El dilema de Obama

Redacción

Por Redacción

Antes de iniciar su gestión como presidente de Estados Unidos, Barack Obama compartía con los sectores más radicalizados del Partido Demócrata la convicción de que casi todos los problemas del resto del mundo se debieron al intervencionismo del gobierno de su antecesor, George W. Bush, de suerte que la mejor forma de remediarlos sería pedir perdón por los errores presuntamente cometidos y dejar a los demás en paz. Si bien tal actitud de Obama le mereció un Premio Nobel, la política exterior que se basó en ella no tendría las consecuencias que previó. Por el contrario, la retirada apurada de las fuerzas militares de Irak creó el vacío que están procurando llenar Irán, un país chiita, por un lado y el llamado “Estado Islámico” sunnita por el otro. Asimismo, pronto se hizo evidente que los más beneficiados por la “primavera árabe” que fue desatada en parte por la sensación de que Estados Unidos abandonaría a su suerte a los viejos autócratas que dominaban muchos países de la región, no serían los jóvenes occidentalizados de ideas progresistas que protagonizaron las primeras revueltas sino los islamistas. Puesto que éstos plantean una amenaza no sólo a sus propios compatriotas sino también al Occidente en su conjunto, Obama ha tenido que reconocer que, como decía otro presidente demócrata, Bill Clinton, Estados Unidos sigue siendo “el país indispensable”. Lo es porque resulta tan poderoso, rico e influyente que, les guste o no a los norteamericanos mismos y a muchos en otras latitudes, el orden internacional gira en torno a Washington. Puede que la dependencia anímica así supuesta sea malsana, pero parecería que en un mundo cada vez más globalizado no hay ninguna alternativa mejor. Por una multitud de razones, la Unión Europea no está en condiciones de asumir un rol parecido, mientras que, a pesar de sus dimensiones demográficas y pujanza económica reciente, China aún dista de ser una superpotencia genuina. El gobierno democráticamente elegido de Irak no ha sabido enfrentar la irrupción desde Siria de los guerreros de Estado Islámico que, en un lapso muy breve, lograron apoderarse de una franja amplia de territorio. Aunque Estados Unidos y sus aliados han invertido una cantidad fenomenal de dinero en ayuda militar, el ejército iraquí ha huido una y otra vez del campo de batalla, dejando varias ciudades importantes, entre ellas la segunda más poblada, Mosul, en manos de los combatientes del grupo Estado Islámico, lo que ha obligado a Obama a ceder ante las presiones no sólo de sus adversarios republicanos sino también de muchos demócratas y permitir el envío de más fuerzas militares. Si bien las autoridades norteamericanas dicen que se limitarán a entrenar efectivos iraquíes, muchos dan por descontado que Estados Unidos tendrá que resignarse a cumplir un papel mucho más activo en la guerra sin cuartel contra los yihadistas. Después de todo, su mera presencia tentará a los iraquíes a dejarlos encargarse de una lucha extraordinariamente feroz. Para los norteamericanos y sus aliados europeos, todas las opciones son malas. Si se niegan a intervenir en los conflictos que están desgarrando muchos países musulmanes, millones de inocentes morirán y aumentará el número de refugiados aterrorizados, acompañados por yihadistas, que tratan de encontrar asilo en Europa. Si procuran intervenir con el propósito de restaurar un simulacro de paz, se verán acusados de provocar las matanzas que con toda seguridad continuarían produciéndose. Para agravar todavía más la situación, en el Oriente Medio y el norte de África los comprometidos con la democracia que, a comienzos de la primavera árabe, muchos creían estaban por desplazar a los violentos para entonces poner en marcha un proceso de modernización, constituyen una minoría que es relativamente débil. Parecería, pues, que “la solución” menos mala sería apoyar a dictadores capaces de garantizar un mínimo de orden y tratar de persuadirlos de que sería de su interés respetar ciertos derechos humanos fundamentales, pero, huelga decirlo, a pocos norteamericanos o europeos les parecería tolerable permitir que sus gobiernos actuaran como cómplices de personajes tan brutales como el sirio Bashar al-Assad aunque están dispuestos a hacerlo en el caso de quienes mandan en Arabia Saudita.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Lunes 15 de junio de 2015


