nuestra vida. Acompañemoslos en sus últimos momentos. La mayoría de las veces se realiza en una clínica veterinaria, donde se cuenta con el equipo médico necesario; sin embargo, lo más conveniente para el animal es que el procedimiento se lleve a cabo en su casa, rodeado de un ambiente familiar, con olores, objetos y personas conocidas, esto le dará seguridad y ayudará a disminuir su ansiedad antes de partir.

Es importante tener calma antes, durante y después de la partida. Con música, aromaterapia, reiki (para quienes lo realicen) y esencias florales (Flores de Bach). Con el sentido de aportar tranquilidad.

Debemos trabajar el shock, el duelo y dejar ir, para poder acompañar mejor a nuestro amigo animal. Debemos reforzarnos energéticamente, sobre todo en el momento de tristeza y dolor.


Hablarle, agradecerle a nuestro animal por haber llegado a nuestra vida, por compartirla con nosotros y por lo aprendido a su lado.

Pedirle perdón por si hemos cometido algún error con él, incluso si a lo mejor nos equivocamos con nuestra última decisión.

Por último, liberarlo recordándole que es libre de poder irse con tranquilidad y armonía.


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