Región

El drama de los crianceros: “o defienden al puma o a nosotros”

Dos historias que retratan la actualidad del norte neuquino. En Pichi Neuquén, a Julio Argentino Vázquez el puma le mató 73 ovejas en la madrugada el domingo 22. Y a Sergio Vázquez, unos 70 animales en los últimos dos meses. Ambos reclaman acciones para contener la depredación.

Cinco días antes del ataque del puma, don Julio Argentino Vázquez arregló el corral de las ovejas. El sábado 21, observó que un grupo de perros merodeaban del otro lado del río. Ya le habían herido varias, así que las encerró con sus crías para protegerlas. Se fue a dormir temprano, como los dos jóvenes peones: Israel y Jesús. Sus dos perros se habían quedado en otro campo, atraídos por una hembra en celo. “Ya volverán”, se dijo. Y se fue a la cama. El domingo empezó cuando clareó, a eso de las 6.30. Ni tiempo de tomar mate tuvo.

- Don Julio, hay unas ovejas que están mal -le avisó Jesús, que había ido a soltarlas. El criancero caminó a paso rápido 60 metros. Nunca olvidará lo que vió.

- Estaban las cuatro preñadas muertas y las otras tres también. Y los corderos, como 65, revoleados, con la nuca rota, desgarrada. Unos seis o siete respiraban, se les movía la pancita. Y después se murieron también. Hicimos dos pilas altas y se los llevaron al basurero en una camioneta para quemarlos, porque ni carnear se podía: dicen que el puma los contamina porque mata pero no desangra. Nada más se salvó un corderito, de un solo día de vida. Se escapó. Allá anda, detrás de las ovejas que estaban del otro lado del campo. Me quedaron unas 30 nomás -explica. El hogar entibia la casa que fue de adobe durante 50 años y hace dos es de ladrillos. Calienta la pava sobre las brasas, ceba un amargo y continúa.

Don Julio Argentino Vazquez - en la foto muestra el lugar donde estaban encerrados los 64 corderos que mató el puma. Foto: Alejandro Carnevale

 

“El puma es un bicho astuto y dañino, porque mata por matar. Se llevó uno solo para comer. Por el huellón que dejó era grande... Lo que son las cosas: las encierro para cuidarlas de unos perros y los míos justo no estaban para alertar. Ni escuchamos nada. Si hubieran estado sueltas no habría sido tanto el desastre, porque se rajan. Saltó el alambrado y le seguimos el rastro hasta ese cerro, por ahí mismo vino -relata mientras lo señala. Es escarpado y de unos cien metros de altura. A la derecha aparece el cerro Frutillar, todavía con nieve. Abajo corre el Neuquén, crecido y caudaloso después de un invierno nevador. Del otro lado, el sol de esta mañana de primavera en el norte neuquino ilumina las montañas y sus praderas. Abajo, parado en el corral vacío, está don Julio. El campo es su vida desde los 8 años, cuando su maestro de tercer grado, Demisto Figueroa, le pidió a su padre que lo dejara estudiar, que andaba bien. Pero su papá lo mandó con las chivas y él se fue feliz, si era lo que le gustaba. De estatura mediana, 74 años, la piel curtida, mirada penetrante, usa botas, bombacha gaucha, campera y sombrero. Y si lloró aquel domingo, ahora sonríe, a pesar de todo.

- El puma me sacó el trabajo de un año, pero de acá no me voy. Vamos a estar hasta que Dios diga. Este es mi lugar -dice.

El lugar es Pichi Neuquén, paraje de unos 60 habitantes al que la electricidad llegó este año, un siglo después de que se afincaran los primeros pobladores. Don Julio aprovechó para comprar una heladera. Padre de 10 hijos, su mujer está en Huinganco, a 103 km, así que pasa sin su familia la invernada en esta tierra de frontera. De crianceros y empleados públicos. De cumbia chilena. De cóndores y zorros. De miles de liebres y conejos. De miles de pinos. Y de pumas. Cada vez más.

Don Julio Argentino Vazquez, en la foto muestra el lugar donde estaban encerrados los 64 corderos que mató el puma. Foto: Alejandro Carnevale

 

“Es un bicho astuto, ágil y fuerte. Difícil de agarrar y de entender. El zorro al menos mata para comer. El puma, para hacer daño...” Julio Argentino Vázquez, 74 años.

 

“¿Si tengo miedo de que vuelva? No... porque ya hizo mucho daño. Estuvimos de ronda unas noches y no apareció. Y si vuelve, las ovejas van a estar sueltas, no como el otro día. Ojalá fueron solo estos 73 animales los que perdí. Este año ya me mató además unas 40 ovejas arriba, donde pastan. Y en los últimos cuatro o cinco viene haciendo eso, me mata unos 40, 50 animales por año, de a poquitos. Antes no se sentía el puma. Ahora todos los crianceros estamos preocupados, cada vez hay más.

P- ¿Y qué hacer?

R- Eso, qué hacer. Qué van a hacer. Porque si al criancero le sacan su sustento, le tienen que dejar defenderse. Porque si uno lo pilla para defender su rebaño le mandan una multa madre. Nos tienen que autorizar rápido. Que decidan: o defienden al puma o nos defienden a nosotros.

P- ¿Cazó alguno?

R- Sí. En abril me mató dos cabras y fui arriba y le puse una trampa. Y de cebo una parte de la cabra que había dejado enterrada. Cuando hace eso siempre vuelve. Y volvió, cayó y lo maté.

