El disparador: cargas

Por Redacción

Datos

Ezequiel y Gonzalo coincidieron en una semana libre en septiembre y pudieron hacer un viaje de solteros a Córdoba, algo que tenían pendiente desde hacía rato. Sus mujeres, que también eran amigas, se quedaron en Buenos Aires con sus respectivos hijos.
Gonzalo concedió que su amigo manejara los 700 kilómetros con la única condición de que no se detuviera en la ruta para subir a alguien que estuviera haciendo dedo. “Posta, me embola levantar a un desconocido. Se te cuelga cualquiera”, remarcó.
El viaje anduvo lo más bien en los primeros 300 kilómetros. Pasando Rosario pararon en una estación de servicio a cargar nafta. Cuando Gonzalo volvió del baño, en el asiento trasero del auto había dos chicas que rondarían los 30 años. Buscó a Ezequiel pero su amigo estaba de espaldas, hablando con el playero.
Al subir al auto, las chicas se presentaron y le agradecieron por llevarlas. Apretando los dientes, Gonzalo apenas balbuceó un “de nada”. Cuando Ezequiel apareció, ni lo miró. Unos cincuenta kilómetros más adelante, en un recorrido que hicieron en silencio, las chicas se bajaron agradecidas.
Ni bien volvió a arrancar el auto, antes de que su amigo dijera algo, Ezequiel comentó: “Bueno, técnicamente no infringí la regla: no las levanté en la ruta, estaban en la estación de servicio”. A Gonzalo no le causó ninguna gracia y comenzó a recriminarle, dejando en claro lo molesto que estaba.
Los argumentos se encadenaron. Que si hay una regla es para cumplirla. Que los podían haber asaltado aunque fueran mujeres. Que además, al menos una, olía feo. Que no estaban tan buenas. Que encima lo podía haber metido en problemas si justo lo llamaba su esposa.
Cada tanto se hacía un silencio y cuando parecía que el tema ya estaba superado, Gonzalo agregaba algo más. Que hoy en día no se puede confiar en nadie. Que en el momento menos pensado puede pasarte algo. Que cuando te distraés te la ponen. Que a la vuelta iba a manejar él. Cuando dijo esto último, ya estaban casi por llegar a Córdoba. Ezequiel, que hasta entonces se había quedado callado, replicó: “Llevé a esas dos chicas 50 kilómetros y las dejé en la ruta. Desde entonces, las venís trayendo vos”.

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