Antes de iniciar su gestión como presidente de Estados Unidos, Barack Obama compartía con los sectores más radicalizados del Partido Demócrata la convicción de que casi todos los problemas del resto del mundo se debieron al intervencionismo del gobierno de su antecesor, George W. Bush, de suerte que la mejor forma de remediarlos sería pedir perdón por los errores presuntamente cometidos y dejar a los demás en paz. Si bien tal actitud de Obama le mereció un Premio Nobel, la política exterior que se basó en ella no tendría las consecuencias que previó. Por el contrario, la retirada apurada de las fuerzas militares de Irak creó el vacío que están procurando llenar Irán, un país chiita, por un lado y el llamado “Estado Islámico” sunnita por el otro. Asimismo, pronto se hizo evidente que los más beneficiados por la “primavera árabe” que fue desatada en parte por la sensación de que Estados Unidos abandonaría a su suerte a los viejos autócratas que dominaban muchos países de la región, no serían los jóvenes occidentalizados de ideas progresistas que protagonizaron las primeras revueltas sino los islamistas. Puesto que éstos plantean una amenaza no sólo a sus propios compatriotas sino también al Occidente en su conjunto, Obama ha tenido que reconocer que, como decía otro presidente demócrata, Bill Clinton, Estados Unidos sigue siendo “el país indispensable”. Lo es porque resulta tan poderoso, rico e influyente que, les guste o no a los norteamericanos mismos y a muchos en otras latitudes, el orden internacional gira en torno a Washington. Puede que la dependencia anímica así supuesta sea malsana, pero parecería que en un mundo cada vez más globalizado no hay ninguna alternativa mejor. Por una multitud de razones, la Unión Europea no está en condiciones de asumir un rol parecido, mientras que, a pesar de sus dimensiones demográficas y pujanza económica reciente, China aún dista de ser una superpotencia genuina. El gobierno democráticamente elegido de Irak no ha sabido enfrentar la irrupción desde Siria de los guerreros de Estado Islámico que, en un lapso muy breve, lograron apoderarse de una franja amplia de territorio. Aunque Estados Unidos y sus aliados han invertido una cantidad fenomenal de dinero en ayuda militar, el ejército iraquí ha huido una y otra vez del campo de batalla, dejando varias ciudades importantes, entre ellas la segunda más poblada, Mosul, en manos de los combatientes del grupo Estado Islámico, lo que ha obligado a Obama a ceder ante las presiones no sólo de sus adversarios republicanos sino también de muchos demócratas y permitir el envío de más fuerzas militares. Si bien las autoridades norteamericanas dicen que se limitarán a entrenar efectivos iraquíes, muchos dan por descontado que Estados Unidos tendrá que resignarse a cumplir un papel mucho más activo en la guerra sin cuartel contra los yihadistas. Después de todo, su mera presencia tentará a los iraquíes a dejarlos encargarse de una lucha extraordinariamente feroz. Para los norteamericanos y sus aliados europeos, todas las opciones son malas. Si se niegan a intervenir en los conflictos que están desgarrando muchos países musulmanes, millones de inocentes morirán y aumentará el número de refugiados aterrorizados, acompañados por yihadistas, que tratan de encontrar asilo en Europa. Si procuran intervenir con el propósito de restaurar un simulacro de paz, se verán acusados de provocar las matanzas que con toda seguridad continuarían produciéndose. Para agravar todavía más la situación, en el Oriente Medio y el norte de África los comprometidos con la democracia que, a comienzos de la primavera árabe, muchos creían estaban por desplazar a los violentos para entonces poner en marcha un proceso de modernización, constituyen una minoría que es relativamente débil. Parecería, pues, que “la solución” menos mala sería apoyar a dictadores capaces de garantizar un mínimo de orden y tratar de persuadirlos de que sería de su interés respetar ciertos derechos humanos fundamentales, pero, huelga decirlo, a pocos norteamericanos o europeos les parecería tolerable permitir que sus gobiernos actuaran como cómplices de personajes tan brutales como el sirio Bashar al-Assad aunque están dispuestos a hacerlo en el caso de quienes mandan en Arabia Saudita.

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