 

Lo que le quedó a don Julio: unas 30 ovejas, un corderito, dos caballos y unos 80 chivos.

 


 

El hombre del rifle

A menos de dos kilómetros, en el último puesto de invernada hacia el oeste, Sergio Vázquez se prepara para pasar la noche. Apenas un rato antes volvió con su rebaño de las pasturas altas. Lo hizo a pie, con sus cuatro perros como laderos y el grito justo para que no se le retobe el piño. Cerraban la marcha la oveja que parió en la montaña y su cría.

En la foto Sergio Vazquez productor que defiende a sus animales con un rifle. Foto: Alejandro Carnevale

 

- Apenas mama el cordero se tiene y camina. Es duro el cordero -dice Sergio mientras un chivo bebé de pelaje gris se le mete entre las piernas como un perrito. “Salí, Guacho, salí”, le ordena y cuenta que tiene 24 días y el puma mató a la madre hace cuatro noches. “Como le doy la mamadera me viene a pedir, pero todavía falta”, agrega.

El puesto está a unos 50 metros del río, rodeado de cerros. La casita es de material. La rodean un tinglado, un corral de piedra y barro y una huerta. Como don Julio, está feliz de que por fin haya llegado la luz. En su caso, sumó una tele y un freezer. Su mujer y sus dos hijos están en Manzano Amargo, a unos 20 km. Como agente contratado por Guardafaunas, recorre el Neuquén y controla que los pescadores tengan su permiso y no se llevan más de una trucha. Con eso suma unos pesos, pero lo principal son los animales, afirma mientras convida mate dulce y pan casero.

El puma me mató unos 70 chivos y ovejas en los dos últimos meses. De a uno, de a dos, de a tres. No puede ser tan burocrático el trámite para poder cazarlo: hay que hacer una denuncia en la policía, presentar fotos, tienen que venir a ver los Guardafaunas a ver. Y eso que trabajo con ellos, pero se los digo, porque después mandan todo a Neuquén y pasan meses hasta que contestan. No puede ser así, mientras el puma sigue matando. ¿Ve eso que parece un pedazo de alfombrita blanca y esa otra más allá? Son las últimas ovejas que mató, hace seis noches. Ese día estuve de rodeo con las vacas y estaba cansado así que me quedé dormido en la cama. Porque sino hubiera estado de guardia afuera”, cuenta. Cae el sol en la cordillera mientras Sergio lleva el colchón y las frazadas debajo del tinglado que le quedó, el otro se le vino abajo en la última nevada y le aplastó 24 chivos.

Es alto, flaco y mira a los ojos. Lleva botas, jean, remera, camisa, buzo, campera y una gastada boina rosada. Deja el rifle al lado del colchón. A veces se tira ahí y a veces sobre una piedra, para quedar casi sentado. Pone la alarma del celular para que suene cada 30 minutos y encender el reflector para que el puma sepa que está ahí y después volver a dormitar. Ahora, mientras acomoda la almohada, Guacho tironea de la manta. Alrededor, las crías de las chivas se prenden de las madres. Sergio va a calentar la mamadera. Paga 1.800 pesos por 25 kilos de leche en polvo. Vuelve y Guacho se la toma en 30 segundos. Otro chivito bebé, negro con manchas blancas, se acerca pero no se anima.

Sergio le da la mamadera a un chivo bebé que perdió a su madre.

 

“El puma también mató a la mamá, pero no quiere la mamadera. Así que tengo que agarrar a una hembra para que lo deje prenderse, porque como no es suyo sino lo patea”, explica. Lo preocupan las huellas que vio hace un rato un par de kilómetros al norte. “Parece que anda por acá”, dice. El viernes salió a buscarlo en los valles de allá arriba con otros siete crianceros. Lo detectó a unos 200 metros, pero nunca le quedó a tiro. “¿Si maté alguno? Sí, hace tres años. Lo seguí mucho tiempo. Y esa vez le di...”

De guardia. Sergio Vázquez y su rebaño. Suele apoyarse en esa piedra, armado.

Se pone otro buzo, se cierra la campera, se ajusta la boina. Guacho se sube al colchón otra vez. “Seguro que va a dormir al lado mío”, dice Sergio. Carga el rifle, programa el celular, ajusta el reflector. La temperatura se acerca al bajo cero. El rebaño no estará solo en la madrugada.

“Paso la noche afuera, con el rifle y el reflector. Pongo el celular para que suene cada media hora. Ilumino, para que sepa que estoy”

Sergio se prepara para dormir cerca del rebaño con su rifle y el reflector. Foto: Alejandro Carnevale

 

“A veces les decimos que los maten”

A los crianceros, Jorge González suele decirles que si matan un zorro o un puma no cuelguen las pieles como un trofeo, que usen el sentido común. Que como jefe de los Guardafaunas de la Regional Norte de Neuquén, él también va usarlo y se va a ocupar de explicarles a los burócratas que un productor no puede esperar más de tres meses, como sucede, a que lo autoricen a la denominada caza control si le diezman su rebaño cada día. “En esta zona nos encontramos con situaciones en las que a veces no nos queda otra que decirle al productor que lo persiga, lo ahuyente y en algunos casos que lo mate, porque lamentablemente el puma ha vuelto a hacer el daño de la noche anterior. Sabemos que esto va en contra de las posturas de algunas personas, pero la realidad a veces muestra otra cosa”.


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