Crianza: ¿hemos logrado superar los estereotipos de género?

Aunque el tema está en agenda, queda aún un largo camino por recorrer, sostiene el sociólogo Sebastián Fonseca, docente integrante del Centro de Estudios de Masculinidades de Bariloche.





En el último tiempo, el movimiento Ni una menos logró poner en agenda a la igualdad de género. Muchos logros son indiscutibles pero aún queda un largo camino a recorrer vinculado a la crianza de las infancias. ¿Cómo lograr que el modelo de masculinidad que se construye en la familia y en la escuela ya no sea el hegemónico?


El sociólogo Sebastián Fonseca consideró que “en líneas generales, podemos decir que en el sentido común está emergiendo cierta noción de que el “machirulo” ya fue y que hoy los varones estamos cambiando. Que somos más piolas”. Pero también manifestó que el modelo clásico es el mayoritario.

Según este docente integrante del Centro de Estudios de Masculinidades del Centro Regional Universitario Bariloche, gran parte de los discursos y prácticas que reproducimos en la vida cotidiana operan bajo el influjo de un modelo tradicionalista en el que el varón es educado para buscar el poder y ejercerlo.

“La matriz institucional en la que funciona la escuela, el espacio laboral y los medios de comunicación cumplen un rol preponderante en avalar determinadas prácticas y discursos que ubican a los varones en posición de definir el punto de vista válido acerca de la realidad. La razón masculina sigue teniendo la última palabra”, destacó este escritor, autor de “La ilusión masculina”.

Fonseca propone un ejercicio: observar y escuchar a los padres y madres mientras los chicos juegan en una plaza. “Vas a encontrar frases del tipo: ´No fue para tanto el golpe, no seas maricón´, ´En vez de llorar, deberías haberte defendido´, ‘Dejá de quejarte que pareces una nena´. Son frases que reproducen estereotipos de género y, muchas veces, ni siquiera tomamos conciencia del ejemplo que estamos dando”, recalcó.

Aún se oyen frases como “Dejá de quejarte que parecés una nena”.


En una actividad virtual coordinada por este sociólogo días atrás, una participante dijo que “estaba criando a un inútil” ya que a su hijo varón no le permitía participar de tareas como cocinar o limpiar. Fonseca resaltó que “al actuar en automático, se fomenta la crianza de varones tradicionales, indiferentes, no participativos y hasta violentos”.

Advirtió que la responsabilidad de la crianza es también un aprendizaje que se desarrolla mientras se ejerce ese rol. En ese aprendizaje, suele promoverse el uso de la violencia entre los varones para resolver conflictos pero también como modo de comunicación, “como manera de formarse en género, de validar la propia hombría”.

“¿Por qué no logramos dejar atrás el modelo de masculinidad hegemónica?”, fue la consulta de parte de RÍO NEGRO. Fonseca reconoció que a los varones les cuesta asimilar los cambios “porque están muy cómodos en el espacio de dominación que ocupan”.

“¿Por qué habríamos de abandonar este lugar de privilegio que tantos beneficios nos reporta? Nos cuesta participar en movidas y espacios que no nos tengan como sujeto central y siempre nos escapamos de la incomodidad, ya sea con un chiste o cambiando de tema. Así es también como ejercemos la crianza, entendiéndola más como una función que como una relación igualitaria a construir”, indicó.


¿De qué hablamos cuando hablamos de nuevas masculinidades?



Las nuevas masculinidades hacen referencia a los cambios en las conductas y actitudes de los varones que toman distancia del modelo cultural del varón clásico que ocupa un lugar central en las relaciones de poder y que, por eso mismo, es propenso a ejercer violencia en sus diferentes modalidades.

Las nuevas masculinidades, según define Fonseca, son formas de ser, de pensar y de sentir orientadas a la igualdad y que, por esto mismo, suponen otro tipo de relación que los varones construyen o que están dispuestos a construir con otras personas.

“Lo que no hay que perder de vista en esta búsqueda de relaciones más igualitarias es que no alcanza con ser más amables, sino que además es necesario propiciar un involucramiento verdadero en términos de, por ejemplo, la distribución de las tareas domésticas y/o de cuidado”, expresó.

Según Fonseca, hoy existe el perfil del varón colaborativo. Pero lo ideal sería alcanzar “un perfil involucrado, donde pueda entenderse a la familia como unidad organizativa en la que cada integrante realiza tareas sin intentar hacerlas pasar como una ayuda o colaboración”.


Si bien es cada vez menos frecuente que un varón reivindique en público el modelo de masculinidad tradicional porque “nadie quiere ser acusado de machista, la violencia irradiada por la masculinidad patriarcal sigue siendo un problema estructural”.

Esto se refleja especialmente en los modos de crianza y en la distribución de las tareas domésticas que no parecen haber cambiado tanto.

En las actividades que coordina este sociólogo, cuando describe las características de la masculinidad tradicional, nunca falta quien señala (casi siempre se trata de un varón) que “ese modelo ya no se condice con la realidad, ya que muchos están cambiando”.

“Más tarde, cuando pregunto si alguien conoce a algún varón que haya tomado la decisión de poner en pausa sus estudios o su carrera profesional para dedicarse a tiempo completo a la crianza, la respuesta siempre es parecida: menos del 5% asegura conocer, o haber conocido, alguna experiencia así”, destacó.


Durante el 2020, la consultora Bridge The Gap, especializada en temas de género, llevó adelante una encuesta acerca de la percepción de la distribución de las tareas domésticas en el contexto de pandemia. En Argentina, relevaron 2.500 hogares y 6 de cada 10 varones encuestados consideró que existe una distribución más equitativa de estas actividades. Apenas 3 de cada 10 mujeres estuvieron de acuerdo con esa afirmación. La diferencia en la manera en la que percibimos la realidad según el género es muy notable.

“Podría decirse que los varones consideramos que lavar los platos una vez a la semana constituye una prueba irrefutable de una equitativa distribución de las tareas del hogar”, expresó.

“Entonces, -agregó- ¿de verdad está cambiando la manera en la que los varones construimos nuestra identidad masculina? Porque puede que se trate de una ilusión, de un maquillaje que la masculinidad tradicional nos presenta para no perder su centralidad en la configuración de las relaciones de poder”.


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